El hombre no parpa ni crotora
Por Horacio Buscaglia
Ya se empezó a notar que estamos en la semana de Turismo, la ciudad se va vaciando y por todos lados vemos gente con bolsos y mochilas. Por suerte el clima se acomodó un poco pero, no es por ser ave de mal agüero, no hay que confiarse mucho. Yo que me quedó acá, voy en el ómnibus mirando con cierta envidia a la gente con sus mochilas, aunque si uno se fija bien no tienen cara de felicidad, todavía no la tienen, están tensos porque se les hace tarde y pueden perder el ómnibus, porque tienen la sensación de que se olvidaron de algo, porque tuvieron que armar los bolsos a las corridas, porque aquel todavía no llegó y es el que tiene los pasajes, porque hay algo de neurótico en cada uno de nosotros que nos hace deprimir un poco cuando vamos a dejar nuestra casa y nuestra ciudad aunque sea por las vacaciones y además porque uno es uruguayo y, quiéralo o no, le sale aquel complejo de culpa por tener una oportunidad de disfrutar y ser feliz. Claro que en cuanto empiecen a viajar hacia donde vayan, se aflojaran un poco y al llegar, ¡vamo arriba, todo bien!
Y justamente iba pensando en eso cuando me di cuenta que mucha de esa gente iba a tener un contacto con la naturaleza muy especial, encontrándose con un paisaje muy diferente al de la ciudad y eso es precisamente uno de los motivos del descanso y del afloje del estrés. Pero también se encontrarán con insectos y animales y eso me trae a la memoria los correos electrónicos que recibí por la columna de ayer, en particular por la palabra «parpa» sobre la cual me han llegado conclusiones de todo tipo. Yo, hablando de Jorge Batlle, dije: «…si camina como un pato, si parpa como un pato…» y parpa, señores, es el nombre de lo que hace el pato cuando hace ¡cuac cuac! Nada más que eso. Y como el viaje se me hacía aburrido empecé a recordar los nombres de las voces de otros animales que, de paso, no está mal que usted las sepa y pueda lucirse frente a sus amigos en cualquier reunión. Vea: el pato parpa y además gazna y grazna, pero la grulla gruye y el elefante barrita, mientras el águila trompetea y el jabalí, fíjese usted, arrúa y rebudia, cosa que no hace la langosta, que estridula.
El búfalo brama y el búho ulula.
El loro habla y también garrita, el mosquito zumba, la marmota silba pero la cigüeña crotora.
Berrea el becerro, rebuzna el burro que además rozna, no como el murciélago que chirría o la cigarra que carraca.
Llora el cocodrilo mientras la paloma arrulla y zurea.
No así el cochinillo que gruñe y guañe aunque la pantera himpla y ruge si la codorniz canta o cuchichía cuando oye cloquear al pavo o a la perdiz que silba, piñonea y ajea.
Y no hablamos del cuervo que grazna, gazna, croscita, crocita o crascita cuando un perro ladra, gañe o regaña.
Si la rana croa, la gallina cloquea y el gamo gamita. Si el gato ronronea, el toro bufa, la golondrina chirría y el grillo grilla cuando el zorro gañe y aúlla.
Y el hombre habla y escribe de lo que sea, explorando el azar para encontrar la poesía en cualquier lugar.
Es turismo, no se divierte el que no quiere. Pruebe a leer en voz alta esta columna a partir de las voces de los animales. Y si se enrosca, póngale música.
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