"Esquinas del tiempo y sus viejos tablados"

Y en los viejos tiempos menos que menos. Tampoco había tregua porque el Carnaval se acercaba a toda máquina. Por estos días de enero, los barrios tampoco estaban dormidos ni en letargo. Es que el dios Momo se acercaba a paso muy fuerte. A ese antiguo rey de la sátira y la carcajada, todos los vecinos querían recibirlo con las galas que se merecía. Por eso todos los montevideanos de aquella década del 30, corrían de un lado a otro. Conversaban en la vereda. En la puerta de sus casas o en los esquineros de los boliches. El tema era siempre el mismo. El tablado del barrio.

Tiempos en que la Vieja Capital se llenaba de tablados. Todos los barrios tenían varios de esos escenarios. Nacían de los esfuerzos y sacrificios de toda esa gente humilde y laburante. Sudaban y trabajaban para que «al largar» el Carnaval, su barriada tuviera un lindo tablado. Donde todos se reunirían para afianzar sus lazos y para ser todos una gran y única familia. Inquietos los vecinos, apenas si se habían olvidado de las tradicionales fiestas ya estaban de nuevo en las calles. Calculaban 5 o 6 cuadras. Se organizaban y toda la gente «metía» para adelante. ¿La meta?, construir un lindo tablado para los vecinos de esas manzanas. Un rito que se repetía en todos los barrios populares y por estas fechas, de mediados de enero, alcanzaba su ebullición. Por eso, «minga» de esa frase de «la modorra del verano», ¿verdad, lectores cómplices?.

Las mujeres, las señoras y sus hijas eran las encargadas de pasar a lo largo de esas cuadras con la clásica latita de aceite, bien limpita, con una ranura arriba. Puerta por puerta, zaguán por zaguán, portón por portón, tintineaban las monedas. Los vecinos, unos más otros menos, pero todos colaboraban con las obras del tablado de la cuadra.

Los caballeros y sus hijos mayorcitos, con una vieja alcancía, eran los que «encaraban» a los comerciantes. El almacenero, el carnicero y hasta el sastre judío y el «tano zapatero reventón», no tenían «coronita». No se salvaban de aquella implacable «manga» de unos vintenes porque se venía el Carnaval y sus tablados esquineros.

Con esas brillantes y, a veces, poquitas moneditas de plata se compraba lo imprescindible. Bombitas de colores, metros de cables para iluminar el escenario y su entorno. También algunas latas de pintura y pinceles para esos artistas «de brocha gorda». No podían faltar los vintenes para las «cañitas voladoras» o para pagar el alquiler de una bochinchera sirena a manija, que tronando fuerte avisarían que «las troupes» o las murgas llegaban al tablado. Y todos, sillas y banquitos en la mano, muy apurados, para la esquina a buscar un buen lugar.

Los vecinos con más «parla y carpeta», se encargaban de ir al Municipio a gestionar el papeleo de la autorización. A veces medio complicado porque en la esquina elegida paraba alguna línea de ómnibus. Pero, todo se arreglaba y al tablado «no lo movía nadie».

Otros, muy voluntarios, concurrían a las barracas a pedir, como todos los años, unos cuantos tanques vacíos y tablones de madera. Con eso, ya resuelto, los más corpulentos y forzudos se largaban manos a la obra. Las enormes ganas y los esfuerzos hacían que el asunto comenzara a tomar forma. En la esquina aparecía un largo escenario de madera, apoyado sobre esos enormes tanques. Y los deseos y sacrificio hacían que esos sueños, de muchas noches de verano, se volvieran realidad.

En algunos casos, cuando «la guita» alcanzaba, se levantaba un tablado llamado «alegórico». Esos que podían competir, con los de otros barrios por un importante premio municipal. Tenían figuras, muñecos y paisajes que representaban temas de actualidad. Se gastaba un poco más, pero esa ilusión de recibir un premio al mejor tablado alegórico, todo lo podía. Y las comisiones de «la manga» se habían esforzado en entusiasmar también a los comerciantes del barrio.

La memoria salta entre las serpentinas y los papelitos. Agarra toda «la polenta» y ubica al viejo escribidor entre esos bullangueros vecinos. Muy contentos porque esa noche actuaba la troupe «Un real al 69″, con un joven tenor llamado José Soler que vivía en el barrio. Es que estamos en el Bella Vista natal. En Agraciada y Asencio, donde se levantaba el tablado alegórico «El tren de la barra». Una «pinturita» de lindo y coqueto. Se había construido un largo tranvía donde, por sus ventanillas se veían las figuras de los coloridos muñecos que representaban a los pasajeros.

Por Uruguayana y Capurro se había levantado otro. Para homenajear a los flamantes campeones mundiales de año 30. Y que mejor idea que un Nazzasi gigantesco, con la camiseta celeste y, en la pared del fondo, el escudo de «los papales».

Todos los barrios con sus tablados. Allá en la Villa de la Unión, había un «de fierro», que nunca faltaba, en esos lejanos años. Por la esquina brava de 8 de Octubre y Joanicó, estuvo «El Payaso», con un metejón de recuerdos para los más veteranos vecinos de ese barrio, lindo y «querendón».

Fueron tantos que ni podemos con el vendaval de imágenes con que nos «verduguea» la memoria compañera. Por 8 de Octubre y Belén, las comparsas hacían que las alegrías se vistieran de colores y tambores. Y por la misma avenida y Pan de Azúcar, el mitológico «El Paraíso», donde cuentan entre ellos el amigazo Julio Arregui, que por los principios de la década del 20, una mágica noche cantaron juntos Carlos Gardel y Néstor Feria.

Y largamos para Maroñas. En Cuchilla Grande y Belloni, aquel «Esto sí negra, es Carnaval», en el que por la década del 40 «Los Asaltantes con Patente» tuvieron que hacer 10 «bises», entre estos la inolvidable retirada, porque el público no los dejaba irse. Por Piccioli y Besares, «El Legui», en homenaje «al pulpo» Irineo Leguizamo, con las figuras de dos jinetes en un final cabeza a cabeza, donde el maestro ganaba una vez más.

Cómo olvidarnos de Belvedere, donde en la misma Agraciada se levantaba «El Negro Azul». Punto de encuentro de todos los vecinos que noche a noche lo desbordaban con sus numerosas familias. Cada «lector cómplice» agregará sus recuerdos. Así son las reglas de la magia chiquita que todos los domingos crea el viejo escribidor. Pero, allí están, pidiendo «cancha» por Piedra Alta y Cerro Largo, «El Cordón», un tradicional bastión del carnaval de antaño. Y por Bulevar Artigas y Venancio Benavídez, una postal muy antigua en aquel escenario que una vez se llamó «A los limones». Con un carrito enorme y un gracioso muñeco representando a los típicos vendedores ambulantes de limones. Tan populares en los empedrados y adoquines de las calles del ayer.

A esos «tablados alegóricos» había que protegerlos y debían lucir impecables durante todo el carnaval, pues los jurados municipales los visitaban varias veces y en cualquier momento. las propias comparsas, algunas de estas de gran cantidad de componentes, como las Sociedades Criollas, los cuidaban en sus largas representaciones. Al igual que las murgas, en días en que sus integrantes saltaban y hacían piruetas, sin cesar, en todos los rincones del escenario. Agradeciendo ese respeto, los vecinos nombraban una comisión encargada de premiar, al final del carnaval, a los conjuntos que habían demostrado cuidar el escenario y sus alegóricas escenografías. Un premio al «buen comportamiento», en tiempos en que con más de 100 agrupaciones carnavalescas, siempre había algunas que rompían algo y por eso el incentivo a los más respetuosos del escenario y sus frágiles muñecos de cartón pintado.

Viejos tablados que hoy recuperamos, junto a un tiempo perdido hace tantos y tantos años. Una edad de oro del carnaval de los barrios populares. Cuando entre esos vecinos, un botija hacia «ojito» con una pibita que vivía enfrente
y que una de esas noches, de seguro, se animaría a hablarle. Historias de romances en esas esquinas, bajo las bombitas de colores de los tablados barriales. Algunos de esos personajes apenas si se dan cuenta de un hombre canoso que parado entre la multitud escribe y garabatea palabras. Y tampoco se darán cuenta cuando ese escribidor se aleje, para contar en un nuevo siglo y milenio, de las sencillas alegrías de esa gente. Que hicieron muy felices aquellas noches de carnaval, en la vieja capital.

Los esperamos todos los sábado y domingos, a las 19:00 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

Ilustración: María Victoria Baglietto

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