Desde el asiento de los bobos

¡Ojo! Los burros patean

Por Horacio Buscaglia

 

Ayer estuvimos viendo cómo el hijo de Bush que anida en Washington y que parecería tener todo el poder del mundo en sus manos, vuela muy bajito cuando se trata de poner en funcionamiento las neuronas. Y, para peor, no tiene ningún pudor en reconocer su falta de cultura e inteligencia. Es más, como suele suceder en estos pos-posmodernos tiempos que corren, levanta su ignorancia como bandera del hombre común, metido en «la vida real», frente a los tristes, aburridos y abstractos intelectuales.

«Qué importa que yo ignore tantas cosas, igual sigo viviendo».

(Uno que supo vivir y también pensar, fue Bertolt Brecht, que en uno de sus escritos dice –cito de memoria– algo como esto: » Sócrates dijo: yo sólo sé que no sé nada, y el ruido ensordecedor de los aplausos de los ignorantes no permitió escuchar lo que seguía: …porque no estudié nada.)

Ya sé que me estoy yendo por las ramas, lo que pasa es que desde arriba de este «árbol», las cosas se ven mejor. Me bajo y sigo. Eso sí, una cosa es ser ignorante, otra cosa es vanagloriarse de ello y muy otra cosa (Mendieta, este «muy» no sé si está bien, pero igual lo pongo porque me gusta), es ser tonto, bobalicón, sandio, nabolión.

En un reportaje que le realizan sobre sus primeros 100 días de gobierno, o algo así, el tipo se «maravilla» de cuán «amablemente» es tratado un presidente de los Estados Unidos. ¿Y qué esperaba? Que los funcionarios de la Casa Blanca le dijeran: «Vó, Jorgito, si querés café hacételo vos, no te me hagás el presidente que no es tu palo, eh», «Oíme Bush Chico, ni se te ocurra que vamos a llegar en hora y además donde te pongas muy fascistoide ni el papel higiénico te ponemos, ¿chapás?».

Pero el quía, es tan gilastrún, que insiste. El periodista que lo entrevistó dice: Al hablar con él es difícil que pase un momento en que no reflexione sobre cuán «emocionante e intenso» es su trabajo y cómo requiere «una personalidad decidida» y reitera su «profundo respeto y reverencia» ante el cargo que ocupa, maravillándose de cómo, por ejemplo, aparecen todas las mañanas en la Oficina Oval flores frescas. «Las de ayer eran rosas color melocotón». Se sorprende de ver que siempre hay gente frente a la Casa Blanca, o explica con lujo de detalles cómo va a reemplazar la alfombra que Ronald Reagan (otro gran «inteligente») puso durante su presidencia. «Tiene colores ocres, estoy diseñando yo mismo una nueva con diferentes tonos». Todo esto, hablando de sus primeros 100 días.

¡Socorro! ¡Help!

Cuando el payaso de Menem decía cosas como éstas a uno le daba «vergüenza ajena», pero en este caso debería darnos pánico. Porque este señor es el que está tratando de resucitar la Guerra Fría con peligrosas «burradas» con China, Rusia, Corea, Taiwan. Es el que bombardeó Bagdad sin siquiera avisar a sus aliados. Es el que tiene en su agenda la posibilidad de invasión a Colombia. Y es el «Chirolita» de las grandes empresas que, casualmente, financiaron su campaña política. Así fue que entregó los principales puestos de poder a sus gerentes y llegó hasta pasarse por el ano el Tratado de Kioto contra la emisión de gases mortales para la vida de nuestro planeta, logrado luego de arduos acuerdos internacionales.

«Los negocios son los negocios» dijo. Y reflotó aquel viejo principio: «lo que es bueno para la General Motors, es bueno para los EEUU.» Y con este grandísimo hijo de Bush, es que nuestro presidente anduvo a las risas y a las zalamerías.

Al salir nuestro George, Bushito quedó maravillado de cómo la secretaría enseguida le cambió las medias que estaban todas mojadas.

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