Las inundaciones de 1997 las dejaron sin casa

Familias sanduceras esperan en vagones soluciones habitacionales

Paysandú

LA REPUBLICA se trasladó hasta la estación «Porvenir», distante 23 kilómetros del centro de nuestra ciudad. El sol y el calor, con una temperatura de más de 35 grados, golpean con ferocidad.

Estas humildes familias aguardan desde hace tres años una solución habitacional que les permita asumir la vida con dignidad. Esta casi kafkiana experiencia de supervivencia comenzó en 1997, cuando, tras perder sus viviendas en las inundaciones, fueron alojadas, primero en la Exposición Rural Feria de Paysandú.

Luego fueron trasladados hasta los vagones de AFE, que, en los períodos más álgidos del invierno y calurosos del verano se transforman en un auténtico infierno. En esas adversas condiciones deben sobrevivir, a duras penas, adultos, niños y ancianos.

A simple vista, se observa que las condiciones que soportan estos estoicos uruguayos son infrahumanas. Viven con absoluta falta de higiene, están rodeados de maleza de todo tipo, ofidios y otros animales peligrosos.

Los habitantes de este asentamiento humano carecen de atención médica, ya que deben recorrer los 23 kilómetros que los separan de Paysandú para ser atendidas por un profesional, así como para recibir medicamentos.

Hace muy poco un niño de 4 años cayó de la bicicleta que le transportaba y, a raíz del golpe, perdió el conocimiento. En tal situación de emergencia, hubo que esperar en la ruta con el chico en brazos, hasta que finalmente una camioneta pasaba trasladó al accidentado hasta el Hospital de Paysandú.

En invierno, los vagones donde pernoctan las familias se transforman en una especie de baños turcos. El calor que desprenden es tal que torna insoportable permanecer en el interior de los mismos.

En invierno, la situación no es menos dramática, ya que los habitantes de estas unidades de AFE abandonadas deben soportan las inclemencias del frío.

La energía eléctrica es otro de los problemas que deben afrontar estos sanduceros que sobreviven abandonados a su suerte y sus propias posibilidades de subsistir en condiciones sumamente complejas. El precario servicio que se les suministra está en condiciones deplorables, con cables pelados que pasan por encima de los vagones, con todos los riesgos que ello implica para la seguridad particularmente de los niños.

Blanca, una de las mujeres que reside en el lugar, advirtió que las instalaciones eléctricas representan un verdadero peligro, ya que están al alcance de los numerosos menores de edad que allí viven.

Denunció, además, que nadie ha venido a desinfectar ni limpiar el lugar, donde crece incesantemente el pasto y avanza la maleza limitando los espacios.

La dieta de estas personas es muy limitada, ya que deben alimentarse durante quince días con una canasta insuficiente, tanto en cantidad como en calidad. El menú, que debe ser racionalmente consumido en dos semanas, incluye una botella de aceite, un kilo de harina, un kilo de arroz, un kilo de fideo y leche en polvo.

A los vagones se la agregan casillas ruinosas, que también presentan deplorables condiciones de habitabilidad.

Las letrinas se ubican muy cerca de los vagones, lo que representa un foco de contaminación permanente.

Hay mosquitos, moscas y alacranes y otras alimañas. «Después, hacen mucha propaganda, tratando de educar a la gente por el cólera o el dengue», comentó un vecino visiblemente molesto por la falta de respuestas de las autoridades a la situación de estos sanduceros cuyo único pecado es la pobreza.

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