Prohibido para Nostálgicos

Día de la Mujer, con Dante y su Beatriz

Escribe Luis Grene

 

Y con la sublime retórica de Dante es que este viejo escribidor quiere iniciar sus versos domingueros. Por eso que todos hablaron del «Día Internacional de la Mujer», y porque es imposible que este verano lo olvide.

La memoria también es femenina y hoy la «acariciamos» para que nos cuente cómo fueron las cosas de las mujeres, por los viejos tiempos montevideanos. Los trabajos y los días de ellas, hace un montón de años. En los queridos barrios populares del ayer. Contando sus cotidianas historias, las estamos uniendo, muy fuerte, a las mujeres de estos días. Compañeras del camino que afirman, cada vez más, su femenina condición.

Es que como escribió otro poeta enamorado, y hoy las mujeres nos arrimaron a la poesía, «en ellas se respira el perfume vital de todas las cosas». Tenía más que razón el melancólico Ruben Darío. No hay otra que dejarse llevar. Meterle a este improvisado oficio de garabatear palabras y «dejarse llevar». De la mano de la memoria compañera ya estamos en los inicios del viejo siglo. Con las mujeres que nos dieron fuerzas y toda la ternura que desbordaba en sus corazones «así de grandotes».

Ellas al frente de las tareas, ellas al frente del hogar. Es que los hombres salían, casi al alba, para el fuerte laburo y esos seres entrañables, siempre con delantales y pañoletas en sus cabellos, se bancaban solas todo el cotidiano trabajo de la casa.

Aún se escuchaban los pasos de los hombres que conversando con otros vecinos, taconeaban juntos calles arriba. Las seis de la «matina» y esas damas ya largaban en su diario y sacrificado trajinar. A la cocina a preparar el tazón de café con leche, con galletas y pan que ellas mismas habían hecho en el horno de barro del fondo de la casa.

Dentro de un ratito, antes de las siete, los botijas arriba. Mientras tanto, ellas revisaban si la túnica no estaba demasiado manchada de tinta o por el barro de los recreos con infaltables pelotas de trapo. Una lustradita a los zapatos que, a pesar de estar muy «baqueteados», tenían que tirar hasta el fin de año. Luego, rápido, más que rápido, les hacían la enorme moña y salían «al toque». De la mano de la madre hasta la escuelita del barrio.

El sol estaba ya muy alto. Las ocho pasaditas y esa mujer estaba de regreso. Pero antes una vuelta para las imprescindibles compras. Por «el baratillo», el almacén del barrio, con sus grandes bolsas de maíz en la puerta, al lado de los tanques de querosén y los ataditos de leña. También una visita al tambo esquinero con sus tachos de rica leche, rebosante de espuma.

Cargaba todo, como podía ya que luego no habría tiempo para más «mandados». Llegaba a la casa y como «flecha» agregaba esos trozos de madera a la enorme cocina de hierro, para mantener vivo su fuego. Como estaban siempre vivos «sus fuegos» y sentimientos de amor, y las ganas de trabajar por la casa y sus duras rutinas.

Evitando los picotazos de aquel gallito irascible, entraba al gallinero y sacaba algunos huevos que traía, con enorme cuidado, sobre su doblado delantal. De nuevo, como una ráfaga, a la casa y a su cocina ya humeante. Muy sola, para arriba y para abajo, de un lado a otro de la casa haciendo tareas, sin parar. Que colgar la ropa, cocinar, hacer las camas, coser un remiendo al pantalón. Viéndola en tal actividad ¡si tendría razón Darío!, en ellas respiraba y estaba en ebullición «el perfume vital de todas las cosas».

Y rico y «vital» era el perfume, el aroma que nacía de las grandes ollas cuando se revolvían con la gran cuchara de madera. Cazuelas o «carbonadas», según las recetas heredadas de las abuelas y que, así pasaran los años, se mantenían como un sabor predilecto y elegido por todo el clan familiar. Un perfume, un aroma, un sabor a la hora de sentarse, muy unidos, en la mesa que lucía aquel bordado mantel.

Ni qué hablar de los tallarines «caseros» que tanto hacían sudar a las amas de casa. Pero todo valía cuando veía a todos rondar por la cocina. Buscando mojar un trocito de pan en el tuco y «relojear» la fuente con las pastas. Se hacía «la enojada» y todo el mundo a esperar a la mesa. Los sudores con el gigantesco «palote de amasar» tenían sus recompensas, ¿verdad, lectoras cómplices?

Amas de casa, mujeres sin descanso. Si no lo creen, vengan con nosotros. Vamos a llegar despacito. Allí están, apenas pasado el almuerzo, dándole «con tutti» en la tina de lavar. En el patio, el terreno o la azotea, dándole sin parar. Sólo con nosotros de testigos, junto a esa nube que ahora está cruzando el cielo y hace un poquito de sombra sobre el barrio. Mientras, esa mujer sigue incansable, con el almidón y «el azul de barrita» para dejar «coqueta» y bien blanca la ropa de toda la familia.

En una larguísima cuerda, las prendas se movían suavemente empujadas por la brisa y toda la fuerza del sol. Parecía que había una tregua. Desde la radio «de capilla» sonaba la comedia de la tarde. Más, ni esos personajes la podían detener. Mientras escuchaba, le daba a la aguja y al bordado. O aumentando el volumen, se paraba y cuidaba de la dorada jaula que, con dos canarios, colgaba en el jardín.

La tarde caía muy mansa y las mujeres «revoloteaban» alrededor del aljibe. Sacando los baldes de agua para regar todas las plantas y, en especial, unas hortencias que en la entrada de todas las casas competían a cuál más bonita.

De nochecita, todos en casa. A las ocho en punto, la Usina Eléctrica hacía la tradicional «guiñada». Las bombitas bajaban y subían, en un instante, su luminosidad. Para todos la hora de la cena. El momento en que comían sin apuros. Y esas mujeres que tanto habían hecho, ahora escuchaban las charlas de sus maridos con los hijos. Fútbol, artistas del tango, o los comentarios sobre el casamiento que la otra noche, en la casa de al lado, conmovió a toda la cuadra y a sus vecinos brindando por el barrio y su unión.

Mujeres del ayer, así las vemos. Infatigables y dignas de su condición. Envueltas en ricos aromas que emergen de esa olla de bronce, mientras nace la alquimia del dulce de higos o las compotas que impregnaban todo el hogar con su dulce sabor. Tan dulce como el cariño que ponían en lo que hacían. Como cuando se hacían un tiempo para preparar los «pastelitos de membrillo», que el padre y sus hijos llevarían al Estadio porque jugaba el cuadro del barrio y no podían faltar.

Madres, abuelas o tías, allí las vemos todos aunque seamos muy viejos. Esposas zurciendo un calcetín y levantándose apuradas porque, atentas a todo, notaban que el fuego de la estufa se estaba por apagar o en la cocina la caldera comenzaba «a chiflar».

«La belleza es ese misterio hermoso», escribió Borges. Y cuanta belleza, cuanto amor, que significan la misma cosa, en el diario trabajo de nuestras mujeres. Las de ayer y las de hoy. Ayudándonos a descifrar los misterios del humano convivir.

Recién cuando las conocemos es que podemos ver lo hermoso de la vida. Lo eterno femenino, viviendo en un cálido hogar del Montevideo del ayer, o en una oficina del nuevo milenio. No hay dudas, junto a ellas respiramos «el perfume vital de todas las cosas», como decía Darío.

Bien se merecen el homenaje de ese joven, tan tímido y tan genial que en la Florencia del siglo XIII, le dedicó a Beatriz y a su hermoso misterio. A todas las mujeres, a las compañeras de LA REPUBLICA, un saludo de este viejo escribidor.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas en CX 44, y también los domingos, en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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