Desde el asiento de los bobos

Y… está fría la cosa, eh

Por Horacio Buscaglia

 

Uno va sentado en el ómnibus tratando de que las cosas sucedan lentamente y no se le vengan arriba, sin darle tiempo a decir: «Perá, loco, perá un poquito». Porque está empezando la semana y estamos a mitad de mes, es mayo, el viento, el frío y la humedad nos agarran mal preparados y la nariz gotea, empieza la tos y, en la cama, las rodillas de la patrona parecen estalactitas de hielo.

Porque será otoño, pero tiene unas ganas de ser invierno, que se parte. Y los ómnibus cuando se ponen fríos, no hay quien los banque.

Una muchacha tratando de pagarle al guarda se mueve como un ciborg que se le quemó un fusible, por culpa de todas las prendas de abrigo que tiene puestas encima: guantes, bufanda, sombrero, calzas, medias de lana, pollera, saquito, buzo, camisa, camiseta y siguen firmas.

Una señora sube con un montón de lana con patas y ojos que, mirando más detenidamente, descubrimos que es un niño. Seguramente los bichitos de la gripe o el resfrío no van a poder llegar hasta él, pero sospecho que el aire tampoco.

Uno de esos tipos musculosos, de esos que parecen hechos de plasticina mal amasada por todos los «grumos» que se le ven, sube con un bolso en la mano, con el pelo mojado y un buzito deportivo super ajustado, haciendo gala de su desabrigue. Ni qué hablar que todos los flacos o culipanzones del ómnibus lo miramos pensando: «Pero no te hagás el Zuarseneguer, grandote bobo, si estás cagado de frío». El musculoso se ve que está acostumbrado a los pensamientos envidiosos y no sólo se remanga el buzo sino que nos mira como si fuéramos hormigas.

Una pareja joven va sentada en el fondo al lado de la puerta, cada vez que ésta se abre ella lo abraza con fuerza y casi se le sube encima, mientras tiembla exageradamente. El muchacho se ve que hizo un arreglo con el conductor, porque en cada parada mira por el espejo, le hace una guiñada y la puerta se vuelve a abrir aunque no haya nadie. La cara de él desentona con la de todos, no sólo está contento sino que se le subieron los colores. Te digo la verdad que antes de escuchar programas impotables por la radio, prefiero el sexo de querusa, así, de rambullete, a la robadita.

Miro al quía y lo envidio más que al muñeco de plasticina.

Trato de no pensar en eso y así lo hago hasta que me acerco a mi parada.

Agarro la bolsa del súper que tenía en la falda y me dirijo hacia la puerta pero con tanta mala suerte que se rompe la manija y se cae a la vista de todos la cosa que llevaba adentro. Lo primero que se me ocurre es patearla para abajo de un asiento, pero ligo tan mal que lo único que logro es hacerla avanzar saltando como agua viva por el corredor, todos la miraban y me miraban a mí. Hasta el pibe de al lado de la puerta se detuvo. No me bajé, me tiré del bondi, avergonzado. Le tomé el número para nunca más subir. La bolsa de agua caliente quedó en el pasillo, sacudiéndose como una ameba acusadora. Eso sí, aunque estemos bajo cero, nunca más le hago caso a mi mujer.

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