Plebiscitos, tranvías y un guarda enojado
El escribidor también sube su temperatura. Y la memoria le tira unas líneas para este «chamuyo» dominguero. Que hoy será sobre el transporte y de las broncas que, hace pila de años, se armaron en los míticos tranvías. Tiempos en que la gente de «a pie» dijo «no», y la vieja capital se convulsionó de lo lindo.
Entremos un poco en ambiente. La matraca de los recuerdos agarra «polenta». Estamos en los días en que los empedrados estaban cubiertos de unos flamantes rieles y vías. La Empresa Transatlántica había sido la pionera en los tranvías eléctricos. Luego, por la década del 30, llegan los amarillos de la Compañía Comercial. Con sus cómodos asientos de esterilla y con carteles de avisos por todos lados.
El boleto salía 4 centésimos y, a pesar de ser muy económico, existía la llamada tarifa diferencial. Es que entre las 5 y las 8 de la mañana y, luego, de 17 a 18 horas, las líneas más populares cobraban la mitad. Delante del tranvía se colocaba una chapa que decía «Obrero» y todos los laburantes de fábricas, oficinas y talleres, aprovechaban ese importante descuento.
Pero, la cosa no se quedaba en eso. Los menores de 12 años, en todos los horarios, pagaban también la mitad del boleto. Y los más chiquitos, «de garrón». También los estudiantes de escuelas nocturnas tenían un importante descuento. Si no que lo diga aquel muchacho flaquito que laburaba de día y por la noche «cazaba» algún cuaderno y rumbeaba para la escuela nocturna, ubicada abajo de la tribuna llamada «la perrera», en el Hipódromo de Maroñas. Ahora moja la punta del lápiz con la lengua y le mete, duro y parejo, con sus historias a los «lectores cómplices».
Como son estas historias de los barullentos tranvías, y las broncas que se armaron cuando «de pesados» quisieron subir el boleto. Y eso que hablamos de servicios «más que eficientes», como ahora les gusta decir a «los yupies» de este mundo neoliberal y globalizado.
Por más que el «motorman» y el guarda lucieran siempre impecables. Aunque, al terminar cada recorrido, agarraran la escoba y dejaran el tranvía bien limpito. Y que el guarda tuviera mucha educación con los ancianos, ayudándolos a subir y bajar. A pesar de toda esa eficiencia, cuando vinieron los aumentos aquellos pasajeros se pusieron muy «cabreros».
Por cada rincón del laberinto de la memoria los recuerdos «piden cancha». Surcan las calles del viejo Montevideo los tranvías cargados de pasajeros. Como «el 21″ y «el 26″, por Capurro y Bella Vista. Suenan sus campanas anunciando que están «trillando» los barrios del ayer. Por la Villa de la Unión, el «motorman» ponía «los siete puntos» y la querida 8 de Octubre se convertía en «la avenida de los campanazos». Venían desde la Aduana y llegaban hasta «la punta de los rieles», con una chapa grandota con el número «54». También surcaba la Villa «el 51″ hasta Maroñas, «el 52″ gambeteaba por la Curva Piccioli y el infaltable «56» andaba fuerte por la Estación Pan de Azúcar.
Allí están los coquetos tranvías con acoplados que acercaban a los bañistas a la Playa de los Pocitos. Veranos en que todos esperaban, ansiosos, el fin de semana para treparse «al 35″ y viajar muy cómodos en sus grandes vagones hasta la arena y el fresco mar. Y a ¡4 centésimos!
El asunto se puso caliente por el año 36. Es que después de más de 60 años subía el boleto. La gente consideraba su bajo costo una conquista social, y no estaba dispuesta a perderla. A eso sumemos que los recién llegados «ómnibus», ya sea de cooperativas o «piratas», también «se subieron al carro» del aumento de las tarifas.
Todo «se picó». Más aun cuando se tomó conocimiento de que las empresas habían despedido a muchos funcionarios, y los tranvías circulaban con «carneros» o «rompehuelgas». Muchas líneas tuvieron que llevar un soldado al lado del «motorman», porque los líos con los indignados pasajeros siempre estaban en puerta. La gente hizo sentir su discrepancia y aunque el aumento se llevó adelante, muchos pusieron «las barbas en remojo». Por principios de la década del 50, el tire y afloje entre los pasajeros y las empresas de transporte se canalizó por otras vías. Es que a un intento de subir el boleto, la gente le respondió de otra manera. Fue muy resistido y los montevideanos organizaron lo que se llamó «el plebiscito del vintén». Se recurría a la misma Constitución para proteger los derechos de los ciudadanos usuarios.
«Derecho viejo», el plebiscito popular ganó «la cuereada» con los poderosos y se mantuvo el precio de aquellos inolvidables ¡10 centésimos!, conquistados «a puro pulmón» y voto popular.
Durante años ese plebiscito formó parte de las leyendas urbanas de la vieja capital. El Carnaval y sus murgas, le dieron con todo para enfatizar esa conquista de la gente que, una vez más, había dicho «no».
El plebiscito del vintén, el ruido de los tranvías y su incesante trajinar por los barrios montevideanos. Junto a los nuevitos coches «Leyland», con su chofer encerrado en la cabina delantera y el guarda atrás, pegado a la plataforma, dale que te dale a la piola de la campanilla.
Tiempos con la gente «cabrera» que no se bancaba el desprecio de nadie. Y menos aun que se atrevieran a «tocar» sus bolsillos. Como diría el imborrable Carlos de la Púa «Â¡Tenidas queridas que del lado izquierdo me clavás adentro, muy hondo la garra!» Bravos recuerdos son amarillentas postales que ahora, más que nunca, no conviene olvidar. Y bueno, fue con eso de una anciana insultada y agredida por quien sólo tenía que venderle un boleto. O con los «pungas» metiendo «los dátiles», mientras retumban las salsas y los responsables hacen «la vista gorda».
Todas esas malas ondas y arriba «el garrón» de un aumento del boleto que aunque no se autorice está ahí amenazante, hicieron que el viejo escribidor se pusiera «cabrero». Y largara sus versos recordando tranvías, paros y plebiscitos que fueron mojones y estampas de las luchas en aquel Montevideo de antes, cuando le decían la vieja capital. Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
Compartí tu opinión con toda la comunidad