Mientras Clint cabalga
Alfredo está en el comedor de la clínica, sentado frente al televisor en un viejo sofá verde de tres cuerpos. Lo acompañan Amanda, de 69, y Humberto, quien el 15 de marzo cumplirá 70.
La enfermera dice «cualquier cosa me llaman» y se va a charlar con el médico en una oficina toda blanca que tiene un ventilador azul en el techo.
Amanda toma mate dulce mientras mira la película. Sonríe cuando Humberto comenta:
–Siempre está con el mate. No sé cómo no se le lava el estómago.
El primero en hablar de su vida es Alfredo. Cuenta que ya lleva 18 años viviendo en clínicas geriátricas. «En esta nos tratan muy bien pero estuve en otra espantosa», dice.
En esos 18 años jamás vio a alguien de su familia.
–Tengo cuatro hijos y dos hijas pero nunca han venido a verme. Mandan la plata para pagar la clínica y no me dejan faltar nada pero no vienen. Ni en Navidad vienen.
No sabe cuántos nietos tiene:
–Un amigo que a veces me visita me trae noticias de mi familia y según él tengo seis nietos. Me dijo que uno se llama Julio César pero de los otros no sé nada. A lo mejor son más de seis y tampoco sé cuántos bisnietos tendré. Yo podría ir a buscarlos, pero si ellos no vienen ¿a qué voy a ir? Uno se da cuenta cuando no lo quieren.
Amanda sí recibe visitas de familiares «pero sólo una vez por mes, cuando vienen a pagar», cuenta:
–En una época estuve muy mal. Me daba por no hablar. Estaba meses sin hablar. Me llevaron al Vilardebó y después a una clínica y después a otra y al final me trajeron a ésta. Nunca me casé y mi única familia es una hermana menor que yo, Eleana, y su hija, María Eugenia. Las veo el último viernes de cada mes. Me preguntan cómo estoy, me dan un beso, me dejan unos pesos, caramelos y yerba, y se van.
Humberto está en la clinica porque quiere. Explica:
–Vine solito. Cuando quedé viudo me fui a vivir con mi hijo y mi nuera en Paso Molino pero no aguanté. Me trataban como si fuera un agregado. No querían que saliera a pasear con mi nieto y de comer me daban las sobras. Les pedí que me pusieran una estufita en mi pieza porque en invierno me moría de frío pero dijeron que no podían porque el gas es muy caro. Pero resulta que cuando yo cobraba la jubilación me sacaban casi toda la plata. Me pedían y yo les daba. Y decían que no tenían para el gas, fíjese. Entonces me instalé en la clínica. Mi hijo viene a verme a veces. ¿Sabe cuándo?, cuando precisa plata.
Alfredo, Amanda y Humberto dicen que no sabrían cómo vivir sin la televisión. El investigador Darío Colmena afirma:
–Suman miles los adultos mayores que están en depósito en clínicas y sanatorios, olvidados por su familia. Tienen un enorme vacío afectivo y se aferran a cualquier cosa, como la televisión, para soportar un poco más la vida.
Alfredo lo confirma:
–Yo vivo pegado a la tele porque me entretiene. Miro cualquier cosa para distraerme porque si no, me entra el bajón. ¿Qué voy a hacer, sin nadie, solo? Humberto y Amanda igual. La tele es lo único que nos acompaña.
Mientras Alfredo habla, Amanda y Humberto comentan en voz baja la película. En la pantalla, Clint cabalga hacia el crepúsculo.
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