Prohibido para nostalgicos

Barrio Palermo, a toda lonja y recuerdos

Como el otro día, cuando anduvo por Palermo y a pesar de la llovizna y la humedad, sintió el calor hecho un rompecabezas de sitios, personajes e historias que existieron hace mucho, demasiado tiempo. Recordó el poema que le dedicara a la calle Isla de Flores ese poeta de raza que se llama Saúl Ibargoyen Islas. «Vieja calle: tienes todavía las claves de un secreto inaccesible y compartido». Así empezaba y es más que suficiente para darle manija a la memoriosa matraca del viejo escribidor. Buscará acercarse a ese secreto del barrio que tiene el alma «de palo y tamboril». Que es un puñado de recuerdos, anónimos, quizás, otros no tanto. Un secreto, cortito y al pie, hecho hace una «troja» de años y que ahora la tozuda memoria se apresta a dar su «versión de los hechos». Como es usual, parcial y caprichosa pero abierta a los «lectores cómplices» que, como siempre, le agregan hasta desbordar sus propias vivencias.

Para este escribidor, su historia con Palermo empezó allá por principios de la década del 50, cuando laburaba en la placita de Durazno y Ansina, «metiendo pechera» a los inviernos en un puestito «ganchero», de venta de carnes. Así conoció el calor de ese barrio y su gente. Cuando los carnavales se habían alejado y todos apechugaban el cortante frío que subía desde la rambla. Apretándose en el «Reus al Sur» o en los fraternos «conventos», con el Medio Mundo a la cabeza.

Al hacerse la tarde muy roja y cuando el sol se hundía ahí nomás, muy cerca, no faltaban los que se agarraban de las canciones del lejano febrero. Para sentirse más unidos y darle «cero bola» a la misiadura que formaba parte de la vida misma del barrio. Nacían grandes fogatas esquineras y los queridos hermanos, envueltos en sacos y bufandas, con el semillón al ladito, templaban los parches. Para decirle al invierno que ellos conocían «el secreto» para derrotarlo. El ser unidos y fraternos. Y entonces largaban con todo, entonando los candombes, las habaneras o aquellos milongones que habían sido un éxito meses atrás en las voces de comparsas como «Fantasía Negra», de Pedro Ferreira, o la «Morenada» de Juan Angel Silva.

Y esos improvisados cantos esquineros, aún en medio del invierno, servían para que todo el barrio se estrechara en un abrazo que abarcaba cuadras y esquinas. También para convocar a personajes que se arrimaban a esas domésticas fiestas, que estallaban de pronto y resultaban incontenibles.

Por esas calles chiquitas llegaban «Pirulo» Albín, las reinas Martha Gularte y la «Negra» Johnson y una morenita que luego sería un mito, la querida Rosa Luna. Moviéndose y dándole «un besito» al tinto no faltaban los duendes escoberos Velázquez, Juan Melonio y el pintoresco «Triqui-Triqui».

Barrio con alma de palo y tamboril. Palermo donde la fraternidad de sus vecinos vibraba en todos los rincones. En el bar «Casupá» de Isla de Flores y Minas, refugio de los poetas del verso «afro» que rodeaban al maestro González Prado, responsable musical de Morenada.

Otro bastión fue el «Café Palermo» por Maldonado y Ejido. Negros y blancos muy juntos. Se apretaban en la barra, codo a codo, obreros del Municipio, artesanos o vecinos que caían de rebote para «tomarse una al toque». Las voces y las risas retumbaban. Como ahora lo están haciendo en el laberinto del escribidor que se descubre como uno más entre esa gente.

Sitios donde se veían a estrellas del fútbol como Rodríguez Andrade y el Ñato Pedreira que no sabíamos cómo hacía para estar en todos los piques y enseguida inundarlos con sus inefables anécdotas y chistes. Deportistas de pura cepa, pero al mismo tiempo adeptos a esa pasión por la franca camaradería que fue un culto en aquel Montevideo.

Si el frío apretaba, estaba siempre a mano el llegar hasta la mítica sede del «Mar de Fondo», en Durazno casi Gaboto. Con emociones compartidas por todos los vecinos. Inolvidable aquella tarde en que se anunció que el back de ese entrañable cuadrito, el pintún Bianchini, había sido transferido nada menos que a Peñarol. Una festichola para tirar la sede por la ventana. Los vecinos orgullosos, sintiendo la alegría del futbolista como algo que a todos les pertenecía.

Cuando ensayaba «la coral» de Mar de Fondo, el silencio de los parroquianos se palpaba como algo respetuoso. Los socios de mejor timbre de voz la habían creado para actuar en las fiestas del club, pero fue tal su popularidad que trascendió los límites de Palermo y el Sur, para ser llamada desde todos los barrios de la ciudad.

Las palabras son mezquinas para describir aquellas reuniones en «el rancho» que tenía el club allá casi la rambla y sus olas incesantes. Unos «chupines de pescado», con la coral «al mango». Y sumando sus voces toda aquella gente linda que hizo del Mar de Fondo un símbolo de la fraternidad barrial del antiguo Palermo. Imborrable el amigazo Emilio Peduto, deportista y bohemio, un digno vecino de ese tradicional barrio.

Todos muy unidos y también alegres, a pesar de las agazapadas tristezas, caminaban calle abajo, hasta las canchitas de la mitológica «Liga Palermo», con la cantina del Atenas muy cerca. Partidos con mucha polenta y garra, de hacha y tiza, pero a los que no les faltaba el talento de Vázquez, Falero y Lorenzo Barreto.

Y si la cosa pintaba para los guantes, no quedaba otra que rumbear para la Academia de Boxeo Palermo. Entusiastas muchachos que se subían al ring y aprendían el arte del boxeo. Soñando con llegar a ser como el Pocholo Burguez, aquel maestro del boxeo en la Montevideo del Ayer. Parece que vemos a esos morenitos entrar, tan ilusionados, a la academia. Con la bolsita deportiva en una mano y, en la otra, un paquetito de crocantes bizcochos recién comprados en la panadería Centenario, de la calle Isla de Flores.

La timba no podía faltar. Unos vintenes a la quiniela con las esperanzas de ligar unos manguitos de arriba. Todos concurrían al saloncito del popular «Pechuga», allá en Minas casi Isla de Flores. Y por esta última, a la altura de Magallanes estaba la tiendita «Flor de Lis», donde cuando los pesos no alcanzaban se podía vender el disfraz usado en el último carnaval. Total ¡qué importaba! si después allí mismo, por poca guita, se podía alquilar otro.

Barrio de grandes corazones. Como el de la familia Vargas en cuyo hogar nació aquel futbolista de los años 70, que se llamó Alberto Santelli. Brilló en Central y luego en Peñarol. Con un padre que tanto se emocionó con el sueño del pibe convertido en crack, que una tarde fue a verlo jugar al Estadio y su gran corazón no aguantó.

Dijo el poeta que la calle Isla de Flores tiene «un secreto inaccesible y compartido». Todo el amasijo de recuerdos que hoy armó el escribidor quizás sirva para comprenderlo.

Es «el secreto» de Palermo y de todos los barrios populares del ayer. La franca camaradería y la amistad.

Al menos, eso es lo que nos dejó ese barrio cuando lo trillamos hace tantos años en este oficio del vivir, por los tiempos de la Vieja Capital.

 

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos, en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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