Charlas de playa
Carlos Bouzas *
Las dos mujeres habían comenzado la conversación a bordo del 141 que las condujo desde la Unión hasta la playa del Buceo. Se ayudaron mutuamente para descender los niños, los bolsos y las sombrillas.
Por eso estaban instaladas –cuando yo las descubrí– debajo de ambas sombrillas pegadas, compartiendo mate y pan casero, alternando con el cuidado de los chiquilines. La charla amable y pausada hizo que yo parara la oreja. La mayoría de lo que le contaré no puedo ponerlo entre comillas porque no es textual, aunque puedo asegurarle que es cierto.
Son dos abuelas jóvenes, que acarrean los nietos a la playa para que disfruten las vacaciones, mientras sus padres continúan trabajando. Intercambiaron información respecto de edades, alimentación, escuela, carácter y cariño con los niños. Ambas son madres de dos hijas. En los dos casos, la mayor está casada y es la madre de los nietos. Y también –en los dos casos — las hijas menores han viajado al exterior para buscar un trabajo «decente» (esta palabra es textual) porque con lo que les pagaban aquí «no sacaba ni para los boletos» (igualmente textual).
Una de las muchachas partió en junio del año pasado. Está instalada en Ibiza, trabajando de camarera en un restaurante, compartiendo apartamento con tres compañeras de trabajo. En una de las cartas le contó que cuando sale del trabajo cada día, va con sus compañeras a la terraza de un bar a beber una cerveza y picar una tortilla. Se siente feliz por ese lujo y está haciendo planes para comprar un pasaje a crédito y visitarla, posiblemente a finales de este año.
La otra lleva más de dos años viviendo en Valencia. Está empleada en un Supermercado. Tiene un pisito alquilado. Y lo más asombroso es que lo alhajó con muebles y artefactos recogidos de unos contenedores en la calle. «Porque allá tiran las cosas cuando están nuevas, todavía».
Mientras la más antigua tiene sus papeles en regla, la otra está haciendo gestiones. La muchacha le dice que no se preocupe por eso, que ya lo arreglará. La madre confía que así será.
La conversación fue girando desde la abundancia hacia la seguridad. Porque ambas están enteradas que todos los días las autoridades españolas rechazan a decenas de marroquíes que cruzan el estrecho de Gibraltar con el propósito de ingresar clandestinamente a España. Y alguien les contó que en Murcia descubrieron una mafia que traficaba con campesinos ecuatorianos. Claro que esa gente debe ser analfabeta o poco más; mientras que las muchachas tienen secundaria completa y una de ellas hizo un curso de operador PC. Pero no logran olvidar el escándalo que hubo hace poco tiempo aquí, con unas muchachas explotadas en Turín.
Recuerdo el final de esa parte de la conversación, antes de levantarme para refrescarme en el Río:
¿Usted tiene miedo?
Sí.
* Militante del Frente Amplio
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