"Aquellas noches en la Granja Dominga"
Por Luis Grene
Esa foto sacudió a la que te dije. La memoria se puso a largar chispas para todos lados. Algunas llegan a iluminar el arrugado rostro del viejo escribidor. Que está sonriendo, como sonríe ese animador de traje clarito en la viejísima foto.
Los recuerdos saltan, se iluminan y chisporrotean, despacio. Rodean y abrazan al veterano que doblado sobre el eterno reto de una hoja en blanco, la comienza a llenar de garabatos. De un sueño lejano, de una ciudad distante, desde la vieja capital llegan estas palabras. Que la tuvimos ahí nomás, cerquita, por la década del 60, pero ahora ¡qué lejos! Con las míticas veladas bailables de la popular Granja Dominga. Con su enorme parrillada, rociada del caserito semillón «de la casa».
Muchachada laburante que desde las fiestas de fin de año, hasta entrado el otoño, le daba con tutti a la tradición sabatina de agarrar para los bailongos de la Granja. Es que la cosa «pintaba» por el verano. Con los calores, el aire se calentaba aun más con las orquestas típicas y flotaba un dulzón aroma a brasas lentas y los brindis en las copas de espumante y cristalinos claretes.
El ómnibus llegaba en la nochecita que caía sobre Cuchilla Grande. También infinidad de coches y repletas camionetas llenas de bullangueros pasajeros. Pasando «el codo» de Manga, a la altura de la vía, todos se bajaban. A paso rápido, caminaban la bajadita del camino de tierra. Unos pocos metros y ya estaban frente a una enorme casona, una auténtica granja, construida con ladrillo campero. Todo al frente. La vivienda a un costado y, al lado, el galponcito donde se elaboraban los productos porcinos y se ubicaba el alambique y las tinas en que nacían los vinos y burbujeantes sidras. Pegadita a esa estructura, estaba la pista de baile. Con su pequeño escenario, allá al fondo, construido con maderas y un techito de chapas. Una alta pared de bloques, cerraban los costados de esa pista y la separaban de los terrenos linderos. Pero con espacios entre uno y otro y por esos recobecos «vichaban» los que no habían podido entrar y, de paso, pedían alguna copa a los ocupantes de las mesas que estaban pegadas a esa parte de la famosa pared de la granjita. Vaso va, copa viene y todos unidos, los de adentro y los de afuera, en un clima de pegadiza camaradería que sólo la «buena onda» de ese sitio podía lograr.
Como era al aire libre, con el único techo del parral del cielo, el «agite» se ponía «querendón» por los días veraniegos. Con las navidades y el fin de año, explotando en tangos, morfe y tragos hasta el principio de los frescos del otoño. Ese era el período de vida de la Granja Dominga. Y a su compás, se sacudía un rinconcito de la vieja capital.
Sus primeros dueños, un par de tanos laburantes, habían traído la idea de las fiestas que se hacían en sus lejanas aldeas. La idea «pegó» fuerte en los montevideanos. Qué mejor ambiente que el de la Granja, alejado de las broncas de los bailes de la Unión, de los precios muy «salados» de las luces del centro y sin el clima de compadritos del bravo Puerto Rico. Cenas con bailes, una buena idea que organizadores como el pionero de la radiotelefonía, el recordado Walter Balla, el creador de «Orquestas de mi ciudad», en CX 50, enseguida «chaparon al toque». De inmediato, contrataron el lugar para inolvidables veladas como las que ya estaba organizando en los altos del Vaccaro en esa leyenda que fue el «Ambassador Club». Y en esos días, por ese polvoriento camino de tierra, también llegó a la Granja el animador de los bigotes finitos que se hacía unos manguitos con «el chamuyo» de presentar a las orquestas. Le daba de punta a su pasión por la inextinguible bohemia. Como ahora le mete, duro y parejo, a su oficio de improvisado escribidor de añejos y tercos recuerdos, siempre bancado por la fanática paciencia de sus «lectores cómplices».
Por ese pequeño escenario desfilaron las mejores orquestas nacionales y otras que cruzaban el charco para meterle al «dos por cuatro». Rodeadas por las hileras de guirnaldas con flores y farolitos de colores que surcaban la pista y llegaban a todos los rincones. Cuando la música sonaba para «el calzar y apretar», solamente las luces cercanas al escenario permanecían encendidas. De parabienes los románticos que le daban al verso en los oídos de sus bien apretaditas parejas. Si la luna estaba muy grandota, bueno, ¡qué les podemos decir! Los que vivieron esos instantes los guardan muy dentro de «la zurda». Y aunque sean muy viejos no los cambian por nada. Un sueño lejano. Una postal de lo que eran las sencillas alegrías de aquella gente sencilla que, todos los sábados, se «amasijaba» en la Granja Dominga.
El caserito semillón y el clarete, junto al espumante corrían de lo lindo. Las «vueltas» para los músicos o para el audaz «presentador» estaba a la orden del día. Pero había que parar la mano. Si no ese generoso público se hubiera quedado sin música y al que chamuyaba se le trabaría la lengua. Por eso, atrás del escenario, donde nadie las veía, las copas y las botellas quedaban intactas. Esperando apenas un «besito», al terminar la velada. Una al lado de la otra, tentadoras, allí atrás se quedaban quietitas pero había que ganarse el mango y tener carpeta para hacer molde.
Le damos fuerte a la memoria compañera. Vemos la enorme parrilla de casi 10 metros donde los baquianos asadores hacían las carnes bien jugosas y a punto. Rápidos los mozos, peinados con gomina, de un lado al otro, llevando esas «picadas». Si era una fiesta de fin de año, unos lechoncitos de rigor que se habían engordado, unos meses atrás, en las instalaciones de la misma granja.
Pero la imagen de la foto lo que nos trae son las tenidas bailables. Con el maestro Garabito, el tano Racciatti o sonando a «todo trapo» «la marcha de las serpentinas» del querido Walter Méndez y su gran orquesta. Y un invitado que nunca faltaba, Santiago Luz y su mágico clarinete. Dándole al swing y también a sus geniales locuras. Como cuando tuvo que tocar después del cuarteto del maestro Roberto Firpo, padre, que había dejado al público enloquecido por más y más tangos. Su trío arrancó con una exquisita versión de «El Choclo», que fue su homenaje a ese genio porteño y logró ovaciones que retumbaron en toda la granja donde no cabía ni un alfiler.
Los bailarines muy juntitos en la pista, la sidra desbordaba las copas y sonaban los brindis. Alguien en una mesa apuraba el vasito de vino con una «picadita» de la casa. Es que desde el pequeño escenario el tango y las milongas a todos convocaban.
Fue la Granja Dominga, un rincón muy nuestro, muy de todos, en el Montevideo del Ayer. Que renació por el misterio de una foto que irrumpió de pronto. A su secreto hechizo le debemos que el laberinto de la memoria hoy se impregnara de música, de sabores y con la luz de guirnaldas y farolitos de colores que, de a poquito, se apagaban y allá arriba quedaba colgando una luna «así» de grandota. La que brillaba en aquellas noches de la mítica Granja Dominga, por los tiempos de la vieja capital.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
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