… y los sueños, sueños son
Llovió un rato y después que paró empezó a subir un vaho húmedo desde la calle que se introdujo en el ómnibus como si fuera la Mancha Voraz.
Iba sintiendo el lento y largo recorrido de una gota de sudor que bajaba parsimoniosamente desde mi sien, llegaba a la barba, se deshacía en varias gotitas más y, algunas de ellas, intentaban continuar su viaje por el cuello que yo detenía de un inútil manotazo porque ya estaba saliendo otra gota más desde mi cerebro para repetir la fugaz vida de la gota anterior.
Bueno, es cierto, las gotas no me salían del cerebro, pero a mí me lo parecía. Era uno de esos momentos en los que el mayor deseo es tener una canilla al alcance de la mano, para meter la cabeza debajo del chorro de agua fría y luego, al enderezarse, sentir un breve escalofrío por el agua que se escurre por la espalda.
Era un día gelatinoso.
Y yo pensé: uno se levanta después de varias horas de estar encerrado durmiendo o tratando de dormir, dando vueltas y vueltas para zafar del calor, y sin darse cuenta, como si a uno lo empujaran, entra en el conocido laberinto de todos los días. Que voy para aquí, que voy para allá, que Sí Señor, que Cómo no, que No sigo Más, que Hasta aquí llegué, que Está bien, vamos a continuar… y así hasta llegar al final y recibir la esperada recompensa de poder volver casa, comer e intentar dormir otra vez, dando vueltas y vueltas…
Fue en ese momento que, para salir de tan «estimulantes» pensamientos, me puse a leer el diario y me entero de que se ha descubierto que los animales sueñan sobre eventos de su vida como los humanos. Así lo aseguran en el Centro para el Aprendizaje y la Memoria (hermoso y sugerente nombre) del Instituto de Tecnología de Massachusetts (EEUU).
Matthew Wilson, su director, y un estudiante, tomaron unas ratas que nacieron para correr en un laberinto durante muchas horas y luego recibir unos trocitos de chocolate como compensación por su esfuerzo y les colocaron unos electrodos en el cerebro. En el hipotálamo, que es la parte del cerebro de los humanos donde se forman los recuerdos y las experiencias.
El Matthew, con el otro, controlaron la actividad cerebral cuando las ratas recorrían el laberinto y cuando ellas dormían.
El resultado fue «sorprendente», dijo Mat, los registros fueron tan similares que los investigadores pudieron señalar en qué parte del laberinto estaban las ratas en el sueño y cuán rápido soñaban que corrían.
Wilson cree que los sueños de las ratas tienen un propósito similar al de los humanos.
Fue ahí que me di cuenta de que estas pobres ratas soñaban con lo que sus patrones, sus «dueños», le habían dado para soñar: correr en el laberinto para ser recompensadas con un pedacito de chocolate, nada más.
No soñaban con acostarse con la ratita más bella del laboratorio, o con adquirir nuevas habilidades que le permitieran salir del laberinto y hasta del propio laboratorio y ni siquiera soñaban con morder la mano del Matthew o de su alumno.
Una nueva gota empezaba su recorrido, yo fijé mi vista en el espejo redondo de la puerta de atrás y me vi, deformado, junto con los demás pasajeros.
Era un día gelatinoso.
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