Desde el asiento de los bobos

Sin maldad

Por Horacio Buscaglia

 

Y aquí vamos, sentados del lado de la ventanilla tratando de olvidar que uno sigue laburando. Cuando uno ve a alguien con valijas u otros bultos que delatan su desafiante y antisolidaria actitud de disfrutar una cortas vacaciones, enseguida me digo a mí mismo, no por envidioso sino como una forma de protección, me digo, digo: «Pobres, miralos cargando esos trastos sin saber lo que les espera al llegar al lugar elegido. ¡Já! ya lo quiero ver a ese cuando descubra que el asiento que le vendieron para el ómnibus que lo lleva a Rivera, también se lo vendieron a otra persona y además esa persona es una mujer embarazada. Y si la idea es ir haciendo dedo. ¡Jé! ya me estoy gozando cuando lo único que logren conseguir que los lleve sea un camión cargado de chanchos vivos o alguno de esos que trasladan desperdicios hospitalarios. Y no lo digo por maldad, que hasta deseo que esos camiones los acerquen por lo menos hasta 15 kilómetros antes de donde vayan y los dejen allí una noche de lluvia pero justo donde hay un montón de bolsas de plástico que les puedan servir para protegerse, aunque hayan sido usadas para envolver la basura de un matadero clandestino.

Pero ponele que liguen bastante bien y esa pareja que veo subir al ómnibus llegue allí, al borde del río. ¡Aaahhh, la naturaleza! El silencio del campo, la paz, adiós estrés, llegó el momento de meditar, de reflexionar y, ¿por qué no?, así de relajados y calmos, alcanzar las mejores experiencias sexuales. En una pequeña carpa un gran amor. Claro que a eso de la tardecita llegan en un camioncito destartalado una docena de muchachos que se instalan al lado de los tórtolos. ¿Su equipaje? 14 tambores, 50 litros de vino y 7 chorizos.

Y esa familia que va en un auto cargado hasta las patas, perdón, hasta las gomas. ¡Qué lindo! varios niños, la abuela, el padre, la madre y una tía solterona, además del perro y de Caruso, un canario flauta que el abuelo dejó de herencia. ¡Qué lindo! Ya los imagino llegando a la cabaña que alquilaron en las Toscas, con un solo baño, y que al otro día, al despertarse, descubren que los caños estan tapados y el pozo negro rebosa todo lo acumulado en la temporada. Y hay que remangarse y meter mano, porque el señor que arregla esas cosas está tapado de trabajo. Y esos otros que tienen pinta de ir a un hotel y cuando llegan, si tienen la suerte de que les hayan mantenido sus reservaciones, descubren que en la habitación de al lado está el ex marido de ella, ese baboso que sigue llamándola «Bichito» y contando anécdotas de cuando se casaron.»

¡Já¡ ¡Si supieran lo que les espera! Por suerte yo voy a laburar, no los envidio ni un poquito.

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