El "Desafío" de sobrevivir
Marcelo Bustamante
Cientos de personas asisten en Montevideo a los refugios nocturnos que fueron creados para atender a los indigentes, que no disponen de un techo y duermen en plena calle. Pese a estos núcleos de solidaridad, una cifra similar de uruguayos todavía pasa la noche a la intemperie, ya que la capacidad de estos centros es naturalmente limitada.
Hace un año, existía preocupación entre los responsables de los refugios nocturnos por la suerte de esta población, que durante el día recorre comedores y parroquias y padece las inclemencias del clima. En julio del año pasado se inauguró el hogar diurno «Desafío», que funciona de 8 a 17.30 horas, como un servicio complementario a la cobertura prestada por la noche. Sus destinatarios son las mujeres en situación de calle.
Desde el 1º de junio de 2000 hasta ahora pasaron por esta casa 80 madres, de las cuales 20 solucionaron su problema de trabajo, la mayoría de ellas en empresas de limpieza. También resolvieron su problema de vivienda al pasar a residir con familiares o conocidos u obteniendo una solución habitacional en la zona de Piedras Blancas, a través del SIAV (Sistema Integrado al Acceso a la Vivienda) que depende del Ministerio de Vivienda.
Actualmente, 22 madres con sus hijos (un centenar de niños) asisten al hogar «Desafío». Algunas de las ellas, que todavía no tuvieron oportunidad de obtener un empleo, están desde el inicio de este proyecto.
Según explicó la docente Adriana Pombo a LA REPUBLICA, muchas de estas mujeres que huyeron de sus hogares por situaciones de violencia doméstica después tuvieron que enfrentarse a la situación de no tener ni techo ni trabajo.
«Una vez que consiguieron un empleo –en la mayoría de los casos haciendo limpiezas–, se les presentó la dificultad de percibir bajísimas remuneraciones que no les permiten ni siquiera alquilar una pieza de pensión», señaló la funcionaria del hogar.
La edificación que alberga a esta población marginada es una vieja casona, cedida por el Instituto Nacional del Menor, situada en el barrio Goes. De acuerdo con la opinión de los funcionarios, la vivienda está deteriorada y no es apropiada para cumplir con el proyecto.
Tras salir de los refugios nocturnos, algunas madres se trasladan directamente a sus trabajos. Sus hijos son trasladados a la sede de «Desafío» en ómnibus o, cuando no hay dinero para el transporte, el recorrido se hace a pie desde los barrios Sur o Palermo. Por tal motivo los responsables del centro presentaron un proyecto al Fondo de las Américas en el que solicitan, además, un préstamo para adquirir una camioneta que permita trasladar a los niños o realizar viajes recreativos. El petitorio no fue atendido.
Estas familias que llegan a «Desafío» son jefas de familia con varios hijos a su cargo y, en su mayoría, no poseen ni siquiera documentos de identidad. El 15% de los niños no tiene cédula y el 90% de las madres jóvenes carece de credencial cívica.
La maestra Pombo explicó que sin documentos no pueden acceder «a los pocos servicios que presta el Estado, como la canasta alimentaria del Instituto Nacional de Alimentación, la asignación familiar e incluso la posibilidad de conseguir un trabajo». En el hogar se les enseña a estas madres cómo acceder a un empleo, les informan sobre sus derechos legales y beneficios sociales y les indican los pasos a seguir para inscribirse en las viviendas que otorga el SIAV.
Subiendo peldaños
El pasado 21 de febrero llegó al centro diurno la joven Mónica Sena, acompañada de sus hijos, de 4 y 6 años. Vino de San José tras separarse de su marido.
Una mañana despertó muy temprano, tomó algunos papeles y a sus niños, pidió plata para el ómnibus y huyó sin avisarle a nadie rumbo a Montevideo. Después de soportar durante 8 años una pesadillesca experiencia de violencia doméstica, se cansó de los golpes, la vagancia y las borracheras de su compañero. Para mantener a su familia, Mónica trabajó en quintas por $100 diarios y fabricando esteras.
Cuando llegó a Montevideo, se fue directamente a la Comisaría de Mujeres y esa noche la trasladaron al refugio Posada de Belén.
Luego la derivaron a una dependencia del Iname y desde allí llegó a «Desafío».
Con indisimulable temor, manifestó que su marido vino a buscarla a la capital y la intimó a regresar bajo amenazas de muerte. Manifestó no estar arrepentida de haber abandonado ese «calvario» y ahora espera al 7 de mayo, día en que deberá tramitar su cédula de identidad, para comenzar a trabajar en el frigorífico Fripur. Por su parte, Mónica Belel (34 años) es divorciada y tiene 4 hijos en edad escolar a su cargo. Se desempeña como cuidacoches y también, al igual que su compañera de refugio, dejó a su marido por no soportar su alcoholismo.
Vivió en la periferia capitalina en una modesta construcción pero un día perdió todo cuando se le quemó la casa. Para ganarse la vida, cortó uvas en viñedos de Las Piedras mientras su «esposo, sin trabajo, no hacía nada por conseguir empleo». Actualmente trabaja como cuidacoches detrás del Casmu y acotó que por esta actividad se gana muy poco.
Su meta es lograr la adjudicación de una vivienda de SIAV, «porque no hay nada mejor que tener lo propio».
Criticó a las mujeres que no logran romper el vínculo de violencia y se dejan convencer por las falsas promesas de su pareja.
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