Desde el asiento de los bobos

Parábola

Por Horacio Buscaglia

 

Me aburro. Me estoy aburriendo mucho. Me aburro como un zapato izquierdo perdido debajo de la cama.

Sube al ómnibus una mujer con una aspiradora metida adentro de una bolsa negra de esas que se usan para poner la basura. Lo veía venir, al menor movimiento el tubo de goma de la aspiradora se sale de la bolsa y como una especie de anaconda se retuerce por el aire mientras todos los que estamos cerca buscamos esquivar el manguerazo. ¡Tunk! Sonó la cabeza del guarda.

«Ay, disculpe –dijo la mujer–, se la llevo a la nena, que no tiene, y mañana la visita la suegra».

«Tá, fenómeno —gruñó el guarda– pero tenga cuidado».

«Bueno, peor hubiera sido que le pegara con la heladera, que tampoco tiene», respondió la mujer con una lógica implacable.

La mujer siguió hasta el fondo y se acomodó, vaya uno a saber cómo, en uno de los asientos.

Inmediatamente me volvió el aburrimiento.

Me aburro. Me aburro más que taquígrafo de De La Rúa. Me aburro como si estuviera leyendo las 17.000 denuncias que le hacen a Milosevic.

Imagino que saco la cabeza por la ventanilla y grito: ¡Socorro, me aburro infinitamente! Y que en todas las ventanas alguien se asoma gritando: ¡Yo también me aburro! Y somos decenas de miles, centenares de miles, millones de uruguayos que gritamos ¡Me aburro!

Pero también me aburre pensar en eso, ¿viste?

Sube un muchacho joven vestido con ropas brillantes, engominado onda 1940 y con una sonrisa que parece de otro. Se para en la parte de adelante y comienza bailar tap, ese zapateo yanqui que si no sos Gene Kelly o algún grone de esos muy capos y no estás en pantalla ancha a todo color, es más embolante que ver meditar a una lombriz.

Pero él estaba entusiasmado, tacatác tacataca tac, y se le sospechaba una cara feliz detrás de esa sonrisa. De pronto el conductor metió una frenada y Fred Astaire se clavó de cabeza contra la puerta delantera.

Con la habilidad de quien lo ha hecho muchas veces, el conductor abrió la puerta y con un pequeño giro de volante hizo que el joven depositara su humanidad sobre la calle mientras el guarda le gritaba:

«Andá a zapatearle el mostrador a Chele, andá a zapatearle, Taptero.»

Observé que la sonrisa había quedado tirada en el piso y ya se le notaba que se iba transformando en mueca de incomprensión.

A los 30 segundos de sucedido esto, me invadió el aburrimiento como la yema del huevo frito invade el trozo de pan. (Nobleza obliga: Lorca, en alguna parte, dice algo parecido a esto. Sólo que un poquito más poético, un poquito, nada más).

Me aburro. Me aburro como un hongo, pero no de aquellos mexicanos, me aburro como si estuviera esperando que Jorge Batlle cumpla con una sola de las cosas que prometió. Me aburro como el Super Yo de Cavallo, como las neuronas de Busch o la conciencia de Pinochet.

En concreto, me aburro.

Sube una anciana que renguea, tiene la espalda encorvada, y se queja a cada movimiento mientras mira de reojo a todos los que van sentados diciendo bajito pero como para que se oiga: «No puedo más, no puedo más. No voy a llegar a la sociedad». En eso, dos asientos más adelante, una señora se levanta para bajar. No ha abandonado su lugar cuando la anciana con un grito tipo Bruce Lee, desplaza al que está a su lado de un codazo, da un doble salto mortal y cae sentada en el asiento de la señora, donde inmediatamente curva su espalda y murmura una queja.

Y yo me sigo aburriendo, me aburro tanto que temo que el inspector que viene hacia mí, me pise uno de los dos adminículos que desde hace más de 50 años tengo allá abajo y ahora, de tan aburrido, me llegan al suelo.

Y bue, que los pise, así por lo menos va a pasar algo.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje