Esta viva y rica cultura de la gente
«Siempre hubo, habrá –un día se esfumen– aquestos seudo intelectuales que tildan, tildarán a nuestras carnestolendas, como ramplonería, mediocridad y/o popular chabacanería». José Milton Alanís.
El recuerdo da barajas y reparte a su antojo las postales del tiempo ido.
Quizás por eso, sin proponérmelo, me sorprendo rememorando los años en que correr, más que un juego era intento por alcanzar la vida y los sueños, que como siempre parecían volar. Me veo niño junto a otros niños cruzando el puente sobre el Miguelete para llegar al club Campomar, donde los obreros de la textil en cooperación con los vecinos y la ayuda de la empresa levantaron un tablado. Nos guían el rumor gangoso de los altoparlantes y el resplandor de las bombitas pero es la ilusión de volver a ver a las chiquilinas del lugar quien nos convoca. El horno de la fundición de Del Cid y Conciliación es un espectáculo extra. Entre toses, grises bocanadas de humo y lenguas de fuego, suelta varillas de hierro que serpentean y se deslizan por el suelo como rojas víboras encendidas. Felices tiempos de un país productivo y laborioso.
El club y el tablado nos aguardaban con la consabida mezcla de aromas, luces, murmullos y colores que tanto seduce, siempre acecha y finalmente nos atrapa.
Entrábamos sin prestar atención a la programación. ¡Total! ¿A quién le importaba? Si todo era una excusa para encontrar la niña de nuestros desvelos. Estábamos poseídos, flechados, seducidos. Nuestro único deseo era buscar el refugio de su sonrisa, la caricia de sus miradas, acaso la dulzura tan deseada como improbable de un beso robado.
Es que cuando llega carnaval sucede un extraño fenómeno. El espíritu de Don Juan, Valentino, Casanova y otros amantes geniales parece vagar por las ciudades encendiendo corazones y despertando locas pasiones y hasta los más timoratos, tímidos o apocados sucumben. En carnaval todos nos enamoramos. Cupido reina libre y total.
¡Quién puede sustraerse a su mágico hechizo!
Donde quiera que se levante un tablado se encuentra el amor y sólo quienes lo descubren pueden vivir pasiones inmortales como las de Arlequín y Colombina, Romeo y Julieta, Ariadna y Teseo. Amores profundos, sublimes, cálidos, invencibles. Capaces de derrotar a la misma muerte. Porque Carnaval es ese mago genial que siempre nos sorprende sacando robustos conejos, palomas blancas y pájaros de colores de su galera.
Pacientemente teje, ata, encadena y une. Jamás divide porque no discrimina ni por negro ni por pobre, ni por rico, ni por viejo y entre risas y sonrisas, bromas y bufonadas, con alegría, como debe ser; siembra amores, enormes como soles.
No es cierto que todo cambia y que el tiempo todo lo borra o lo modifica.
Hay valores que son inmutabes, como inmutables son: nuestro anhelo de justicia y los deseos de vivir en una sociedad más justa y solidaria.
«Â¡Ah carnaval de entonces y de ahora totales!»- Sentencia el poeta.
Soberana y certera síntesis de una verdad irrefutable: el Carnaval uruguayo es único y es uno solo. Es el de siempre. Osado, audaz, irreverente. El que cada año a través de sus artistas, con nuevos disfraces y otras máscaras, agrega nuevos capítulos a esta historia sin final. La bella historia que construimos día a día: la de nuestra cultura.
Ah… ahora recuerdo. Aquella noche a última hora actuó «La Nueva Ola».
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