Algo sobre El Tito, también llamado "Burro"
El ómnibus iba lleno.
Había sombrillas, materas, baldecitos de plástico colorido, palas y palitas, moldes, un delfín inflable, sillas plegables, heladeritas, bolsas del súper, bolsos de tela, paquetes de galletitas, botellas de refrescos, mamaderas, mochilas, una pequeña tabla de surf, paletas, pelotas, esterillas, radios portátiles, walkmans, pequeñas maquinitas de videojuegos, celulares, toallas y un poco de gente, tales como bebés, niños, adolescentes, jóvenes, hombres y mujeres maduros y alguno que otro veterano.
Yo iba sentado y mientras mi ojo izquierdo seguía el peligroso derrotero de la punta oscilante de un fierro de sombrilla, mi otro ojo (El derecho. El tercero no, porque estaba sin batería.) controlaba que el helado que se le derretía al chiquilín que tenía enfrente no cayera sobre mis piernas. (Que además, me parece que era de crema americana granizada, que yo odio).
La señora con la sombrilla en ristre pasó de largo y el helado se escurrió en forma proporcional por el piso del ómnibus, el hombro de una anciana que estaba sentada y la camiseta, cara y estómago del chiquilín. Fue allí que me acomodé para mirar por la ventanilla y concentrarme en perderme por los laberínticos caminos cerebrales. Y en uno de los recodos de esos caminos se me aparecieron algunas frases que oí o leí en estos últimos días, por ejemplo la que dijo una periodista de la televisión refiriéndose a la última internación de Pinochet: «Tuvo un ligero compromiso de conciencia, transitorio». Desde el punto de vista médico vaya a saber uno qué quiere decir, pero lo que yo me imaginé es que lo internaron porque el muy hijo de puta tuvo un momento de conciencia sobre todos los crímenes que cometió y su mujer –que es peor que él, dicen– lo llevó de urgencia a que le extirparan ese pequeño rasgo de humanidad. «Por suerte, dijo ella, fue transitorio». El Tito, porque así le llamaba su madre. ¿Sabías?
Su madre, que era otra… ¡qué ni te cuento! Pero te cuento más, y te juro que es verdad, sus compañeros de colegio cuentan que tenía risa de burro y por eso empezaron a llamarlo «pollino», «jumento» y más concretamente «burro». Así fue que reprobó varias veces los exámenes que lo habilitaban para entrar a la Escuela Militar, no alcanzó a pasar de segundo de Humanidades. Y era lógico, «humanidades» y Pinochet no pegan.
Las notas eran todas de 3 y 2 en un máximo de 7. Sólo tenía 4 en Geografía e Historia. Estaba muy por debajo de sus compañeros, que se lo hacían notar con extremada crueldad. Quizás fue por eso que cuando llegó a HdeP Mayor, usaba botas con tacos más altos que los normales, aunque no es bajo de estatura, y su gorra de general era cinco centímetros más alta que las de todos los demás.
Me sacudí al pinocho de mi cabeza no sea cosa que me produzca un tumor maligno o me traiga caspa, que era otro de sus «problemas» que trataba de ocultar y a más de uno metió arrestado por hacerle notar que tenía los hombros manchados y hasta por recetarle algún medicamento eficaz. «¿Quién le dijo a usted que yo tengo eso, carajo, no ve que es nieve?»
¡Claváo! Cómo va a aceptar una «disfunción» de esas un hombre que confesó a una periodista que en su opinión «… también el amor debe tener horarios y reglamentos. Como le cuadra a un militar».
De pronto el ómnibus quedo casi vacío. Mi cerebro también. Por suerte, tanto pensar en Pinochet que voy a tener que fumigármelo.
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