Casi devastado, El Salvador inicia su reconstrucción

Empezar de nuevo

San Salvador

De las misérrimas «champas», como le llamaban a sus refugios construidos con trapos, nailon, láminas de cartón y palos, iban saliendo los refugiados para unirse al rezo. A falta de pan y ayuda para todos, era la hora de calmar el espíritu de un pueblo que exterioriza profundas raíces religiosas. Se juntaban en grupos, unían sus manos y elevaban sus plegarias.

El silencio era imponente a las expresiones del padre Javier Aguilar, párroco de Monte Tabor, quien sostuvo que «no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Con la cabeza gacha, algunos de rodillas, daban gracias por la vida y la de sus familias, pedían resignación y consuelo ante las muertes de familiares y amigos que ultimó el terremoto o simplemente reclamaban fuerzas en sus creencias para poder sobrellevar la dura prueba.

«¿Sos creyente?», le preguntó LA REPUBLICA a Jesús López Vázquez, con quien había estado dialogando minutos antes de la oración. «Mirá –dijo aún apretando la mano de su mujer y de sus «tiernos»– te digo que a esta altura no sé si creo en algo o no. Pero el rezo, creas o no en Dios, es el momento en que nos encuentra como…… más juntos a todos los que vivimos estas desgracias».

La zona La Colina es hoy un mar de tierra salpicado por los equipos de maquinarias y grupos de rescate, cuyas casacas fluorescentes resaltan en aquel mar oscuro y fúnebre.

La máquina escarbaba y escarbaba, junto a dos policías y camilleros que trabajaban con los motoristas en esta localidad erigida en la falda de El Bálsamo. La Colonia, otrora un pintoresco barrio de clase media baja, fue literalmente arrasado por un alud que sepultó bajo el lodo, en tan solo minutos, a cinco mil viviendas y alrededor de un millar de personas. De allí los socorristas pudieron rescatar a unos quinientos soterrados, mientras que los demás fueron encontrados, ya sin vida. Féretros en fila esperaban ser el cobijo de las víctimas. A su lado familiares o amigos de los fallecidos regateaban con el vendedor el precio de los ataúdes. Un cajoncito blanco era trasladado bajo el brazo de un hombre viejo, quizá para algún nieto fallecido en la catástrofe. Alguna vida en ciernes que el terremoto apagó. Mirna permanece impertérrita cerca de donde trabaja una máquina, en el lugar donde una vez se alzó su casa. «Busco algún documento, alguna cosa que pueda recuperar», dijo a LA REPUBLICA al tiempo que explicaba que «iba a salir con mi hijo a almorzar al mercado. Le di unos minutos para que se arreglara y cuando estábamos a las puertas del mercado se vino el terremoto. Fuimos afortunados, en cuestión de segundos nos quedamos sin nuestros vecinos».

No tuvo la misma suerte Antonio Rivas, quien falleció tres días después de haber sido desenterrado en La Colina. Había sido rescatado sin piernas. Su madre, Blanca Rivas, le dijo a sus familiares: «Yo a mi hijo no lo quiero en pedazos y tengo fe de que entero lo voy a encontrar». Tomó la pala y el pico y salió hacia La Colina. Embebida en la desesperación, el llanto y el dolor estuvo atrás de las máquinas excavadoras. Escarbó y hurgó por el barro sin que la suerte la acompañara. De tan agotada que estaba sus familiares la llevaron al refugio de El Cafetalón para que descansara. Su «Toño» (hijo) tenía 26 años, era taxista. Blanca, según le comentaron los socorristas a LA REPUBLICA, volvió y quiere quedarse allí hasta que todo quede limpio y pueda recuperar lo que aún le falta de su «Toño».

Al rato, el cuerpo inerte de una jóven era sacada de entre los escombros, introducida en una bolsa grande de color negro, los camilleros la ubicaron en un lugar apartado a la espera del transporte que la llevaría a la morgue. Las historias se repiten.

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