El narcisismo de Roberto Giordano
Forlán Lamarque – Punta del Este
Todo busca su transformación, sus mecánicas modificativas, su ir a más en términos cualitativos. No ha sido precisamente el caso del peluquero argentino Roberto Giordano que, año tras año, repite su receta apoyándose en dos patrones: su narcisismo que aumenta a la velocidad de los cruceros que surcan las aguas puntaesteñas y, por otro lado, esa búsqueda de facturar y facturar (una fuente muy cercana admitió que en esta ocasión llegó a los dos millones de dólares por concepto de sponsorización) presentando lo que este individuo, furcio va y furcio viene, enfatiza desmesuradamente como el espectáculo más importante de los últimos veranos.
No es así, y en su fuero interior, factiblemente Roberto Giordano lo sabe o al menos lo intuye, pero al mismo tiempo maneja esa sagacidad para vender su imagen pareciendo un tontín que habla para que los medios después festejen sus dichos y sus eses finales que nunca pronuncia y las que todos buscan.
En su rollo, su grandilocuente encanto frente al espejo: como el personaje más exitoso, el más fashion se coloca una autoridad que no posee principalmente en términos intelectuales y entrega los denominados «Premios Vitra» a personajes como el músico Mariano Mores, los actores Juan Darthés, Gabriel Corrado y Gastón Pauls, los humoristas Gasalla y Perciavalle, la actriz Ana María Picchio o la princesa Anna de Bourbon y la señora Mirtha Legrand. O la entrega de un premio al jugador Martín Palermo por haber obtenido la intercontinental con Boca, aunque el futbolista no estuvo presente, al igual que Maradona al que se practicó un homenaje y para ello estuvieron allí sus pequeñas hijas y la figura del más grande de todos los tiempos congelada en los video-walls.
El mundo de Giordano: en dinámica de zoo, asoman los rostros como para saturar de imágenes a los espectadores. Y por supuesto la música, las supermodelos (comandadas por Valeria Mazza, Inés Rivero y toda la troupe de modelos) y veinte minutos prácticamente de espléndidos fuegos artificiales que, en rigor, coronaron el show de dos horas y que de alguna manera fueron el lenguaje rumbo a los altos de la noche como la imagen verdadera, indivisible de Giordano: puro fuego de artificio, cultura del vértigo por el vértigo sin reflexión crítica de este señor que se piensa como el más famoso, una sensación que no autoriza absolutamente nada si fuese cierto, pero lo peor es que tampoco es así. Basta de Giordano por 2001.
Cultura verdadera
El excepcional actor argentino Lito Cruz dio su batacazo desde el momento que llegó a Punta del Este: presentó la obra «Hughie», de Eugene O’Neill, bajo la dirección sensible de Carlos Gandolfo en el teatro Casino de la avenida Gorlero, y realizó un monumental arco expresivo en el escenario, como para provocar en el público esa necesidad de reflexionar no solamente acerca de la condición humana, el tramo epocal en que vivimos, sino qué buscamos desde nuestros despliegues interiores hacia los exteriores: ese hombre en escena en su gran tour de force logró momentos sobresalientes y podemos estar hablando de que se trata de uno de los ejes más trascendentes de la presente temporada estival. Le dijo a este cronista Lito Cruz: «Soy partidario siempre de tener una relación crítica con el suceder de las cosas. No dejar que las cosas nos pruduzcan hipnosis todo el tiempo y no podamos tener ese renglón crítico y autocrítico como para decidir por nosotros mismos. Ese vendría a ser el clima de la obra de O’Neill y es lo que trato de trasmitir».
Lito Cruz vino a Punta y golpeó fuerte como intelectual y asimismo como un actor de notables dotes histriónicas. Formidable.
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