Prohibido para nostálgicos

Del oficio más antiguo, historias y personajes

Escrito Luis Grene

 

Por «18», cuando las luces se encienden y todos se marchan apurados, por esas horas, ellas suelen aparecer. En las esquinas, charlando quien sabe de qué o, solitarias, sentadas en los desolados refugios peatonales. Ahora son cada vez más jóvenes, le murmura la memoria al empedernido caminante. Y están por todos lados. Con ajustados pantalones, casi a reventar, con su aire distraido, mascando chiclets y fumando, sin cesar. Suben a los coches, algún regateo y, muy rápido, se pierden en la alta noche. Son cada vez más jóvenes, es verdad, y cada vez hay más, también es verdad.

El veterano escribidor se conmueve con sus presencias. No por lo que algún lector cómplice, medio socarrón, ahora está pensando. No se olviden que ya estamos «de vuelta». Es que sentimos un cachetazo que todos debieran sentir al verlas. Pero los nuevos tiempos vienen duros y no hay sitio para la compasión. Y es políticamente correcto hacer la «vista gorda». No interesarse si lo hacen porque se fugaron de sus casas, de los albergues y todas las noches se «fisuran» si les falta «la merca». Pero no podemos, ¡qué sé yo! Es que son tan jóvenes.

Por eso, mejor darle bolilla a la memoria y navegar hacia las orillas de la Vieja Capital. Con otras mujeres, con sus historias, sitios y barrios. Donde también se le daba de punta a lo que algún cínico ingenioso llamó la profesión más antigua. Con aquellas que tenían la silueta de «minas postas» que «con la pinta milonga alborotaron a los giles», siguiendo los versos del troesma De La Púa.

Los territorios, las zonas de caza y celo, también fueron muchas. No solamente El Bajo, pero vamos a largar por allí. Es que era para donde agarraba la muchachada cuando se trataba de «formar», si se pretendía algo de garufa. Sin tener que hacer el verso, sin seducción ni pérdidas de tiempo.

Por esos lados trillaban no sólo las barras de los barrios. También, codo a codo, con los infaltables marineros estaban los pitucos que se habían quedado hasta muy tarde en el aristocrático Club Uruguay. Todos entreverados, se largaban para la zona de las calles cortitas. Yerbal, Brecha y algo más larga, Reconquista. Herederas de la tradición antigua de la mítica calle Santa Teresa. Cuando el viento venía soplando sobre las olas y rocas. Cuando las estrellas habían caído sobre el llamado Templo de los Ingleses. Por esas horas se agitaba el corazón del Bajo. Unas casas bajas, repetidas e iguales, medio destartaladas que se habían construido en la época colonial. Zaguanes y ventanas iluminados a pura vela. Con ellas esperando en la puerta. La mayoría en camisón y saltos de cama de coloridas transparencias. Hacían que se peinaban, retocaban su cutis con la cajita de polvos o se pintaban los labios muy rojos. Esperaban, su oficio era más que nada esperar. Que aquellos hombres tan distintos, en mangas de camisa o con finos trajes, al fin se decidieran.

Todo era movimiento. Una breve conversación y ¡zas!, lo agarraban del brazo y entraban por el viejo zaguán. Y todo era sonido. De charlas, del taconear sobre los empedrados, de algún auto que no podía arrancar y de las vitrolas que sonaban fuerte. Músicas a través de las cortinas en penumbras.

Mujeres «de la vida», como le decían los señores que escribían editoriales en «El Bien Público». Eran las «grelas» de los bohemios poetas del tango, o sencillamente «minas» o «yiras», para los habituados a esa zona de la Ciudad Vieja. Las había para todos los gustos y de todos los países. Eso tenía El Bajo y de ahí su endiablado encanto. Polacas, de ojos azules y piel blanquísima, en su mayoría escapadas de Buenos Aires y de los sanguinarios «macrós» de la legendaria red de proxenetas conocida como «La Migdal».

Italianas que a todos envolvían con su picardía pero al igual que las brasileras, rápidas y astutas y al menor descuido, te manoteaban la billetera. Aún se conserva una vieja vivienda, ahora tapiada con ladrillos y puertas con cadenas, sobre Brecha. La misma que por la década del 30, siempre estaba en ebullición. Con caballeros entrando y saliendo, enloquecidos con unas francesitas que vivían y «atendían» en esa popular casa. Si te agarraban, la quedabas y era difícil zafar de sus depuradas «técnicas».

Lo distinto estaba un poco más lejos, en una muy oscura Plaza Zabala. Por esos canteros se encontraban todas las noches los que tenían gustos «diferentes» a la mayoría. Y «vareándose» entre esos señores, unas figuras que lucían ropas femeninas y maquillaje en exceso. En ese sitio también mandaban los mangos. Aunque llegado el caso, se lograban acuerdos «por amor a la camiseta». Una zona donde todo estaba envuelto en silencio y discresión. Y hasta fue frecuentada, al menos así lo cuentan las viejas leyendas urbanas, por conocidos artistas y políticos de aquella lejana época.

Dejemos atrás El Bajo, sus bullicios y sus insinuantes silencios. Es que también estábamos en los días de las llamadas «chinas cuarteleras». Mujeres que rumbeaban para los alrededores de los cuarteles. Se levantaban precarios ranchos en sus inmediaciones y cuando eran las fechas de cobro de la tropa, todo era actividad. Como por la calle Chimborazo, en la zona del Cerrito de la Victoria. Con broncas descomunales cuando la ginebra o alguna «mina» caprichosa, hacían que los tiros sonaran por todos los rincones. También «los pesebreros», especie de porteros ubicados en la entrada de esos ranchos, tenían una ardua tarea cuando algún soldado quería entrar de cualquier manera. Sitios de trifulcas que terminaban siendo noticias en «la crónica roja».

Y grandes líos también por la Villa de la Unión y su bravo Puerto Rico. Casas de bloques «pelados» y techos de lata, con un farol de luz roja colgando en el portón. Por la calle Avellaneda, al lado de la vía. De nochecita la cosa pintaba más que brava. Tipos con fama de compadritos, como «El gallego» Pérez, que terminó en una zanja cuando dos cafiolos dijeron no va más. A traición lo cocieron a puñaladas. Y todo el alboroto por unas mujeres dignas de pertenecer al clan del «Juntacadáveres» de Onetti. Es más, creemos que el propio Larsen no les hubiera dado bolilla. Pero igual, aunque viejas y gastadas, lograron que el popular «gallego» se hiciera amasijar por ellas.

Luego el asunto cambió. Empezaron las llamadas «casas de tolerancia» por todas partes y junto a la decadencia del Bajo, tuvieron el efecto de cambiar los hábitos de la Vieja Capital. El «agite» callejero se desplazó al Bulevar Artigas y, muy de a poco, hasta los cabarés y boliches del centro de la ciudad. Con personajes como «las mellizas» que trillaban por la Plaza Cagancha y que, según contara Onetti, una noche terminaron en las mesas del «Metro» defendiéndolo, a grito pelado, de unos intelectuales que lo atacaban por sus elogios a Joyce. A los gritos y sin saber de qué hablaban, por cierto. Sólo que Onetti les había caído simpático, como él mismo contara a los muchos años.

Y bueno, antes ese «mambo» de la guita y «las minas» funcionaba distinto. ¿Mejor o peor? Lo que podemos decir, si creemos lo que nos contó la caprichosa memoria, es que igual era patético y triste.

Pero, de todos modos, ni con todas estas historias, podremos olvidar a esas chiquilinas que noche a noche suben y bajan de los autos. Mientras, todos miran para otro lado que es la manera más hipócrita de no mirar.

 

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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