Desde el asiento de los bobos

Filosofía (barata) vacacional

Horacio Buscaglia

 

Y bueno, aquí vamos acercándonos al último día de turismo. Por la ventanilla del ómnibus ya se ven a algunos que han vuelto un poco antes para poder descansar de las vacaciones, y estar preparados para empezar nuevamente a laburar. Porque mire que cansan las vacaciones, ¿eh?, porque uno cuando tiene todo el tiempo del mundo para no hacer nada, empieza a hacer cantidad de cosas. «La cuestión», se dice uno a sí mismo mientras calienta el agua para el mate en la primera mañana de vacaciones, «es hacer lo que no hacemos diariamente. Eso es lo que lo descansa a uno de verdad.» Pero, claro, sucede que son muchas más las cosas que uno no hace que las que hace habitualmente y entonces empieza la etapa de la hiperactividad. Que ir a buscar leña, que cortar el pasto, que hacer el asadito, que ir temprano en bicicleta a buscar el pan para el desayuno, que arreglar el galpón que está todo destartalado, lavar el auto uno mismo, leer aquel libro que siempre dejamos para más tarde. Leer el diario tempranito debajo de aquel árbol, regar el jardín, «Â¡Hoy cocino yo, y ya van a ver!», jugar al fútbol o a la paleta con los gurises, «Vieja, ¿trajiste algo para los dolores musculares?», etc.

Y también están los trucos para alcanzar la «liberación», sacarse el reloj y sucucharlo en el fondo del cajón de la mesita de luz o de la valija, la máxima liberación: no afeitarse y la de ellas: «No pienso lavar un solo plato, ahora les toca a ustedes», nada de medias, salvo que haga frío, y mucho menos zapatos acordonados. Conozco gente que se lleva a las vacaciones todas las corbatas que tienen y las cuelgan de una cuerda que colocan en su dormitorio, para verlas todas las mañanas y darse el lujo de no tener que elegir ninguna. Hay una mujer que, por su trabajo, debe estar siempre bien arregladita, lo primero que hace al llegar al lugar de sus vacaciones, es sacar o tapar todos los espejos así puede andar como quiera sin tener que juzgarse. Tengo un amigo que todas las vacaciones se compra un reloj despertador de esos baratos y lo pone para que suene a la hora en que se levanta todo el año, la primera mañana que el despertador se larga a sonar, mi amigo se despierta y lo destroza a martillazos. «Es la única forma de entrar en las vacaciones sin culpabilidad», dice. Por que es cierto, uno es un bicho tan de costumbres que al principio está desacomodado en las vacaciones, hay veces que cuando uno se empieza a ambientar es cuando hay que venirse. Para eso el Cacho Piraña, que nunca trabajó en su vida para no tener que enfrentarse, dice, «a esa ambivalencia entre la culpa y el deseo». Filósofo, el Cacho, como no podía ser de otra manera dado el tiempo que tiene «para mirarse pa’adentro», como dice él. Y ese es otro tema de las vacaciones y quizás sea el que más cansa, estar tanto tiempo con uno mismo sin que nadie lo interrumpa. Eso es bravo. Hay veces que no se banca. Pero mejor lo dejamos para otra columna o para otras vacaciones, ¿no le parece?

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