Libertad o muerte
Juma
Por allí desde el tubo de los corrales sacaron a un potro gateao, de la tropilla de Héctor Domingo Fernández, de los pagos de Soriano, para que lo montara un paisano llegado desde el Paso de La Cruz en Río Negro, quien esperaba cerca del palenque, nervioso y casi masticando el pucho. Los agarradores esperaron a la bestia y apenas la arrimaron al palenque se le prendieron del cogote, y mientras uno trataba de taparle los ojos con un poncho, otro intentaba colocarle el basto entre la cruz y el anca.
El bagual empezó a retorcerse, cabeceando y sacudiendo las crineras con un gesto altivo de rebeldía, mientras desparramaba gauchos a diestra y siniestra. Volaban los ponchos y los talerazos, los bufidos de la bestia y los ¡carajo! de los gauchos se entremezclaban en una especie de entrevero épico en el que las patas del potro y las piernas y los brazos de los hombres reproducían un boceto digno de Belloni en su máxima inspiración. En las tribunas, miles de personas observaban expectantes la lucha desigual en el ruedo. Una lucha ancestral, casi visceral en el principio del todo de estos confines del planeta. El gaucho, y antes fue el indio, exigiendo la potestad del mandato frente a un potro reservado, arisco, negándose a someterse al despotismo del amo. Egregia y viril gesta eterna entre la libertad y la opresión.
Entre libertarios y opresores
Por eso había allí, en la tardecita otoñal, una resolana de viernes santo, un episodio de corte épico sobre la gramilla recalentada del Prado añoso. Finalmente el paisano logró montarlo, se afirmó en los estribos y empezó a revolear el poncho mientras hacía correr las lloronas desde la paleta a la oreja. Enhorquetado en su lomo, hombre y bestia parecían una especie de centauro homérico alzándose y hundiéndose en una batalla sin tregua.
Después todo sucedió casi en un segundo, que sin embargo bien puede haber sido un siglo. Hubo un salto, quizás dos, un caracoleo en el aire rompiendo todas las arcaicas y formales leyes de la gravedad y con un golpe seco, y un bufido enorme, la bestia dio con el cogote en el suelo con tan mala suerte, que se le quebró al caer. Pegó su último bufido, un relincho anárquico, postrero y todo el Prado escuchó el ruido seco como un balazo. Casi sin fuerzas fue a dar cerca del palenque y allí quedó, libre para siempre, sin amo, sin jinete opresor que lo domine. Y poco importó si para ello, tuvo que morirse primero.
«Como pa’ que no se juera en soleda»
Ya no era la resolana lo que «ñublaba» el cielo, era la angustia del paisanaje por la muerte del potro, en pleno trabajo: «murió trabajando…» dijo alguien simplemente, y quizás sea ese el más digno epitafio.
Y poco rato después, otra polvareda, más bufidos y galopes, y desde el tubo los rondaneros acercaban al palenque a otro bagual de pelo bayo de la tropilla de Everto Soca y Mariscurrena de los pagos de Blanquillo en la mesopotamia oriental del Yi y el Negro, para que lo montara en pelo Sergio Daniel Méndez, un corajudo jinete de San Gregorio de Polanco, allá por el territorio gardeliano tacuaremboense.
Otra vez la lucha, los relinchos y bufidos, los carajos y una que otra puteada circunstancial entreverada.
Ponchos, taleros, caídas y levantadas, y finalmente el paisano que logra acomodar el tiento alrededor del cogote del arisco, prenderse de «las crinas» y enhorquetarse echándose pa’ atrás el sombrero como ‘pa’ lamber’ sartenes. Poncho en alto, largaron y todo fue una avalancha de corcovos y de gritos hasta que la bestia descontrolada en su desesperación por deshacerse de «la carga» se dio de lleno sobre una de las empalizadas, y quedó allí, para siempre. El frío diagnóstico determinó «fractura de columna cervical». Parecía que la cosa fue para que su camarada no se fuera solo a un viaje definitivamente largo, sabedor de que una buena «yunta» siempre es más fuerte.
Estos dos potros nos dieron a todos en este viernes santo, que casualmente cayó «un trece», una soberbia y añeja lección de principios y finales: porque aquello de «libertad o muerte» bien cabe también para el caballo, trabajador, soldado y gestor de nuestra grandeza como los hombres mismos que hicieron y siguen construyendo la patria.
Por eso quizás, después del silencio impactante, fue un aplauso grande el que despidió a estos dos trabajadores inmolados en pleno ruedo, tan así que nos puso «la piel de gallina».
Y no era para menos.
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