Los tatuajes son cada vez más populares a pesar de su origen marginal

Cuerpos marcados

Andrea Charquero

 

Quienes hacen tatuajes en Uruguay reciben frecuentemente pedidos de torsos multicolores de paisajes difíciles de descifrar. Las mujeres prefieren los signos tribales orientales y discretos o las tobilleras con formas vikingas. También hay solicitudes diferentes como el rostro de un familiar fallecido grabado en el pecho o el nombre de un hijo del lado del corazón.

Esporádicamente algún fanático solicita la bandera de un equipo de fútbol o el nombre de un enamorado.

Otros apuestan a la creación espontánea apelando al estilo particular del tatuador y alguna mujer que pasó los cincuenta solicitó el delineado de cejas y ojos como forma de maquillaje permanente.

Este año aseguran que están de moda los delfines para las mujeres y los leones para los varones. Aunque hay excepciones. La clientela frecuente no supera los cuarenta años de edad.

Los tatuajes son muy antiguos y aunque hay diversas teorías nadie sabe exactamente de dónde viene el invento de marcarse de por vida. Los indios charrúas aplicaban un método distinto pero con el mismo fin cortándose la piel y frotándola con carbón para grabar las cicatrices de alguna batalla ganada. Los tatuajes siempre se relacionaron con un mundo marginal y masculino aunque hoy en nuestro país la moda de tatuarse crece en todas las clases sociales y para ambos sexos.

Actualmente son cerca de cuarenta quienes se dedican a este arte en forma profesional en todo el país. En Montevideo funcionan 18 locales y hay otros tres distribuidos en Maldonado, Florida y Salto.

En el último año se realizaron en nuestro país dos convenciones sobre tatuajes que contaron con la participación de especialistas y aficionados.

Si bien no hay números exactos de la gente tatuada, los especialistas dicen que cada vez son más y que los fanáticos que participaron de esas convenciones superaron los quinientos por día. El club de «Tatuadores del Uruguay» funciona en el Instituto Nacional de la Juventud y espera convertirse próximamente en un ámbito más formal con potestades de Asociación. Los objetivos inmediatos son exigir un control bromatológico exhaustivo a los profesionales del tatuaje –hoy inexistente– así como establecer normas en cuanto a precios y modalidades comunes de trabajo para cuidar la reputación de los tatuadores como de los clientes en la prevención de enfermedades.

 

La técnica

El primer paso siempre es elegir un diseño de los tantos catálogos que se ofrecen. Una vez seleccionado, el profesional calca el dibujo sobre la piel y luego se inserta la aguja (hay de varios tamaños) a no más de un milímetro de profundidad para grabar la figura, debiendo detenerse para limpiar la zona cada pocos minutos. Las tintas utilizadas son inocuas para el organismo y se importan desde Europa. Las agujas deben ser siempre descartables para evitar infecciones y transmisión de enfermedades.

Los tatuajes quedan impresos para toda la vida y aunque dicen que se pueden quitar con láser, en Uruguay no se aplica formalmente esa técnica.

La curación para afirmar los colores es inmediatamente posterior a la técnica pero se hace en el domicilio con la aplicación de vaselina liquida. En algunos casos los que se someten a tatuajes padecen de fiebre alta.

Una espalda completamente tatuada puede llevar más de quince horas de trabajo en sesiones de no más de tres, para no castigar la piel, y se cobra a un promedio de $ 500 la hora.

Un modelo sencillo como los tribales, lleva aproximadamente veinte minutos de trabajo y $ 350 de costo. Los tatuadores tienen en promedio un salario mensual de U$S 1.000.

El dolor siempre está presente pero está lejos de ser insoportable. Los lugares del cuerpo más dolorosos son los que están cerca de un hueso como los codos. El pecho, las axilas, los genitales y los tobillos son los más sensibles. La sensación que sienten quienes se somenten a esta práctica es parecida a un intenso ardor y quemazón a la vez.

En el barrio de Pocitos el estudio de Gabriel Callicó parece un consultorio médico. Los jóvenes no parecen sentir dolor cuando la aguja va haciendo el recorrido de un diseño complicado y donde la irritación de la piel y la sangre todavía no deja distinguirlo.

A unos pocos metros esperan turno dos amigas ansiosas –de más de treinta años– que seleccionaron un delfín para el tobillo y una rosa para un hombro.

La máquina para tatuar es un puntero donde se inserta la barra con las agujas soldadas y un transformador que llega hasta el pedal apoyado en el piso que le da impulso. Un par de guantes, vaselina para limpiar la herida, y varias tintas son parte de lo que se observa . «Los jóvenes tienen impulsos difíciles de frenar y quieren tatuarse todo el cuerpo porque no tienen conciencia que les va a durar toda la vida. Hoy por hoy viene todo el espectro social, todo depende del gusto personal. Hoy tatuarse es un adorno para el que lo lleva y un impulso artístico para el que lo hace», comentó Gabriel.

Sobre 18 de Julio están instalados la mayoría de los locales de tatuaje de Montevideo.

Para conseguir una hora en el Estudio de Leonardo Valverde hay que solicitarla con antelación. Atiende un promedio de 20 consultas por día de las cuales un 40% se concreta en la realización de un tatuaje en menos de un mes. Con 23 años de edad y cinco de oficio, Valverde cuenta con avanzados estudios de diseño gráfico y dibujo publicitario que le sirvieron de base para la técnica sobre la piel que aplicó en él mismo con una completa colección de los más famosos protagonistas de dibujos animados de todos los tiempos grabada en toda su espalda. «La diferencia entre los tatuadores es el estilo que utiliza para dibujar sobre una técnica que siempre es común. Pero es el cliente el que debe exigir las condiciones de higiene y de cuidado. Cuando vienen adolescentes y se quieren tatuar les pido el permiso de un mayor o que vengan con sus padres si no han cumplido los 18 años», comentó Leonardo.

Renata también está en el oficio y tiene siete tatuajes en su cuerpo. El más grande sobresale por delante del torso desde el trapecio hasta la curva del pecho dibujando una figura oriental.

El resto son otros símbolos que se distribuyen en todo su cuerpo. Ella es la única mujer uruguaya que sabe la técnica y trabaja como tatuadora desde hace cuarto años. Atiende en su domicilio y es la única que recorre Punta del Este todos los veranos. «Muchos quieren tatuarse en verano porque es moda pero hay que pensarlo muy bien, hay que elegir un tatuaje que signifique algo para quien lo lleve».

Aunque se reconoce como una profesional confiesa que le cuesta abrirse paso entre la gente desconfiada que siempre espera ser tatuada por un hombre. «Esta es la parte machista de este trabajo. Me cuesta bastante que me reconozcan tan buena como mis colegas simplemente porque soy una mujer pero de a poco supongo que se irán acostumbrando».

Renata dice que la gente que ella tatúa lleva el dibujo de por vida pero también la marca y el diseño del profesional que lo hizo. «Mi trabajo es estar siempre al límite porque uno no puede equivocarse en la piel de otro, por eso se vive con más responsabilidad y más presión que pintar en un lienzo común».

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