En pos de las raíces: de Montevideo a Islas Canarias
Atravesar el desierto montando un dromedario, descender a las profundidades del mar a bordo de un submarino y saborear una pata de cerdo asada al calor del fuego volcánico, es posible en un solo viaje. Por no decir… en un solo día. Y todo eso se puede disfrutar en vacaciones o alternando con las actividades de una trascendente cumbre empresarial o científica.
Las siete islas que conforman el archipiélago de Canarias, cuya antigüedad se calcula en 40 millones de anos, están situadas a más de mil kilómetros al sur de la Península Ibérica, y a solo 115 de la costa africana. Pero su topografía y clima difieren sustancialmente de sus vecinos.
Manchando el Atlántico en la franja subtropical del hemisferio, Gran Canaria, Lanzarote, Tenerife, La Palma, El Hierro, Fuerteventura y La Gomera revelan su origen volcánico y particular enclave en un juego de contrarios que confiere sugestión al conjunto. el clima confiere homogeneidad: 22oC es la temperatura media anual en las costas, sin que se verifiquen grandes desniveles estacionales o entre el día y la noche. Las aguas, por influencia de la corriente del Golfo, son ligeramente más frescas de lo que correspondería a la latitud, y sus intensos azules cobijan fondos marinos de hasta 3000 metros de profundidad.
Mucho más que sol y playa
En las «islas de la eterna primavera», como también se las llama, llueve muy poco y el sol luce prácticamente todos los días del ano. Las playas, diseminadas en los 1.500 kilómetros de costa y dotadas de excelentes servicios, se pueden disfrutar sin mirar el calendario. Esta es su cualidad más conocida, pero la dinámica industria espanola de turismo va a más. El área rural es progresivamente atractiva: alojamiento en establecimientos especialmente acondicionados, variedad de paisajes, actividades al aire libre como senderismo y bicicleta de montana, son algunas de las alternativas. Cuatro parques nacionales (Timanfaya, Teide, Garajonay y la Caldera de Taburiente) concentran expresiones volcánicas, bosques y vistas espectaculares.
Pero también las condiciones están dadas para acoger, con primer nivel de atención, congresos y eventos colectivos de todo tipo.
En suma, productos no convencionales que pueden despertar el interés de propios y foráneos. La oferta cultural, complementaria de cualquiera de las opciones, se esmera en calidad y variación. El cultivo de las tradiciones y la gastronomía contribuyen generosamente a ello.
Anualmente, las Islas Canarias reciben alrededor de ocho millones de visitantes, fundamentalmente europeos (ingleses, alemanes, nórdicos, italianos y otros en menor proporción. La mira está puesta ahora en el continente americano, con el que las Canarias guardan tantos lazos histórico-afectivos.
Para llegar a ellas desde estos lares, hoy es imprescindible pisar primero el viejo continente. Las islas entre sí cuentan con eficaz comunicación por vía aérea y marítima.
Caja de sorpresas
Las islas Canarias son una verdadera caja de sorpresas en cuanto a la variedad de paisajes, unos muy cercanos de otros y tan distintos, conviviendo en armonía con la creatividad humana que, en líneas generales, ha sabido valorizar la riqueza de la naturaleza.
Del palmeral cadencioso a los riscos desnudos, de las dunas doradas a las playas de arena negra que alternan con caprichosos acantilados, de extensos valles a cimas puntiagudas, pasando por mantos de lava que la erosión transforma en un mosaico cromático y texturado, hay para todos los gustos.
A las fiesta de colores –del rojo intenso al amarillo, del verde al negro azabache, pasando por todos los matices del ocre y del marrón– resaltados por una luminosidad rara vez interrumpida por el pasaje de nubes, se suma una interesante flora y fauna.
La primera atesora unas 600 especies autóctonas, casi un tercio de las 2000 que componen el patrimonio botánico de la humanidad. Entre ellas la laurisilva, un espeso bosque subtropical que ya se ha extinguido en el resto del mundo.
Una curiosidad es el drago, árbol emblemático de Canarias, que existía desde antes de la conquista. Su tronco es hueco, y las ramas trepan desnudas para explotar en una especie de tuna frondosa que consolida el valor estético del conjunto. Las Islas Canarias albergan ejemplares multicentenarios, verdaderos «saurios» del reino vegetal.
No hay grandes animales vertebrados en las islas. Las aves y los reptiles son los grupos más importantes de la fauna, además de las especies marinas. Se conservan valiosos endemismos: el más conocido es el pájaro canario, aquel que sorprendió con sus trinos a los colonizadores y, captura mediante, supo deleitar a personajes de salón.
La pesca deportiva, el submarinismo y la navegación de recreo o competencia, son actividades apoyadas en una completa red de puertos.
Optimas condiciones para la práctica del windsurf garantizan el lucimiento de los diversos torneos internacionales.
Gran Canaria: El continente en miniatura
Así se ha caracterizado a la isla central del archipiélago: la Gran Canaria, de forma redondeada, perfil cónico (el Pico de las Nieves marca la máxima altitud en 1.949 metros sobre el nivel del mar) y 1.532 kilómetros cuadrados de superficie total. El 40 % del territorio insular está protegido, en pos de la conservación del medio ambiente.
Beneficiado por los alisios (vientos húmedos y frescos, originados en el anticiclón de las Azores), el norte es verde aunque con costas mayoritariamente acantiladas que alcanzan los 30 y 40 metros de altura, y alberga los polígonos industriales; el sur es más seco y árido, goza en cambio de grandes extensiones arenosas, que llegan a formar dunares como el de Maspalomas, donde se concentra la mayor oferta turística de la isla, cuyo auge comenzó en los anos 60.
Su capital, La Palma de la Gran Canaria, alberga la mitad de los 800.000 habitantes. En el barrio fundacional de La Vegueta se conserva un valioso senorial conjunto arquitectónico, en el que destacan el Museo Canario, la Casa de Colón (donde el navegante se alojaba durante sus recaladas en la isla) y la Catedral de Santa Ana.
En la extensa y céntrica playa de las Canteras se levanta el área comercial y el moderno Auditorio Alfredo Kraus, aparente fortaleza, que homenajea al tenor canario ya fallecido, construida con materiales simples de la zona ensamblados artísticamente. Su inmediatez con el mar es tal que el escenario principal tiene un fondo transparente que lo integra al espectáculo.
De las medianías –faja entre la costa y la montana– destaca la villa de Terror, donde se asienta la Basílica de Nuestra Senora del Pino, patrona de la isla, y un pintoresco conjunto de casas típicamente canarias, de fachadas sencillas y blancas con balcones de madera salientes y primorosamente trabajados.
En el límite sur, Puerto Magón es llamado también la Venecia de Canarias: varios canales cruzan sus pintorescas calles flanqueadas por construcciones de estilo italiano. Artistas plásticos eligen este destino por su privilegiada luminosidad. Veleros de todo el mundo también, por la calidad de los servicios.
En la zona rural, la Cruz de Tejeda es la referencia para introducirse en el Parque Nacional de Nublo, sucesión de barrancos tapizados de pinares que la bruma sule invadir al capricho de los vientos.
Entre paredes de sólida roca e imponente altura, Palmitos Park alberga una abundante muestra de flora y aves de distintos países.
Desde los 80 Gran Canaria cuenta con Universidad, dotada de todas las carreras tanto clásicas como modernas (ciencias del mar, turismo, etc.)
La vida cultural de la isla está animada todo el ano por importantes festivales internacionales, aunque el evento más popular es el
Carnaval, donde participan multitudinariamente propios y extranos.
Lanzarote: paisaje lunar
Declarada reserva de la biosfera por la Unesco, Lanzarote es una de las zonas protegidas representativas de los principales ecosistemas del mundo. La superficie es de 752 kilómetros cuadrados y el punto más alto alcanza 661 metros. De 80 a 100.000 habitantes tiene la isla, aunque el censo no es confiable por la movilidad de la población de fuerte composición inmigratoria: en una escuela se llegaron a contar ninos de 70 nacionalidades.
Al llegar a Lanzarote el efecto es sobrecogedor. En tonos grises, negros y rojizos, orlada de arenas blancas, la superficie insular contrasta con el azul intenso del mar. El verde apenas salpica aquí y allá. A los lados de los caminos, los pueblos parecen recién pintados: blanco y verde son de rigor; toques de azul se permiten en la costa. Prima el silencio y la soledad. Con mucho que uno se esfuerce, es difícil ver gente en las calles, ni siquiera ninos. Pero las puertas y ventanas abiertas dan fe de que esas casas están habitadas.
El arte y la naturaleza conviven en Lanzarote, y la isla no puede ser entendida sin hablar de César Manrique, el artista local precursor del minimalismo fallecido en 1992, que supo extraer y potenciar al máximo las inmensas posiblildades estéticas del paisaje.
La casa donde Manrique vivió hasta 1987, hoy administrada por la fundación que lleva su nombre, tiene buena parte construida bajo tierra, aprovechando una burbuja volcánica.
A los Jameos del agua, cuya obra comenzó en 1966, los visualizó en un paraje llamado «Malpaís de la Corona», terreno inundado de lava antigua y cubierto de líquenes. Jameo se le llama a un agujero volcánico y eso era precisamente lo que había allí: un tubo volcánico son salida al mar y el techo derrumbado. Manrique imaginó el actual auditorio de piedra con luz natural y el resto del mundo fantástico que construyó en torno a un lago bajo las entranas de la tierra.
El Jardín de Cactus es otra de sus creaciones: sobre el manto de lava, dispuso artísiticamente una inmensa variedad de estos ejemplares.
El monumento al campesino, en San Bartolomé, también le pertenece. Recuerda los lazos de los locales con el cultivo de tierra, tarea con altas dosis de dramatismo: arrasados los mantos fértiles por la lava, se planta en hoyos cubiertos de picón–la ceniza volcánica que mantiene la humedad– y rodeados de piedras que defienden de los vientos alisios que, como aire acondicionado natural, barren permanentemente la superficie.
En el Parque Nacional de Timanfaya –cuyo símbolo es un diablillo travieso escogido por Manrique– también conocido como Montanas de Fuego, los cráteres evocan la actividad eruptiva que hace 300 anos (de setiembre de 1730 a abril de 1736) esculpió en la isla las formas naturales que compiten con la imaginación más desbordada. La lava de Timanfaya se desplazó hacia las costas, ampliando la superficie de la isla, donde el fuego todavía no se ha extinguido del todo: hay lugares –el Islote de Hilario, por ejemplo– donde a pocos centímetros de la superficie el calor es suficiente para encender un hato de ramas, y también para cocinar los alimentos. La oferta gastronómica del restaurante Mirador del Diablo incluye esta particularidad. Los habitantes de Lanzarote aprendieron a convivir con el fuego. Cuando las grandes erupciones, se destruyó todo pero no murió nadie: la emigración fue el camino forzoso. Y es de ese desastre natural de donde emergió la vida que se potencia hoy: la industria turística.
Costa Teguise, donde estuvo la primera capital, alberga además de un valioso patrimonio arquitectónico-histórico-artístico, las instalaciones turísticas de mayor nivel de la isla, desarrolladas a partir de los 70, entre las que se cuenta el Hotel Salinas que opera la cadena Sol Meliá. También en esa zona tiene su casa –La Mareta– el rey Juan Carlos; le fue obsequiada por el rey Hussein. Arrecife, la capital actual, cuenta con dos puertos y está ubicada en la zona de las desalinizadoras.
En Puerto del Carmen estuvo la primera zona turística. Cerca de allí, Puerto Calero –el único deportivo– es el área más cotizada.
El municipio de Tías, donde se encuentra la residencia del Premio Nobel José Saramago, es uno de los principales destinos elegidos por los visitantes.
El norte ofrece un estallido de naturaleza en Haría, también conocido como el valle de las mil palmeras, que goza de un microclima.
A excepción del vino (del que hay sobreproducción), nada sobra en Lanzarote. Sólo un 30 por ciento del territorio es aprovechable para cultivos, pero hay poca agua. Todo lo que se consume se trae de afuera.
Tenerife: Un mundo por descubrir
Tiene una curiosa forma triangular, que se extiende por una superficie total de 2.057 kilómetros cuadrados, de los cuales 969,24 (el 47. 5 %) están protegidos. Lo más característico de su geografía es la cordillera que la atraviesa en dirección norte-sur, delimitando dos áreas contrastantes: verde y húmeda la primera; ocre, seca y más soleada la segunda. Dos aeropuertos se hacen cargo de la dicotomía.
La actividad volcánica ha dejado expesivas huellas tanto en el Parque Nacional del Teide donde la lava solidificada moldeó las más caprichosas figuras, como en las paredes casi verticales de algunos acantilados y las manchas negras y rojizas que asoman entre la vegetación de las cumbres.
Las enormes diferencias de altitudes dan lugar frecuentemente al espectáculo del mar de nubes, una masa algodonosa y plateada en la que se puede presumir caminar sin sentir el propio peso. Durante algunos meses de invierno es posible gozar del sol en la playa mientars se contempla, en lo alto, a muy pocos kilómetros en línea recta, la silueta completamente nevada del volcán Teide, el símbolo de Tenerife y la cima más alta de Espana: 3.700 metros. Desde la montana hasta la costa, se sucede una serie de pisos bioclimáticos. La orografía promueve el encanto de la cantidad de pueblos acomodados en rincones de singular belleza y esa es la cara más desconocida de la isla, cuya población total es de 700.000 habitantes.
Santa Cruz de Tenerife, la capital, cuenta con tres kilómetros de ramblas que todavía conservan el nombre de Avenida Francisco Franco. Su patrimonio arquitectónico es rico en testimonios de la Colonia, pero es en La Orotava donde se encuentran las casa canarias del siglo XVII, con los típicos balcones de madera enrejada. La Orotava se sitúa en el valle del mismo nombre, inundado de bananeros cuya magnificencia verde se puede disfrutar desde el Mirador del Lance, a 800 kilómetros sobre el nivel del mar.
El Puerto de la Cruz es otra zona de interés turístico, que floreció en los siglos XVII y XVIII al impulso de familias inglesas y holandesas atraídas por el contrabando. Y cerca de allí aparece otra vez la mano de César Manrique, expresada en el Complejo Martianez, un balneario municipal construido en un bajío.
De los 32 municipios que componen la isla de Tenerife, sólo dos no tienen costa. En los demás predominan las arenas negras, y muchas veces las rocas propician la formación de piscinas naturales.
La actividad intelectual se concentra en La Laguna, donde se asienta la bicentenaria universidad, única de la isla. El clima continental de esta zona es la excepción al subtropical que domina en el resto del territorio. Loro Parque, un conjunto zoobotánico recreativo de 33.000 metros cuadrados de extensión inaugurado en 1972, es otra de las atracciones para los cuatro millones y medio de turistas que visitan anualmente Tenerife. La plena ocupación hotelera y una dinámica de crecimiento sostenido explican las obras en construcció
n que multiplican un heterogéneo muestrario arquitectónico.
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