Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota debutan en el Centenario

Etica es la estética

Fernando Santullo Barrio

 

Padres involuntarios del rock chabón, los Redonditos han construido una suerte de leyenda en su entorno, esta quizá algo más voluntaria. Cuando una banda se niega a ser fotografiada en vivo (como en estos dos recitales de Montevideo), cuando no da conferencias de prensa (la primera fue dada cuando la Policía bonaerense canceló un recital en 1997, veinte años después de que el grupo se hubiera formado) y sus letras son lo suficientemente crípticas como para admitir casi cualquier clase de interpretación, el material para la fantasía está preparado.

No es menos cierto que esta actitud reticente ante los medios masivos puede ser leída como una sana toma de distancia ante el show business que impera en el mundo (mundillo para Buenos Aires) del rock.

En ese sentido, es evidente que la de los Redondos ha sido una carrera de oídos sordos hacia lo que se supone que debe hacer un grupo para ser exitoso: grabar videos, seguir los sonidos de moda, rodearse de ejecutivos de discográficas, de chicas lindas e inútiles, etcétera.

Resulta bastante dudoso, por no decir directamente deshonesto, señalar la actitud ética de la banda como la responsable de los tristes incidentes que se han sucedido en algunos de sus recitales masivos. Cosas similares han ocurrido en una media docena larga de clásicos del fútbol uruguayo y por suerte a nadie se le ocurrió señalar a Pablo Bengoechea o a Ruben Sosa como responsables de esos (a veces) sangrientos problemas.

 

Algo de historia

Originarios de La Plata, los Redondos comenzaron a tocar en el circuito under de esa ciudad en 1976. En un comienzo se trataba más de un grupo de artistas pos-hippies que hacían de todo un poco (desde música hasta artesanías, pasando por números que incluían monólogos y striptease) pero, a medida que lo músical va ganando importancia, las actividades «performáticas» van quedando en segundo plano.

En 1978 se trasladan a Buenos Aires, en donde comienzan a tocar con creciente regularidad en el circuito under porteño. Todavía incluyen algunos desnudos de Monona, integrante del colectivo desde los primeros días. La formación de esos viejos Redondos incluía a Skay Beilinson en guitarra, el Indio Solari en voz, el «Piojo» Avalos en batería, Tito D´Aviero en guitarra y Willy Crook en saxo.

En 1982 graban su primer demo más o menos profesional, que contenía los temas «Nene, nena» y «Superlógico» entre otros. Gracias a ese demo, sus canciones comienzan a sonar en algunas FM de Buenos Aires y llaman la atención de la crítica musical Gloria Guerrero, quien desde las páginas de la revista Humor recomienda calurosamente los recitales de la banda. En 1984, los Redondos graban su primer disco, Gulp, con Lito Vitale como responsable de la grabación y haciendo las veces de músico invitado. El disco fue producido por la propia banda, con el dinero obtenido en las actuaciones en vivo. Las explicaciones sobre esta decisión las dio en su oportunidad la «Negra» Poli, manager del grupo: «Si un productor quiere ocuparse de Patricio Rey en grabaciones o en lo que sea, está invirtiendo una cantidad. Para resarcirse de lo que invirtió, deberá vender a Patricio Rey de alguna manera que no tiene absolutamente nada que ver con lo que Patricio Rey quiere hacer». Poco después el grupo firma un contrato con la distribuidora DBN, pero conserva el control total sobre los discos y deja en manos de la empresa sólo la venta del material.

 

La revolución

Luego del relativo éxito obtenido con Gulp, los Redondos se dedicaron a tocar a su aire el material contenido en el disco, como preparación de un nuevo trabajo. En 1986 salió a la calle Oktubre, para muchos el mejor trabajo del grupo a la fecha. Más allá de esto el disco posicionó a los Redondos ante el público masivo, de la mano de canciones como «Preso en mi ciudad», «Semen up» y «Divina TV Fuhrer», entre otras.

Desde siempre, las letras del Indio Solari se alejaron de las imágenes más o menos simples que suelen asociarse con las letras del rock. Apostando más bien a una suerte de quebrada poética de aire a veces arrabalero y a veces directamente psicótico, las canciones de los Redondos no pueden ser acotadas al imaginario del tradicional rebelde rockero y el material contenido en Oktubre era una buena muestra de eso.

A comienzos de 1988, Walter Sidotti reemplaza a Avalos en la batería. También se aleja el guitarrista D’Aviero y Willy Crook comienza a tocar con Los abuelos de la nada. El lugar de Crook lo toma Sergio Dawi. Ya con su nueva integración, ese mismo año graban Un baión para el ojo idiota, un trabajo que, según señalara el vocalista Solari, es el que «mejor refleja el sonido del grupo». Con canciones como «Aquella solitaria vaca cubana», «Vencedores vencidos» y, muy especialmente, «Vamos las bandas», el grupo logra asentar su fama de bestia pop del under rockero argentino. Es también el primer disco que comienza a resultar autorreferencial («Vamos las bandas» alude a sus propios fans) a la vez que intenta, en forma más o menos explícita, marcar la posición disidente del grupo respecto al show bussines.

Pronto el circuito de locales del under (Cemento, Palladium y otros) queda chico para el volumen de gente que arrastra el grupo. El único lugar disponible era Obras pero el grupo no quería tocar ahí. El Indio Solari explicó en su momento: «Como Obras es un lugar institucionalizado del rock, los tipos tienen su funcionamiento, que se da de patadas con uno. Ellos son los dueños y vos el número que esa noche va a hacer gracia. La seguridad la manejan ellos y la guita la pasás a buscar al otro día y no tenés a tu gente supervisando todo. Y una producción independiente como la nuestra depende exclusivamente de que nadie se coma la guita de la banda, porque seguir tocando y seguir grabando discos depende del hecho de que no haya un tipo que esté derivando ese dinero para su interés personal (…) Nos producimos, alquilamos las salas para nuestros recitales, inventamos el arte de nuestras tapas… Cuando vos escuchás a los Redonditos, todo lo que está ahí es autentico producto Redondito. No hay nada que se ponga en el medio, entre nosotros y el público».

Un año después, en 1989, el grupo edita Bang, bang, estás liquidado, que continuó acrecentando el éxito del grupo, seguía mostrando a un letrista filoso en el Indio Solari y a una banda que giraba evidentemente en torno a las evoluciones del guitarrista Skay Beilinson.

 

Comienzan los problemas

El 19 de abril de 1991, Walter Bulacio, seguidor de la banda, no pudo entrar al recital que el grupo ofrecía en Aldo Bonzi. Estando sentado en la puerta, Bulacio fue detenido junto a otros 40 «ricoteros» y llevado a la comisaría de la zona. Doce horas más tarde, el joven era llevado por una ambulancia al hospital, en donde fallecería despues de estar cinco días en coma.

Luego de esa muerte (nunca esclarecida, por cierto) los Redondos dejan de tocar en vivo y se recluyen en los estudios Del Cielito para comenzar a producir su nuevo trabajo. El disco salió a la venta en octubre, se llamó La mosca y la sopa, y se transformó en el disco más popular (al menos a nivel radial) de la banda, incluyendo canciones como «Mi perro dinamita», «Un poco de amor francés», «El pibe de los astilleros» y «Queso ruso».

El trabajo los habilita a convertirse en auténtica banda de estadios, aun cuando en 1992 se presentan en contadas oportunidades. Ese mismo año, la Municipalidad de Florencio Varela prohíbe dos actuaciones a beneficio del Centro de Discapacitados previstas para mayo de ese año, alegando falta de
seguridad y espacio para las 3.000 personas que ya habían comprado la entrada. Un poco más tarde, en octubre de 92, mas de 45 mil personas los fueron a ver en el Centro de Exposiciones de Buenos Aires.

En 1993 graban Lobo suelto / Cordero atado, disco doble que se vendía por separado y que tenía canciones como «Rock para el negro Atila», «Ladrón de mi cerebro» y «Botija rapado», la historia de un joven fugado de la Colonia Berro. En noviembre de ese mismo año realizan la presentación oficial de disco, en el estadio de Huracán, sumando unas 70 mil personas en los shows. Organizados por el propio grupo, los espectáculos de la cancha de Huracán marcaron un quiebre en la carrera del grupo, ya que usaron por primera vez escenario, luces y amplificación de nivel internacional. Unos meses después repiten en el estadio de Huracán, y esta vez convocan a unas 40 mil personas.

A mediados de 1996, el grupo edita su octavo trabajo discográfico, Luzbelito. Una vez más, Lito Vitale es invitado a participar. Para ese entonces y desde hacía ya algún tiempo, los Redondos habían optado por presentar sus trabajos preferentemente fuera de Buenos Aires, como una forma de eludir los problemas que les había planteado la Policía de la capital. A la vez y seguramente sin buscarlo, con esas actitudes iban acrecentando su fama de grupo rebelde y resistente a las normas del star system rockero argentino.

Para 1997, las prohibiciones para los Redondos eran ya casi un lugar común en su trayectoria en vivo. Un recital a realizarse en Olavarría fue cancelado por las autoridades tres días antes de su realización y con entradas agotadas. Logran tocar en Villa María, una vez con el show totalmente vendido y se producen incidentes entre el público y la Policía. En esa oportunidad el Indio Solari se dirigió a la gente antes del show: «Esto no hace más que adelantar varios casilleros el final de una banda que ya tiene muchos años».

 

El giro

Pese a las admonitorias palabras de Solari, en 1998 el grupo editó su penúltimo disco, Ultimo bondi a finisterre. Una vez más, los Redondos se jugaban a la provocación y a la más personal de las búsquedas artísticas. Incluyendo samples, secuencias y loops, el grupo se reinventaba en lo musical (y en lo visual también, basta ver el arte del disco), de espaldas a la movida que se proclamaba su heredera.

Lejos de la pueril poesía barriera de bandas «chabonas» como La Renga o Los Piojos y su criollismo musical, bastante burdo por cierto, los Redondos no tenían problemas en experimentar con los nuevos cruces tecnológicos, a su aire por supuesto, y sin sonar a nada que hubiera sido hecho con esos mismos elementos.

Y finalmente llegó el álbum que los trae a Montevideo, Momo sampler, un disco en donde la influencia del carnaval uruguayo (declarada por el Indio en varias notas de prensa) pasa más por lo letrístico que por lo musical, con giros verbales que mezclan la conocida parafernalia de Solari con imágenes carnavaleras, no menos personales.

En el momento de su llegada al Uruguay, el problema de los incidentes en vivo, especialmente en las informaciones que surgen desde Buenos Aires, ha terminado siendo un auténtico velo que empaña la realidad de un recital de los Redondos: la oportunidad de ver a uno de los grupos más potentes, personales y ajustados de todo el rock latinoamericano.

Esto es así sin duda debido a que lo de los Redondos va mucho más allá de la música. Mas allá incluso de los incidentes, pese al empeño de cierta prensa que vive de esos incidentes y los usa como argumentos para bajarle el hacha a las manifestaciones culturales juveniles como el rock. Recurriendo nuevamente al ejemplo del comienzo de esta nota, culpar a los Redondos de los problemas que su público tiene con las balas de goma que dispara la policía porteña es tan torpe como culpar a los futbolistas de los probemas que ocurren en la tribuna. Hace ya mucho tiempo que los Redondos dejaron de ser patrimonio exclusivo no sólo de los ambientes piretos y clasemedieros que los vieron nacer, sino de los propios argentinos.

Sólo así se explica que cerca de 50 mil uruguayos hayan casi agotado las entradas para los dos conciertos que se celebran en el Centenario.

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