Prohibido para nostálgicos

"Una semana distinta, con paisanos y religión"

Por Luis Grene

 

Así pasen los años, es una semana distinta. Como antes y como hoy, unos agarran para el lado del campo y lo folclórico. Son los que rumbean para el Prado y su tradicional «doma». Otros le dan fuerte a la religión. Entran en las iglesias a participar de la semana más sagrada del Cristianismo. Y entre ellos, nosotros. Porque, como dijo Martín Fierro, «todos tienen que cumplir con la ley de su destino». El nuestro es darle duro a la matraca de la memoria. Armar, de a pedacitos, los viejos tiempos y las costumbres de una ciudad tan distinta.

Por el Prado y unos galpones que comenzaron a llamarse «la rural». Por todo el Paso Molino que se «tupía» de gauchos por todos sus rincones. Todo «posta». Nada de «fiasco» para engrupir a los puebleros de la coqueta Montevideo. Botas, ponchos, cinturones con moneditas de plata y «el facón» al cinto. Grandes sombreros que completaban esas llamativas presencias que se desparramaban por todos los alrededores.

Muchos llegaban acompañados de sus familias. Despacio y juntos, de un lado al otro de aquella avenida Agraciada que comenzaba a ensancharse. Algo distinto para esos vecinos de las casitas bajas y de jardines con hortensias y malvones.

Todo el Paso se alborotaba con el gauchaje. Desde «las mercerías», las tienditas, los boliches y los grandes negocios como la Salvo, les dedicaban su atención, y las vidrieras, a lo «telúrico». Aparecían las llamadas «platerías criollas», brillantes espuelas o tentadores cuchillos, porque esa gente compraba mucho.

No querían que los gauchos se alejaran del barrio. Aunque los más baquianos apenas se habían bajado del ferrocarril, agarraban para Introzzi, que por esta semana tenía todo un piso dedicado al paisanaje. Instrumentos de faena como monturas y pilchas, muy noveleras, al ladito de los cintos y las llamadas «botas de potro».

Tentaciones irresistibles para esos criollos que por una semana se habían arrimado a la Capital.

Al terminar sus diarias faenas en «la rural», los domadores arrancaban para los boliches del barrio. Por estos días, todos presentaban un aire diferente. Entre ginebra y algún suave vinito casero, esos hombres no dudaban en «prenderse» a las mesas de truco con los otros parroquianos. No faltaban los que agarraban una viola y le metían al verso con emoción.

Los había algunos que muy pícaros sabían que en la ciudad «la guita mandaba». Y se las ingeniaban para ganarse unos pesitos. «Retaban» a que eran capaces de hacer «unas décimas» con cualquier palabra. Todos buscábamos las más difíciles y rebuscadas. Pero no había con que «darles» a esos lindos guitarreros. Siempre ganaban y al otro día, muy contentos, se los veía por la tienda Salvo comprando novelerías. Se las habían ganado a pura inspiración. A puro verso y coplas que dejaban asombrados a sus ocasionales apostadores.

También estaban los charlatanes. Tan guapos en la doma. Aplaudidos a rabiar, cuando hacían la vuelta triunfal luego de una corajuda faena. Entre las sombrillitas para el sol de las damas, y los ranchos de paja y sombreros que volaban por los aires. Pero, a la noche, con alguna ginebra arriba, se volvían muy «mentirosos». Nos asustaban con sus historias de lobizones, de «aparecidos» y de viejas brujas que ellos mismos las habían visto «volverse lindas y jóvenes por la noche de San Juan». Lo juraban «por esta», y hacían la cruz con sus dedos.

Todos se miraban, algún guiño cómplice y no quedaba otra que «mandarles la vuelta». Lo complicado era explicarle a los pibes, que se habían colado al boliche, que esos eran «cuentos de mentiras». Aunque muchos, ya sea pibes o grandotes, esa noche tendrían que dormir con la luz prendida.

Por Agraciada, a la altura de Emilio Romero, estaba el boliche «Negro y Azul». El del cuadrito del barrio. Lleno de coplas, historias y ocasionales payadas de gauchos que, por una semana, se convertían en parroquianos «de fierro». Su dueño, el arquero Batignani, muy alto y pintón, desde la caja registradora imponía respeto cuando parecía que el ambiente se caldeaba y, de golpe, todos tranquilos.

Muchos vecinos del Paso Molino, por esta semana, se hacían unos pesitos extra. Ofrecían hospedaje a uno o dos gauchos domadores que, solitarios por haber viajado sin sus familias, no querían quedarse en las instalaciones de «la rural».

Así, de pronto, medio surrealista la cosa, aparecía de la noche a la mañana, un gaucho grandote por el jardín de la casa. Mateando, muy madrugador y aunque medio tímido, «rápido pa’ los mandados» si se trataba de hacerse amigo de las vecinitas que lo miraban con simpatía y curiosidad.

El romanticismo no faltaba por el Rosedal del Prado. Ese sitio tampoco estaba ajeno a los paisanos y su alboroto. Con sus «chinas», de trenzas y floreadas polleras, y ellos luciendo un gran sombrero nuevito, se querían fotografiar en ese mágico lugar. Fogonazos por todos lados. Las cámaras de cajón, sus trípodes de madera, y los fotógrafos de túnicas azules, los «acribillaban» y esa gente sonreía y se abrazaba muy feliz. Querían tener una postal de su otoñal paseo por ese Rosedal, tan comentado allá en sus lejanos pagos.

Para otros vecinos, esta semana todo era religiosidad y ninguna «bolilla» a esos gauchos y sus potros. Señoras de negros tules y mantillas, en sus manos el rosario. Los hombres con trajes oscuros, con la Biblia y el Misal. Cumplían al pie de la letra los ayunos. Y al carnicero que «osaba» abrir su negocio, lo fulminaban con sus miradas.

Por la Villa de la Unión, se reunían en la histórica iglesia de San Agustín. Un ratito antes de «los oficios», la plaza de enfrente se llenaba de los fieles que conversaban y luego subían juntos, y en silencio, las escalinatas de ese tradicional templo. Se recuerdan los sermones del padre Polvorín, que allá por la década del 50, les daba duro a los que concurrían a las misas de Semana Santa pero, a escondidas, se escaban a los «peringundines» del Puerto Rico.

Hasta El Bajo por estos días cambiaba. Toda esa multitud por la Catedral o bajando por la Plaza Zabala hasta la Cripta del Señor de la Paciencia, lograba un singular milagro. A partir del miércoles, las casas de Brecha, Yerbal y Reconquista, en su mayoría, cerraban sus puertas.

Al llegar el viernes, Montevideo mostraba un espectáculo distinto. Se vivía intensamente aquella tradición de «recorrer a pie siete iglesias» que llegó a ser muy popular. Parejas, familias enteras y hasta algunos visiblemente enfermos, caminando largos trechos movidos por la fuerza de la fe. Tal era su convicción que despertaban un profundo respeto.

Caminantes incansables se cruzaban en los barrios. Un rápido saludo. Apenas un comentario sobre cuántas iglesias les quedaban para completar «las siete» y nada más. Con sol o con lluvia siempre cumplían esa antigua tradición.

Dicen que para los uruguayos recién después de esta semana es que «comienza realmente el año». Y bueno, vamos a aprovechar para agarrar fuerzas porque la mano viene brava. Como dijo Martín Fierro, «Hagámosle cara fiera a los males, compañero…» Por más duro que «pinte» el asunto. Con fe y todos juntos, y este viejo escribidor está seguro que no podrán doblegar nuestras esperanzas.

Los esperamos todos los sábados y domingos a las 19 horas en CX 44, y, también los domingos, en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostalgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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