Desde el asiento de los bobos

El microchip de la conciencia

Yo hace dos años que dejé de fumar, fumaba casi tres cajas por día, ¿y quieren qué les diga la verdad?: hay momentos que sigo teniendo tantas ganas de fumar como si recién ayer lo hubiera dejado.

Por supuesto que no soy de esos «arrepentidos insoportables» que pasaron de manguearte un faso tras otro para militar en el fundamentalismo antitabaco. Los odiaba cuando fumaba y cuando dejé de hacerlo me juré a mí mismo que no caería en tales dogmas.

Aunque dejé de fumar y me parece bien que la gente fume cada vez menos y además de considerar el cigarrillo como una de las grandes venganzas de los indígenas de estos continentes para con los conquistadores, debo confesar que también creo que es uno de los más maravillosos inventos del hombre.

Ese tubito desestresante, compañero en la soledad y solidario en los malos momentos.

Ese tubito que ayuda a conversar, a estudiar, a amar. Que ayuda a romper el hielo entre desconocidos.

Ese tubito que produce cáncer.

Eso es lo único malo que tiene. Hace daño.

Yo no promuevo que se fume, todo lo contrario, pero –sinceramente– espero que algún genio logre crear un cigarrillo que no dañe la salud.

Claro, mientras tanto sigo sin fumar, aunque a veces a los que fuman al lado mío, les robo un poco de placer aspirando su humo sin que se den cuenta.

Yo fumé durante más de 40 años.

Dicen que con cinco años sin fumar te «limpias» todo.

Si eso es verdad, yo dentro de tres años quedo limpio y arranco a fumar de nuevo porque igual ya no me va a dar la vida para que me haga daño.

Y si me quita algunos años, con seguridad van a ser los últimos, que son los peores.

Todo esto vino a cuento porque vi a un pasajero hacer lo mismo que yo hacía: pararse en la puerta del bondi, para bajar, con el cigarrillo ya en la boca y el encendedor en la mano, en cuanto se abre la puerta, ¡chic! se prende el faso.

En realidad yo era peor que él, solía ponerme el pucho en la boca tres o cuatro paradas antes y prendía el cigarrillo adentro del ómnibus, cuando iba hacia la puerta para bajarme. ¿Ansioso yo? ¡No, qué va! Yo soy de los que tiran la cadena y después hacen pichí.

Claro, sería ideal que existiera un duendecito que se metiera adentro de las cajas de cigarrillos de tal manera que cuando alguien las abra, este duendecito empezara a explicar lo peligroso que son los cigarrillos para la salud. A usted puede parecerle una idea propia de un estúpido infantiloide ex fumador, pero resulta que es verdad.

No es un duende, es un microchip con un pequeño altavoz que se aplica a las cajas de cigarrillos y que al ir a sacar uno nos lanza una advertencia sobre los peligros de dicha acción para la salud e incluso puede terminar con los acordes de la marcha fúnebre.

El mecanismo lo desarrolló la firma inglesa Molins. La asociaciones antitabaco se mostraron encantadas con el dispositivo, aunque nada hace pensar que las compañías tabacaleras lo usen en sus cajillas.

Yo me puse a pensar que este aparatito no estaría mal incorporarlo a otros elementos.

Las listas de las elecciones, por ejemplo. En el cuarto secreto uno va a agarrar una lista y sale una voz que dice: «Usted se acuerda que este señor fue el que votó tal ley y que se negó a tal cosa, etc., etc.».

En los bolsillos y carteras. Al abrirlas, dice la voz: «¿Qué vas a comprar? Acordate que mañana llega la tarjeta, la UTE, Antel…»

¿Y por qué no en los calzoncillos y bombachas? Cuando se los van a sacar sale la voz que empieza a decir: «Deseo recordarle que el/ella tuvo relaciones con fulanit@, menganit@, zutanit@…(siguen nombres)».

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