–Mamá, comprame un hermanito –Bueno, elegí el que más te guste
Horacio Buscaglia
A través de grabados antiguos, de ciertas crónicas de época y –por qué no– de muchas películas del racista Hollywood, uno puede hacerse la idea de cómo eran las ventas de esclavos (tratas) en las plazas y en los puertos. Parados sobre una plataforma o unos cajones se exhibían los hombres, mujeres y niños para que los compradores pudieran elegir la persona más apta para el trabajo requerido. Podían ver y palpar sus músculos si se trataba de trabajo pesado o los senos de una mujer si el destino era el de nodriza, observaban con atención sus dientes, por la costumbre de comprar caballos y hasta contaban las cicatrices en la espalda dejada por el látigo del patrón anterior, ya que eran un índice de su rebeldía.
Seguramente no es necesario hacer mucho esfuerzo para imaginarse esas ventas, con un poquito de concentración uno puede ver y sentir la humillación e indignidad de aquella situación.
Bueno, ahora que están instalados en aquellos lejanos tiempos les pido que imaginen un Shopping Mall de hoy, 2001, en Tennessee, EEUU, un gran centro comercial donde los fines de semana se reúnen miles de personas.
En uno de esos fines de semana, imaginen un desfile de moda infantil donde participan niños de entre tres y quince años de edad.
Hasta aquí todo parecería ser de lo más normal, dentro de la frivolidad propia de este mundo y de sus objetivos mercantiles, pero me olvidé contarles un pequeño detalle: todos los niños que desfilan son huérfanos que se muestran así para poder ser adoptados.
Sí, ya sé, les doy tiempo a digerirlo. La cosa es así: se trata de organizar desfiles de moda de temporada en los cuales los modelos son niños huérfanos que viven en una institución y que buscan unos padres adoptivos. La mayoría de los asistentes a los desfiles son padres ansiosos por adoptar un niño pero que no están dispuestos a elegir a cualquier niño. Quieren ver a muchos y bien vestiditos, para elegir el que más les guste, el que luzca mejor.
El desfile estuvo patrocinado por el Centro para la Adopción de la ciudad.
Entre los pequeños participantes –cuenta la periodista María Azpiazu– los había felices, ansiosos, avergonzados e incluso renuentes a participar en un evento de estas características. Uno de los niños declaraba: «Los más mayores que participamos nos sentimos como si estuviéramos en el escaparate de un zoo esperando a ser comprados».
Sin embargo, los organizadores consideran que la idea es un completo éxito porque permite a los posibles padres ver a los niños al natural y en acción, y a los muchachitos les evita la sensación de estar siendo mostrados a sus potenciales padres como en una trata.
¿Así que entonces lo natural en los niños es exhibirse en una pasarela como se exhibe el ganado o un florero en un remate, para poder encontrar un papá y una mamá?
«Si esto no es una trata, mi culo es un parque urbano» diría mi abuela, en cuyo trasero nunca se le vió una calesita ni una rueda gigante.(Porque deben saber los jóvenes que Parque Urbano era algo como el Parque Rodó).
Y trato de imaginar lo que puede pasar por dentro de esas cabecitas obligadas a tal humillación, y creo arrimarme algo a sus sentimientos, pero no puedo imaginar qué pasa por la cabeza de esos «padres y madres» que concurren a un desfile de modas para elegir a su futuro «hijo».
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