Desde el asiento de los bobos

Valores recibidos en la escuela

Por Horacio Buscaglia

 

Voy en el ómnibus con la cabeza sintonizada en esa zona incierta y neblinosa de la cual uno se entera que estuvo flotando en ella cuando siente el campanazo de la realidad y no sabe cuánto tiempo pasó entre «su ida y su vuelta». Es decir, que uno quedó «colgado» por unos instantes y que el que me vio en esa etapa debe haber pensado: «Mirá qué cara de nabo que tiene ese». Aunque sospecho que la palabra «nabo» no sea muy actual, pero no me cabe duda que en esos momentos uno tiene una cara del algo así como un nabo, una radicha o cualquier otro tubérculo. Dicho esto sin ánimo de relacionarlo con nada. Cuando me doy cuenta de eso, trato de pensar en algo inteligente para revertir la impresión que le pueda haber causado a algún observador. Pero yo puedo tratar de actuar en forma inteligente, y hasta capaz que lo logro, pero pensar «cosas» inteligentes, no me sale. Así que para no seguir con cara de pasgüato (esto también me parece que es algo antiguo) llevo mi cerebro para otro lado y, mirando una hermosa rubia que sube en ese momento, recuerdo cuando era niño e imaginaba que tenía vista de Rayos X como Superman, pero yo no la usaba para salvar a la humanidad ni para ninguna de esas cosas aburridas y agotadoras, sino para ver lo que tenían debajo de la túnica mis compañeritas de clase y particularmente la maestra. De la directora no, porque sospechaba que me podía encontrar con algo terrible, no sé, algo con garras y dientes, andá a saber.

Y ustedes me podrán creer o no, pero les puedo asegurar que muchas veces lograba traspasar las ropas con la mirada. Recuerdo cuando me acerqué al pupitre de la maestra, cuya altura dejaba ver mi cara desde los ojos para arriba, nada más, y le dije con seguridad y con cierta petulancia: «Son celestes». Primero se sonrió sin entender lo que le decía pero a un gesto de mis ojos que señalaban el lugar de «lo celeste», pasó a una expresión de desconcierto que se transformó en sorpresa, odio, vergüenza y en cara de «maestra dispuesta a pegar un cachetazo» en tres segundos. Con una falsa sonrisa me dijo «Horacito, andá a sentarte, m’hijo, andá a sentarte» mientras, disimuladamente, me apretaba el hombro de tal manera que me quedaron las marcas de sus dedos. (Marcas, dicho sea de paso, que yo tomé como pruebas de su amor. Esta errónea manera de relacionar una cosa con otra, en temas amorosos, me acompañó hasta hace muy poco).

Claro, el lío se armó cuando llegué a mi asiento y desde allí le dije: «Y además, tienen puntillas». Nunca me creyeron de que yo veía a través de la ropa, la poca imaginación de los docentes de aquella época y también de la mayoría de mis compañeros, sólo les permitió pensar que todo se debía a mi baja estatura.

Así se transforma un poético acto de amor en una vulgar consecuencia de una característica física.

Yo seguí y sigo pensando que traspasé sus ropas con la mirada.

Aunque se ve que con la edad perdí el poder de concentración, porque de la rubia que subió al ómnibus no pude pasar más allá de leer la marca del jean.

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