Eduardo Correa Long, un cazador profesional de jabalíes muy singular

El hombre de la ballesta

La ballesta tal vez reduce la ventaja que el ser humano se adjudica cada vez que sale de cacería por necesidad, comercio o «diversión». Por eso es que el uso de esta arma, fruto de una antiquísima tecnología que los siglos no han perfeccionado sustancialmente, hace de Correa Long un cazador muy especial.

Correa Long soslaya el moderno arsenal que presiden los rifles de alta precisión y largo alcance, las infalibles miras telecópicas, el láser y los visores nocturnos. A su juicio, la caza con ballesta es más deportiva.

Las ballestas que usa no son importadas. Las hace aquí un reconocido artesano, Alberto González. «Son excelentes y nada tienen que envidiarles a las que se puedan hacer en otros países», afirma.

Cazar jabalíes es una industria en rauda expansión y Correa Long opina que continuará creciendo. Eso lo vio con claridad en 1995, cuando producía un programa en CX 30 Radio Nacional, y desde entonces se dedica por entero a esa actividad.

Considerado plaga nacional, el jabalí es una presa muy codiciada sobre todo por su carne, sabrosa y magra, con muy bajo contenido de colesterol. Pero no es una presa fácil:

«Es un animal grande y fuerte que se defiende con tenacidad, y que en ocasiones puede resultar peligroso. La piara tiene un ‘escudero’, como lo llamamos nosotros, que es un macho que defiende al grupo. Es casi siempre el primero en morir». Correa Long no sólo caza con ballesta. Además, lo hace solo y sin perros. «Empecé como todos, pero desde hace años trabajo así», explica este profesional que ha recibido varios trofeos como premio a su pericia.

Buenos precios

La caza suele ser cruelmente depredatoria. Muchas veces detona daños severos al entorno natural y provoca drámaticas masacres de numerosas especies animales. Esas agresiones generan consecuencias devastadoras para el conjunto de cadenas ecológicas, cuya función es sustentar a todas las formas de vida que existen en nuestro planeta.

Los cazadores profesionales evitan cometer esos atentados, asegura Correa Long, pero no dice lo mismo de la mayoría de quienes se dedican a la llamada «caza deportiva» en Turismo, Carnaval y otras temporadas propicias:

«Esa gente le tira a todo lo que vuele, camine o nade y además causa enormes destrozos en el ambiente natural. Además viola reglamentaciones que rigen la caza y hasta puede ser muy peligrosa cuando maneja armas de gran potencia sin tener la experiencia adecuada. Los verdaderamente profesionales no salimos en esas fechas», afirma.

En este aspecto, se ubica a sí mismo en el sector de quienes encaran la caza como un medio de vida presidido por el respeto a la flora y la fauna, a la Naturaleza en la totalidad sus manifestaciones.

Subraya que en ese marco encaja la caza del jabalí, que nuestras autoridades sindican como un voraz depredador de ganado ovino y también temible por los daños que provoca a los cultivos de todo tipo.

De esos estragos dio cuenta en 1996 un informe del Secretariado Uruguayo de la Lana (Sul), según el cual los jabalíes mataban 180 mil lanares por año, en su gran mayoría ovejas (30 por ciento) y corderos (22 por ciento).

El jabalí llegó a nuestro país desde Europa, introducido por la familia Anchorena para su propia zona privada de caza, ubicada en lo que ahora es la estancia presidencial, desde donde, tras reproducirse rápidamente, se extendió a varias zonas del territorio uruguayo, se cruzó con cerdos domésticos y se transformó en azote de hacendados y agricultores. Se estima que hay unos 25 mil jabalíes en bosques, pajonales, cercanías de bañados y otras zonas con densa forestación. Allí no encuentran mucho alimento y por ello atacan al ganado, lo que se procura evitar con diversas medidas de protección y la caza legalmente autorizada por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca y otros organismos oficiales.

Los profesionales que como García Long son parte activa en la guerra contra el jabalí, se benefician con la venta de la carne a particulares, hoteles y restaurantes, que suelen pagar buenos precios.

En los últimos tiempos comenzó a insinuarse una prometedora corriente exportadora de carne de jabalí, muy apreciada por sus propiedades nutritivas en varios países de Europa y en Estados Unidos, donde también está bien cotizada.

Así es como el tan perseguido jabalí se ha convertido en un generador de fuentes de trabajo en el contexto de estrategias oficiales y privadas acuñadas para contenerlo.

Tatú y ñandú

Profundo conocedor de esa región que los montevideanos llaman «interior del país», Correa Long también oficia de guía a cazadores foráneos, organiza safaris fotográficos, escribe artículos para publicaciones especializadas en estos temas y además trabaja con estancias turísticas y otros emprendimientos similares.

No es raro entonces que sea un testigo informado de los problemas que aquejan al sector agropecuario, como lo demostró recientemente cuando a propósito de la crisis, aún no conjurada, que provocó el brote de aftosa salió a la palestra pública para defender a los productores rurales.

En esa oportunidad escribió en una carta abierta que todavía sigue provocando olas:

«¿Qué tranquilidad puede tener un productor rural acosado por este flagelo si ve perder por una bala 30 años o más de esfuerzo, mejoramiento genético, o, dicho de otra manera, pierde todo aquello que le ha costado sangre, sudor y lágrimas?».

Y lanzó esta ironía nada indirecta:

«Si bien algún alto mandatario de nuestro país puede decir que él también se puede ver afectado por el rifle sanitario, el productor al que le sacrifiquen todo su rodeo tendrá que alimentar a su familia a tatú y ese alto mandatario seguirá recibiendo a sus comensales con carpaccio de ñandú».

Ahora acaba de terminar otro texto no menos ácido sobre el mismo asunto y pronto lo dará a publicidad. En tanto, prepara su ballesta para otra cacería.

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