El baúl de los recuerdos

«Durante varios años, cuando hacía mis primeras visitas, juntaba pacientemente los boletos de ómnibus para que se me reintegrara este gasto. Un día perdí varios y no me los querían pagar; me enojé muchísimo, disponiéndome a renunciar a todo. Me enfrenté al doctor Romay, directivo de la institución, relatándole lo sucedido y la decisión que estaba dispuesta a tomar.

Con gran habilidad, me calmó y me dijo que pidiera un auto con chofer a mi servicio para realizar mis tareas de visitas domiciliarias.

Me pareció un sueño: me dieron el coche número 26 y yo, como buena criolla, le jugué a la quiniela y salió el 26 a la grande. Era un buen inicio para mí…».

«Un día visité una madre en La Paloma, un barrio detrás del Cerro, era una vivienda muy precaria. El esposo estaba momentáneamente en el Interior trabajando en changas y ella estaba sola y de alimento contaba con unos fideos.

Ese chico se iba a morir, si no era atendido correctamente. La ayudé a preparar una cuna con un cajón, hervimos unos fideos en una lata, le hablé y la aconsejé, realizando continuas visitas, apoyándola, hasta que madre e hijo fueron superando todo.

Tiempo después, volví a visitarla, ya que había tenido otro hijo, la casa estaba cambiada y mejorada y cuando bajo del coche con mi uniforme de enfermera, un niño de cuatro o cinco años se acerca y ante mi sorpresa grita: «Mamá llegó Laureiro».

Luego, ésta, me contó que en varias oportunidades le había relatado a su hijo que con el apoyo de una enfermera de apellido Laureiro, había superado un difícil trance y gracias a ello, él vivía».

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