Pinti en la era del punto com
Punta del Este
Enrique Pinti es seguramente el otro polo de Alberto Olmedo. Todo lo que el lamentablemente desaparecido capocómico rosarino lo apoyaba en un gran sentido intuitivo y en esos chispazos de improvisación inolvidables, Enrique Pinti lo basa en el volumen de una cultura amplia, panorámica, que a la vez puede permitirse la mirada histórica para abordar el vértigo de la actualidad o de esta era del «punto com» con un plan puntilloso en la construcción de lo que han sido sus numerosos espectáculos, o aun antes cuando escribía los textos para Antonio Gasalla.
Lo cierto es que Pinti posee la densidad reflexiva del intelectual. No se trata por supuesto del intelectual orgánico, rígido o esquemático sino del individuo que utiliza su inteligencia y sus campos de emociones (también ese olfato, esa medida intuitiva que era tan valiosa para Alberto Olmedo) para recrear esos rostros en la multitud que pueden ocupar cargos de gobierno del más alto rango o ingresar en la lógica de las manías o los errores, horrores que comete la «tanguedia» humana rioplatense como lo hizo con su espectáculo «pericón.com.ar» en el Conrad.
Pinti es verborrágico y sobre todo picante, caliente. Dueños de todas las citas conoce a la perfección el arte de parafrasear, pero al mismo tiempo es un creador nato que va descargando sus dardos con una frontalidad que realmente logra sus impactos en un público siempre atento, que ríe y ríe, aun cuando el target en algún pasaje del show sean ellos mismos.
Exhibir las miserias de la comarca, del pericón tremendo de la comarca es asunto serio para Enrique Pinti: por ejemplo, puede utilizar el gag casi como un punzante aforismo o, por el contrario, como un torrente donde caben todas las (des) calificaciones posibles y en donde la tonalidad, la calidad gestual hace que toda posible tensión logre descontracturarse para que fluya en sus receptores lisa y llanamente la carcajada.
Pinti, asimismo, es un maestro en el manejo de las pausas, en el uso de las miradas y desde luego en el fuerte sistema parodial, a veces deliberadamente veteado por una estética del grotesco que posee una especie de corriente alterna visceral muy, pero muy movilizante.
Es un provocador, aunque no un transgresor: léase pues a Pinti como un individuo que hace y deshace –como buen misántropo– la realidad inmediata y entonces, ya en el lugar que adopta su comicidad, no deja de ser en definitiva un utópico aunque parezca por momentos un escéptico o un desencantado, como lo hay tantos, después de tantos apuntes críticos a este mundo ancho y enajenado. Enrique Pinti con su «pericón.com.ar» incita y excita, utiliza en forma soberbia el manejo de las pausas y de las adjetivaciones y en consecuencia sabe cuándo apretar el acelerador y cuándo practicar los rebajes, cuándo hacerse cómplice del espectador y cuándo moverlo casi hasta oponer los puntos de vista, todo un itinerario precioso en logros y en eficacia discursiva que llega a transformar su monólogo en un epílogo descabezante (para el público, claro está) por su agudeza, por la concatenación de temas sin que el espectáculo decaiga en intensidad, en vivacidad o en contextura.
Claro que el humorista argentino no escapa a ciertas convenciones del género, pero de igual modo zafa aunque los temas sean siempre los mismos y los agonistas sean otros tan parecidos a otros y otros como si se tratara de una circularidad metafísicamente borgeana.
Pero si lo formal sigue dando resultado en cuanto a una puesta en escena despojada, también la solvencia sigue estando en los contenidos cuando Pinti y su condición flemática, incisiva se aparece como un enorme azogue donde nos conocemos y nos reconocemos y vuelta a empezar. Porque después de tanta risa –hasta Pinti debe necesariamente involucrarse y reírse de sí mismo–, llega el momento de reflexionar y capaz de corregir nuestras maneras próximas con el prójimo en un mapa al sur del primer del mundo punto com. Muy bueno.
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