Yo conmigo III

Aquellas dos o tres sacrificadas personas que leen habitualmente esta columna, saben de mi neurótica relación conmigo mismo. Es por eso que esta historia no las sorprenderá en nada. Pero aquellos agraciados lectores que me leen muy de vez en cuando, deben saber que el ómnibus en el que viajo regularmente, cada tanto entra en algún nudo del tiempo donde yo paso a conversar con mi clon. Una conversación de yo, conmigo.

Yo 1: Hola, ¿Hablo yo o soy otro?

Yo 2: Soy yo, Yo. ¿Qué me pasa? Me noto un poco nervioso.

¿Tengo algún problema?

Yo 1: ¿Querés que me dé la cantidad exacta?

Yo 2: ¿La cantidad exacta de qué?

Yo 1: De problemas que tengo. Pero – ¡por favor, che! – sólo me pido un poco de atención de mí hacia mí mismo. Nada más. ¿Es mucho pedirme?

Yo 2: Tengo razón, Yo, tengo razón. Es cierto, hay veces que me olvido de mí. Pero también tengo que comprenderme. No puedo estar todo el día pensando en mí, hay veces que yo también necesito un poco de atención.

Claro, para mí los más importante soy yo.

Pero conmigo, ¿Qué hago? ¿No me doy bola? ¿Me ignoro?

Yo1: Mirá que soy egoísta, eh. Sólo pienso en mí. Y yo, que reviente.

El otro día que fuimos al boliche, con Carlos y Raúl, ¿me acuerdo?, y yo – sin querer – me agarré un pedo como para venticuatro y ni me podía levantar de la silla. ¿Y yo qué hacía? Me insistía en que podía no sólo pararme sino hacer gimnasia olímpica.

Yo 2: La rueda de carro siempre me salió muy bien, ¿verdad?

Yo 1: Síííí… pero estaba en dope, ¿o no me entiendo?, tenía una borrachera infinita y yo en vez de tranquilizarme, de tratar de bajarme las revoluciones… me daba púa.

Yo 2: Sí, hablamos de fútbol y fue para peor.

Yo 1: ¿Para peor… para peor? Si yo sé muy bien que nunca me puse de acuerdo conmigo sobre Passarella. ¿Por qué me provoco? ¿O acaso no sé que mi opinión es totalmente contraria a la mía? Y además, si seré malo conmigo, lo hago cuando me estoy viendo con mis propios ojos que estoy hecho una piltrafa por culpa de Raúl, Carlos y sus obscenas costumbres de bebedores.

Yo 2: ¿Obscenas?

Yo 1: Sí, obscenas. Por curdas incitadores, borrachos proselititas de sus propias borracheras.

Yo 2: ¿Proselitismo alcohólico?

Yo 1: Claro, se los ve tan felices encurdelados que te dan ganas de mamarte a vos. Y esos, que quede claro, son amigos míos. No son amigos de mí.

Yo 2: Me pido perdón, pero no puedo bancarme más el escuchar quejarme y quejarme sobre mí mismo… que yo soy esto, que yo soy lo otro… ¿y mientras tanto yo tengo que escucharme sin decirme nada?

Al final ¿quién soy yo? ¿O es que yo no tengo nada que ver conmigo, eh? ¿Tengo que aceptar que yo mismo pueda insultarme, negarme y hasta ofenderme? Si sigo así, permitiéndome cualquier cosa, en cualquier momento termino insultándome a mi madre.

Yo 1: Yo nunca hablé de mi madre.

Yo 2: Bueno fuera, porque yo podría hablar de la mía. Y ahí te quiero ver.

Yo 1: ¿Estoy amenazándome con insultar a mi madre? No tengo perdón de Dios.

Yo 2: Yo soy ateo.

Yo 1: Yo no. Pero ¿qué tengo que decir yo de mi madre?

Yo 2: Lo mismo que yo de la mía, pero peor.

Yo 1: Pero yo soy un hijo de p…

Yo 2: Más hijo de p… seré yo.

(ME AGARRO A LAS PIÑAS CONMIGO MISMO. EL GUARDA ME SEPARA DE MI Y ME HACE BAJAR POR PUERTAS DIFERENTES.)

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje