MANUAL DE BONDIAYUDA
Horacio Buscaglia
Uno viajando en el bondi puede transformarse en filósofo, en medium, analista, politólogo o en lo ólogo que sea necesario. Puede cambiar totalmente su vida, su percepción del mundo, sus zonas erógenas y la forma de hablar en público. Porque en el ómnibus, con decisión y mucha práctica, uno alcanza un punto tal de concentración que el famoso «cuelgue» de los monjes tibetanos es un poroto al lado de eso. (Aunque el poroto, para muchos, no sea una imagen adecuada a la autorrealización y a la reabilitación del Yo, les aseguro que, así como la ven, es una leguminosa trascendente). La fórmula más efectiva es la de mirar hacia afuera por la ventanilla sin mirar propiamente nada, como si uno hiciera foco en el vidrio y no en la calle, los ruidos naturales del motor y los de la gente se deben tamizar mentalmente para lograr un zumbido de tono grave y continuo, tipo cello, una vez logrado eso uno tiene que ir aflojando sus músculos desde la nuca hasta los talones, para lograr relajar el cuerpo de manera tal que acompañe los vaivenes del vehículo como si uno fuera parte de él, como si uno fuera la bobina, una biela, el cigüeñal, en fin, lo que cada uno sienta que está más cercano a su sensibilidad. Porque hay cosas que son de piel, ¿viste?
Aunque no es estrictamente necesario es bueno tener un trasero complaciente, amoldable, expandible, un trasero que tome decisiones propias y cubra, con dignidad, pero ampliamente, el lugar asignado para él en el asiento, de tal manera que si tiramos una línea imaginaria desde el Punto Cero del equilibrio hacia el piso se formaría un triángulo isósceles con los dos pies. Como el Punto Cero aludido, es aquella parte que justamente tiene forma de cero, cuando digo tirar, sería conveniente no olvidar que también dije imaginaria.
Claro que puede suceder, dado el relajamiento muscular, que se produzca un «percance sonoro», que si no es apagado por el explaye traseril antedicho, siempre queda el recurso de la tos. (Sobre este tema recomiendo mi otro manual «Ruidos molestos. Cómo disimularlos sin apretar.»).
Y es así que estamos en lo que yo llamo «Karmabus» y que otros autores denominan «Lelés» o «Boleongo». Es en este estado espiritual trascendente que logramos transmutar el simple y vulgar viaje en ómnibus en un «viaje hacia nuestros puertos más lejanos», hacia nuestros «recónditos adentros». Y al llegar allí es que el mundo material que te rodea cambia de sentido, solo es Nada para ti, porque ya eres puro espíritu, y el vómito del niño que va a tu lado, el mango del paraguas que te meten en la oreja, las partes colgantes que apoya sobre tu hombro un tipo que va parado, el olor a caña rancia que difunde un mamado con sus ronquidos, el taco de la gorda que se clava en tu dedito chico del pie, los salpicones que te alcanzan de los estornudos de aquel muchacho, el manotazo de la señora que agarró tus pelos junto el pasamanos y hasta el dedo taladro del inspector que te golpea el hombro tratando de «despertarte», todo eso y mucho más… no te podrá «alcanzar». Es una brizna, apenas, en tu universo de autodominio. Lo has logrado.
(Debo aclarar que el manual fue escrito antes de que se expandiera el uso de radios en los ómnibus, que difunden un sólo tipo de «música». Contra eso no puedo ayudarte, no hay Karmabus que valga).]
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