El Corsario Negro no se rinde
Por Horacio Buscaglia
La maestra entra al salón de clase donde los alumnos ya están sentados. Mira el pizarrón y ve que en él están escritas las palabras:
«Caca, pichí». La maestra, canchera, mira la cara de cada uno de los niños y dice: «Para no tener que castigar al que escribió esas malas palabras, vamos a darle la oportunidad de que se retracte.
Voy a apagar la luz unos segundos, en ese tiempo el culpable vendrá hasta el pizarrón y borrará lo escrito. Nadie lo verá y así quedará, por esta vez, perdonado».
La maestra apaga la luz, se escucha el ruido de alguien que se levanta, va hasta el pizarrón y luego vuelve a su sitio.
La maestra prende la luz y en el pizarrón se lee: «Caca, pichí, culo. El Corsario Negro no se rinde».
Seguramente usted estará pensando por qué arranco la columna con este viejo chiste. Se lo explico: porque se están conmemorando los 90 años de la muerte del Corsario Negro. Bueno, no son los del Corsario sino los de su padre, es decir: Emilio Salgari.
Es por eso que en Verona se reúne hoy una cantidad de aficionados y estudiosos de su obra.
Verona, su ciudad natal, venera más a este gran fabulador que a los dos famosos amantes que inventara e inmortalizara Shakespeare.
Aunque yo no pertenezca a la generación que más disfrutó sus aventuras, supe internarme en esos territorios ignotos leyendo aquellos gruesos libros de tapas amarillas de la Colección Robin Hood.
No había televisón y el espacio sideral no estaba tocado por la mano del hombre sino que era el lugar de donde empezaban a venir unos enanitos verdes con antenas y grandes cabezas, de la mano de la ciencia ficción.
Los exóticos paisajes y personajes de Salgari llenaron nuestros sueños –y alguna que otra pesadilla, ¿por qué no?– y por supuesto nuestros juegos. Aquellas espadas hechas con dos pedazos de madera, que con ellas en la mano éramos capaces de transformar un muro, un cajón y hasta la cama, en un barco pirata. Eran aquellos tiempos en los que la imaginación infantil se unía a las acciones de los hombres, de los seres humanos, y donde rara vez las máquinas tenían alguna participación importante en la resolución de los hechos.
Al leer la noticia de este congreso por Salgari, me dio ganas de volver a leerlo y ver si, 90 años después, siguen vivos Sandokan, el tigre de Mompracen, Yáñez y Tremal Naik sus amigos fieles y el Corsario Negro y el Corsario Rojo. Si siguen tan vivos como para iluminar la mirada de un niño de hoy.
No estoy tratando de hacer una apología del pasado, nada más alejado de mi pensamiento, pero no puedo negar, viendo muchos de los materiales infantiles que inundan la televisión, que me gustaría que mi nieto sintiera la emoción de «rescatar a la muchachita de las manos del malvado» con la sola ayuda del coraje, la astucia y la habilidad personal. Así sea en Malasia o en Saturno.
Sea como sea, levanto mi copa de vino, que se ha transformado en un extraño elixir traído de tierras lejanas, para brindar por Don Emilio Salgari.
Salú, El Corsario Negro no se rinde.
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