Noticias truncas
Por Horacio Buscaglia
Yo estaba en Acapulco y me acababa de lanzar al agua desde uno de esos riscos altísimos, iba en el aire sintiendo la energía de la adrenalina así como una extraña sensación de libertad cuando, sin razón aparente, empecé a angustiarme y aterrorizarme. Al entrar al agua vi al pez serrucho que se me venía derechito hacia…
«El pene. Sí, el pene.» Sentí que decía la mujer. Me desperté sobresaltado y llevé rápidamente las manos a la entrepierna, gesto que fue visto por la mitad de los que iban en el ómnibus.
«Se lo cortó con una hoja de afeitar», seguía explicando la mujer rubia a su compañera de asiento y recién ahí me di cuenta de por qué se había frustrado mi sueño.
«¿Y se lo cortó él mismo?», preguntó la otra, con los ojos brillosos. «Sí, estaba preso por violación, en Brasil, en San Pablo creo, se lo cortó, lo tiró al water y tiró la cadena». Le explicó la rubia y siguió: «Dijo que lo hizo porque la Biblia se lo ordenó. Y en el diario decía que como lo tiró, no se le puede pegar de nuevo, aunque él va a sentir sensaciones como si lo tuviera. Pobre muchacho, no?»
«Â¡Qué pobre ni pobre!». Se indignó, la otra. «Yo ya se lo dije a Luis, si un día me entero que me engañás te agarró dormido y trácate, te lo corto».
«Sos bruta, cómo vas a decirle eso». Le reprochó la rubia, aunque sonreía.
«Ah, sí, ¿bruta? ¿Entonces por qué durmió boca abajo como diez días y se compró un protector de esos que usan los boxeadores allá en las partes eh? Este no tenía la conciencia muy tranquila, me parece».
Después de un gesto de aceptación, la rubia se le arrimó un poco más y empezó con voz de cuento: «Sabés que Natalia, la enfermera amiga mía, me contó que una vez llegó un tipo al sanatorio que en un accidente lo tenía casi arrancado y dice que…»
Yo empecé sudar frío y rápidamente le dejé el asiento a un muchacho que se sorprendió por mi gesto pero se sentó. Me fui para el fondo y al ratito lo vi pararse de golpe, tirarse sobre la puerta y en cuanto esta se abrió, bajar a vomitar contra un árbol.
Quedé pensando en eso de cortarse aquellas partes con las que uno «pecó» y me imaginé a todo el mundo mutilado por todos lados, algunos se tendrían que quitar hasta el hígado.
Estaba navegando por esos sutiles pensamientos, cuando miro por encima del hombro de un muchacho que iba leyendo una revista y leo: «Un estudio español dio como resultado que ser calvo puede costar a un político hasta el 30% de los votos. Los votantes consideran a los calvos como menos dinámicos, menos confiables, menos honrados y con poco carisma». Sería bueno, pensé, hacer un estudio que nos dijera cuántos votos puede perder un candidato político por ser calvo de adentro, es decir no tener nada debajo del pelo. Y no sé por qué, lo uní con aquello de cortarse las cuestiones. En fin, mañana le sigo contando.
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