Más cafés y boliches del viejo Montevideo
Olvida otros, pero sabemos que los «lectores cómplices», como siempre, desde sus casas y mientras nos leen, sumarán sus recuerdos. Para que este paseo por los viejos boliches y cafés del ayer sea algo caliente. Como la sangre que corría y le daba «polenta» a los que recalaban a diario, vivían sus noches y sus días en los estaños y cálidas mesas. Soñadores, bohemios, solitarios y laburantes que se hacían un tiempo para el café o «el alpiste», la cañita reparadora, que ayudan a ir tirando en este duro oficio de vivir. Santuarios de la vieja noche, ahora sólo un puñado de recuerdos que tratamos de recuperar, aunque sea por unos instantes, para que vivan un ratito en el romántico «cuore».
Boliches que llegaron con los gallegos inmigrantes. Esos que un día vieron nuestro puerto desde la minúscula ventanilla de sus camarotes de «clase económica». Y, a fuerza de trabajo, otro día se encontraron con un saquito negro detrás de una enorme caja registradora, regenteando la barra y las copas. De un Montevideo, por mediados de los 30, donde la gente, sin distinciones, se acodaba para «tomarse una» o darle al aromático café.
A los tirones, empujándonos sin miramientos, la memoria nos ubica en la zona de la Plaza Cagancha. Es que, no se olviden, que está «cabrera» por el cierre del «Soro» y larga sus pedradas de recuerdos para astillar las indiferencias de este recién nacido nuevo siglo. Quiere contar cómo eran «las luces del Centro» en uno de sus rincones más emblemáticos. Por esos lados estaba el Café «Ateneo». Lleno de parroquianos en una época de oro del tango. Cuando el «dos por cuatro» se paseaba por su amplio salón. Algunos iban a ver a la «Orquesta de Señoritas», en la cual unas damas, la mayoría entrada en años, marcaban el compás con sus fuelles y violines. En las mesas de frente al escenario, sus novios y maridos, muy serios, destacaban sus presencias para que nadie se «avivara» y osara decir frases irrespetuosas a esas tangueras de pura cepa.
En el descanso, dejaban sus instrumentos al fondo y departían con sus parejas y tomaban, de a sorbitos, un cristalino licor de unas diminutas copitas.
Ya por la década del 40, el «Ateneo» fue sitio de convocatoria para maestros rioplatenses como Pugliese, Canaro o D’Arienzo, en sus escapadas a Montevideo provenientes de la esplendorosa Corrientes porteña. Un punto culminante fueron los «certámenes de nuevas voces», que ahí se organizaban, entre el entusiasmo y el apoyo de un público incondicional. Fue allí que una noche Canaro escuchó a Carlitos Roldán y comenzó la etapa más gloriosa de nuestro amigazo. Con el paso de los años, en un reportaje «mano a mano», el querido Julio Sosa nos confesó que siendo muy joven en una escapada de Las Piedras, recaló en el «Ateneo». En una madrugada, también escuchó a Roldán, cantaba el tango «Tengo miedo» como sólo él podía hacerlo. Y nos contaba Julio que fue tanta su emoción que decidió que cantar tangos sería su meta. Lejos estaba de soñar siquiera que la senda que le marcaba Carlitos le traería tantos triunfos, luego injustamente tronchados por su fatal accidente de auto.
Por la misma Plaza Cagancha, estaba el mítico Café Metro. El de las peñas literarias de Paco Espínola y un lacónico Onetti, rodeados de jóvenes que querían ser escritores. Lugar de leyendas. Como aquella discusión donde se hablaba de Joyce y su «Ulises» y donde Onetti no era escuchado. A los gritos unas hermanitas que trillaban la Plaza pidiendo y algo más, a quienes todos llamaban «las mellizas», se enojaron. Hicieron callar a todo el mundo, para que Onetti pudiera hablar y dar su opinión. Los parlanchines «hicieron molde», bebieron silenciosos sus cafés y escucharon a quien, sin dudas, tenía más conocimiento que todos los presentes sobre ese genial libro. Y unas chicas, casi analfabetas pero vivarachas, con «la carpeta de la calle», lo captaron enseguida, mientras que los otros más cultos lo habían ignorado.
Caminábamos unas cuadras y frente al edificio de «El Día» estaba el Café «Montevideo». Desde las primeras horas de la noche hasta la madrugada, se veían por sus mesas a los noctámbulos de siempre que alternaban con los periodistas de aquel matutino, que habían cruzado buscando el estímulo de los pocillos. Y de paso, una pausa en el ajetreo de la nerviosa redacción. No llamaba la atención ver a algún político fumando nervioso, mientras esperaba que Batlle cruzara para hablar con ese señor. El mismo Batlle que era visto muchísimas veces, en una mesa solitaria, dando los últimos retoques a su página editorial que controlaba con particular celo.
Cuando el «Montevideo» cerró, su local pasó a ser, por un tiempo, un sitio de «comidas rápidas». Se trató de implantar el sistema de máquinas semiautomáticas al que la gente le dio poca «bolilla». Faltaba mucho, por aquel entonces, para lo que sería el auge «de la comida chatarra» del fin de siglo. Llegando enfrente a la Universidad, con un perfil similar en cuanto al nivel intelectual de sus parroquianos, se popularizó el «Gran Sportman». Estudiantes y profesores que cruzaban para continuar la polémica sobre un tema que había quedado pendiente en las clases de Derecho. La caprichosa memoria «nos para en seco». Para afuera del Centro, nada de la noche o de gente que hacía peñas o discusiones sobre libros o política. «A los barrios» dice y como siempre «achicamos» y le damos el gusto. Estamos por Larrañaga y Caiguá y el más representativo de «los bares de yuyos» que hace años fueron muy populares. Ambiente chico, una lechuza embalsamada que mira a los parroquianos fijamente. Las botellas de caña y grappa con pitanga, ruda, limón o lo que ni se imaginaba, estaban ahí con sus sabrosos y coloridos elixires. Los habitués no cambiaban esas copas por nada. Se hicieron adictos de una cofradía de degustadores que según sus estados de ánimo y las horas del día, probaban el contenido de las vidriosas botellas y sus alquímicas combinaciones. Por la Villa de la Unión hubo otro de esos bares de «yuyos» que tuvo entre sus parroquianos a campeones mundiales del fútbol que a veces salían «malheridos», a fuerza de tanto darle a las hierbas «querendonas». El barrio es ahora la Ciudad Vieja. Por allí «la que te dije» está a sus anchas. Nos obliga a escribir de boliches extinguidos hace mucho tiempo. Como «La Telita», en el bravo barrio Guruyú. En medio de los cajones de verduras se le daba «de punta» a un tinto caserito, que se subía despacito a la cabeza y había que bancarlo. De ahí las grandes broncas. Pero ¡qué importaba! si todo se resolvía en «la escollera» y después de todo el Maciel estaba tan cerca. Más pitucos eran lugares como «El Jauja». El de Bartolomé Mitre, donde los anticuarios hacían negocios, en aquellas mesitas tan viejas. Sobre las que estaba el exquisito «Gin Fizz», un sabor irrepetible del lugar. Al traspasar su famosa puerta, de cristal tallado, estaba la magia de un ambiente que siempre lo recordamos como en penumbras, propicio para los negocios y los amores clandestinos.
De «El Brasilero» ya les hablamos tanto. Sitio de más de 120 años largos por el que desfilaron generaciones que degustaron café, palpitaron en las charlas y hasta sirvió de rincón para amantes como la inolvidable Delmira. El movedizo «Toto » Miranda, que tuvo mucho que ver con este café, luego abrió por Mercedes y Andes el «Anacapri». Tragos, bohemia, comidas y voces entonando tarantelas, allá por los años 60. Con nuestra amiga, la locutora Gilda, haciendo sus primeras armas en la animación y conducción de espectáculos.
Cerramos y ¡quedan tantos sin mencionar!, con el «Vaccaro», en el corazón de Goes. Con Juan Carlos Patrón en sus mesas. Con el poeta «Tito» Cabano, autor
del tango «Un boliche», y Roque Santucci, que tenía la cantina a la vuelta, charlando sobre el último partido de Sud América. Con Miguel Angel Manzi rodeado de jóvenes tangueros. Y una etapa inolvidable con el «Ambassador Club», el «Palacio del Tango», funcionando en sus altos, que era visitado de continuo por maestros como Enrique Rodríguez, D’Arienzo y Roberto Firpo. Con Alberto Castillo, tan joven, tomando una cervecita, y con el cantor entrañable del barrio, de nuevo el recuerdo para Carlitos Roldán.
Aún quedan algunos como los vivimos, soñamos y escribimos. ¿Existieron realmente?, preguntan los fanáticos de las «Big Mac» y las bebidas «lights». Y los veteranos entornan los ojos, y cuentan de sus copas y pocillos en los legendarios viejos boliches. Son parte del alma de un Montevideo que tanto queremos. Con ellos estaremos siempre. Tienen pedazos de vidas que hoy, en forma fragmentaria, compartimos con nuestros «lectores cómplices». Los esperamos todos los sábados y domingos a las 19 horas, en CX 44, Emisora del Siglo, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostáligicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la I.M.M.
Coordinación: Angel Luis Grene
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