Una murga que llegó del cielo
Pregunté quiénes eran, alguien se acercó murmurando: ¡Es una murga del cielo!
Quizás fueran quince, veinte o tal vez infinitos.
De pronto, desde una vieja casona con «pinta» de boliche esquinero, alguien los llamó; estaban vestidos de frac y galera y me pareció ver en sus mejillas alguna flor perfumando su rostro.
Al llamado todos se encaminaron hacia él mientras luces agonizantes recortaban sus sombras. Me acerqué y al mirar por la abertura pequeña de una de sus ventanas los vi repartidos en la geografía melancólica de aquel bar, con sus trajes de colores ya desmerecidos y ajados por mil «batallas de tablón». Parecían buscar la complicidad de un gris que los dejara inadvertidos.
Allí estaban ellos: los murguistas, los amigos del Rey Momo, los que se tutean con Pierrot y Colombina, los que brindan con el «Marqués de las Cabriolas».
Allí estaban con las piernas estiradas, tal vez cansados por el largo viaje, con zapatos de suela gastada y sus capelladas cubiertas de polvo.
El bombo, el redoblante y unos platillos con alguna muesca en sus bordes, descansaban silenciosos, amurados contra una pared húmeda y despintada que mostraba sin rubor un arco iris de colores de su «pilchas» de otros tiempos.
De pronto ocurrió lo increíble: se oyó una voz proveniente de aquel hombre de frac y galera que los había llamado, una voz que comenzó a crecer desde un rincón del viejo café».
Los murguistas, como portadores de un gran hechizo, se incorporaron y tras el latigazo de un centelleante relámpago, aparecieron formando una herradura. Sus rostros serios se habían transformado y una sonrisa asomaba en sus labios; una brisa jubilosa pareció penetrar en aquel lugar.
Entonces sus voces emocionadas, mezcla de alegría y tristeza con pasión y ternura cubrieron aquella madrugada que, a partir de ese instante, se negaba a convertirse en aurora.
La batería marcaba su compás, su majestuoso sonido golpeaba las puertas del corazón.
Nunca una murga había cantado así.
Miré a mi alrededor y un desvencijado camión mostraba orgulloso los carteles que anunciaban el conjunto. Giré y aquella calle solitaria apenas maquillada por un tacho de basura, era transitada por un perro vagabundo. Volteé mi vista hacia adentro de la casona y ellos estaban allí, representando a esa extraña raza de caras pintadas. Hasta me pareció ver el arabesco caprichoso de una serpentina y la sonrisa prometedora de una hermosa y pícara mascarita.
Cuando el Universo escuchaba los ecos de sus versos se hizo una extraña luz y los murgueros se perdieron en la noche.
Los quise buscar y los perdí en las sombras, ni el camión, ni el viejo bar, ni aquel perro vagabundo, todo era silencio…
Para algunos fue un acto de magia; otros dijeron que no había sucedido. Yo juro que vi al Director cuando alzó el brazo, batuta en mano y marcó el ¡trééé!
Imperecedero…
Busqué a quien había dicho que era una murga del cielo, pero tampoco estaba.
Quedé prendido al misterio de esa noche, aunque íntimamente estoy seguro que alguna madrugada, al llegar al final del largo viaje, encontraré la vieja casona y asomados desde aquella misma ventana, los cara pintadas me tenderán su mano como viejos amigos.
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