¡Fuuuiiichchss!

El día no estaba muy caluroso, el ómnibus estaba casi vacío y el tránsito era bastante fluido, no había radios ni televisores prendidos taladrándome el oído ni agrediendo mi neurona, por eso me sentía cómodo y relajado en el asiento del lado de la ventanilla.

Mis pensamientos flotaban sin rumbo y no tenía ninguna intención de esforzarme por encuadrarlos hacia algún lugar en especial.

Estaban ahí, libres y desmadejados. (No sé si desmadejar es un verbo aplicable a los pensamientos. A los míos sí, para los demás tendré que consultar con Mendieta).

Estaba en esa, digo, «en una muy cool» diría Emilio, que habla distinto, cuando en una parada vi a una madre pegarle varios cachetazos a un pequeño niño mientras le decía: «Te dije que no te hicieras pichí. Te lo dije.» Y le pegaba con una violencia tal, que vaya a saber de dónde le venía todo ese odio y contra qué lo estaba descargando, porque por el pichí del nene no podía ponerse así. Yo, casi sin darme cuenta, le grité: «Â¡Pará un poquito, loca, es un niño!» Y justo arrancó el ómnibus cuando la tipa me gritaba: «Sí, y es mío y le pego todo lo que quiero», mientras le sacudía varios cachetazos seguidos al pobre chiquilín.

Yo me quedé masticando el pasamanos de fierro y ahí me volvió a aparecer la vieja fantasía de tener una pistola desintegradora. Fantasía que tengo desde los 16 años.

Un pistola que dispare un rayo invisible y ¡Fuuuiiichchss! transforme a la persona o al objeto apuntado en una nubecilla de polvo que se difuma en el aire. (Seré violento pero lo expreso delicadamente, ¿viste?)

Y eso hubiera hecho con esa mujer, como sueño con hacerlo con el taxista que no te para en un día de lluvia o el mozo que pasa por delante tuyo cien veces y te da cero pelota o la/el funcionaria/o que está hablando con otra, o tomando el té, mientras vos esperás y esperás en el mostrador a que por lo menos te mire para preguntarle si ahí es donde tenés que pagar o usarlo con ese grandote fisicudo que con cara de chupar limones anda por 18 como si fuera el rey y vos tenés que esquivarlo.

¡Fuuuiiichchss! ¡Fuuuiiichchss! ¡Fuuuiiichchss! a todos esos y muchos más.

Y reflexiono: «El hombre es de naturaleza violenta, pero lo salva su cultura, su sentido ético y moral de la vida.» (O no tener una pistola de esas a mano.)

Pero aun así, por lo que luego me enteré, podría postularme, con muchas posibilidades, para recibir el Pemio Nobel de la Paz.

Porque en este año han postulado para ese premio a un asesino de cuatro personas que está condenado a muerte en California y hoy se ha arrepentido.

Y ¡atención! proponen darle el Premio Nóbel de la Paz a EL FUTBOL.

Yo no quiero enemistarme con nadie y mucho menos con la FIFA, pero debo decir que, por lo menos, esto me parece absurdo.

Claro que este premio ya lo recibió un señor llamado Kissinger que representó a los EEUU en la época de su política exterior más sangrienta. Pero también lo recibió Mandela.

Sería bueno mandarles a los beneméritos señores de la Academia sueca algunos videos de los hooligans o de partidos de fútbol de estos lares. ¡Si hasta dos países fueron a la guerra por un partido de fóbal!

De cualquier manera hasta el 1 de febrero se reciben postulaciones, ¿usted, no podría postularme a mí? Total, solo tiene que mandar una carta. Le prometo no desentonar y no llevar mi pistola desintegradora ¡Fuuuiiichchss!

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