El canje
Iba sentado en el lugar de siempre, es decir que estaba en ese asiento que sin saber bien por qué, uno siempre rumbea hacia él. (Rumbea de rumbo, no de rumba, porque si no, uno debería desplazarse por el pasillo del bondi contoneando los salvavidas de las caderas, llevando los brazos en alto y haciendo extraños arabescos con las manos. Y eso, creo, sorprendería mucho a los demás pasajeros, al guarda y al mismísimo conductor. Y además, esas cosas no se hacen, queda feo y no está bien). De la misma manera que yo, los demás pasajeros también estaban en sus asientos correspondientes. No había ningún «extranjero», todos éramos los sufridos pasajeros habituales. Esa especie de cofradía omnibusera que se genera con los que solemos viajar siempre a la misma hora. Somos gente que, como si fuéramos de la familia o un gran matrimonio múltiple, nos conocemos la poca ropa que tenemos, nos hemos visto lagañosos y aturdidos por el sueño, mal peinados y sin maquillaje, nos hemos observado durmiendo y hasta nos damos cuenta de nuestros cambios de humor.
Es decir que el viaje, tenía más de picnic de domingo que de ida al laburo, aunque entre todos se mantenía ese falso clima de que no nos conocíamos. Por eso cuando subió aquella joven pareja algo se sintió en el ambiente, como un desacomodo. Era la misma sensación de cuando uno llega a su casa y encuentra un mueble cambiado de lugar.
La chica se fue para el fondo, el muchacho se quedó parado delante de todos y empezó a decir: «Señores pasajeros, tengan ustedes muy buenos días. En forma exclusiva y por única vez en ésta línea del transporte colectivo urbano y suburbano, estamos ofreciendo un producto de la más alta calidad, probado y comprobado en las circunstancias más límites y angustiosas que la ciencia puede elegir.
Si, señoras y señores pasajeros, un producto que no podrán adquirir en ningún supermercado o shopping del país aunque ofrezcan las más altas sumas de dinero. Porque no se trata de comprar o vender. No se trata de traerles a ustedes algún utensilio cualunque made in Corea, China o Singapur. No señores. No señoras. No se trata de eso.
Antes que nada les pedimos disculpas por interrumpir sus más íntimos pensamientos, que sin duda tienen un valor intrínseco muy alto pero que probablemente por ser pensamientos suyos propios –de vuestras personas, digo– ya ustedes les hayan tomado ojeriza, se hayan cansado de ellos y a esta altura esos pensamientos de ustedes ni siquiera los puedan sacar por más de un minuto de esta pobre realidad que los rodea.
Sean sinceros con vosotros mismos, son pensamientos gastados, usados y vueltos a usar más de mil veces: en infinitos viajes de ómnibus, salas de espera de consultorios, en colas de bancos y en noches de insomnio. Por eso señores, por esta única vez, tómelo o déjelo, le proponemos cambiar vuestros pensamientos por los que nos acaban de canjear otros pasajeros de otras líneas, destino que también tomarán los suyos, los que nos entreguen en canje.» A esta altura la chica iba hablando al oído de los pasajeros, pasando los nuevos pensamientos, mientras el muchacho recibía de la misma manera, en un susurro, los viejos pensamientos de cada uno. Muchos quisimos pagar pero no aceptaron. Y se bajaron saludando con una sonrisa. El resto del viaje se realizó en un profundo silencio donde a cada uno se lo veía ensimismado en su asiento. Debo confesar que al pensamiento que me tocó, le veo «cara» conocida, voy a cambiar de línea por unos días para ver si lo puedo canjear por otro más nuevo.
¿Quién le dice que no sea el suyo?
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