De los vampiros
Por Horacio Buscaglia
Subo al bondi, pago el boleto y mientras voy hacia un asiento vacío haciéndome el distraído, como mirando sin ver, observo las caras de los demás pasajeros. Descubro entre ellos a un «conocido» que es un peso pesado de los masticacerebros, esos que se te sientan al lado y empiezan a alabarte una excesiva cantidad de cosas que vos hiciste para luego pasar a «explicarte» otro montón de cosas que, según ellos, hiciste mal y, lo que es mucho peor, culminan diciéndote, «por tu bien», lo que tendrías que hacer.
Esos «técnicos en vidas ajenas» que suelen hablar sin mirarte a los ojos, ya que entrecierran los de ellos y levantan un poco la cabeza hacia el cielo como si sus pensamientos llegaran desde allá arriba enviados por alguna divinidad y sacuden lentamente su cabeza como diciendo que sí a sus propias y geniales palabras. Y además, como si todo esto fuera poco, acostumbran a hablar unos decibeles más arriba de lo que hablamos los simples mortales. Cosa ésta que odio especialmente y mucho más si la conversa se da en un ómnibus. Porque uno queda atrapado en las reglas que imponen estos trituradores y tiende a hablarles muy bajito: «Escuchame… oíme Fulano… ¿no podrías bajar la voz un poquitito?», pero los tipos ni bola. No se dan por enterados, siguen escuchándose a sí mismos y al todopoderoso dios de los rompecocos que les sopla estupideces en el oído y que ellos transforman en consejos para tu vida.
Y si por esas casualidades lográs meterle un «avisito», porque los tipos hablan sin parar, deben respirar por más agujeros que por los de la nariz.
Y a juzgar por los conceptos que excretan puedo imaginarme cuál es uno de esos buracos. En fin, que si lográs meter una, ¡ni se te ocurra contradecirlos o comparar un supuesto error de tu vida con otro de la vida de ellos! ¡Ja! Ahí suben un poco más, todavía, el volumen de su voz y ajustan la ecualización en los agudos y arrancan con aquello de «Pero no podés comparar, yo no tuve ninguna opción» o «Ese es tu problema, para vos los demás siempre están equivocados» o, lo que es el mayor absurdo en esa situación, «Siempre fuiste igual, no escuchás a nadie. Te creés que sabés todo y no sabés un carajo. Si no, mirate. Mirate». Y uno como un gil, ya dominado, con el cerebro masticado por el «especialista» y dispuesto a hacer lo posible para que el tipo se calle o baje un poco la voz… se mira. «Sí, mirate. Mirate bien». Y entonces, ya vencido, uno se mira y se ve como una piltrafa humana, siente que ha pasado por la vida como un calcetín mojado. Y sin saber cómo, vos te descubrís dándole la razón al «chupavida» profesional que se sentó a tu lado. Y ahí, luego de hacerte repetir que él tenía razón, descubre que ya llegó a su parada. «Chau, loco… me bajo. Me alegro mucho de haberte visto. Vamos a ver si nos encontramos para tomar un café. Y, vó loco, ¡vamo arriba, eh, vamo arriba!» Y se baja, lleno de vida, de tú vida. Porque estos vampiros se dedican a eso, a sorberte la vida, la energía. Y vos quedás mirando por la ventanilla pensando que por suerte no tenés a mano ninguna arma de fuego o nada cortante o una cuerda como para suicidarte.
Y fue ahí, a esta altura de mis pensamientos, que llegué frente al conocido «masticacerebros» y le grité, mientras le golpeaba el hombro con el dedo índice: «Ni se te ocurra venir a sentarte al lado mío, porque no te banco. Y desde ya te digo que te podés ir a la reputí…».
No era el que yo pensaba, era muy parecido, sólo que pegaba mucho más fuerte. Me encajó una piña que todavía tengo que estirar el brazo para poder rascarme el ojo.
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