PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

Noches bravas, allá en La Cuchilla

La memoria baila, recuerda y obliga a que la acompañemos al tiempo de los bravos bailongos en ese querido y añejo barrio popular. Al compás de esas postales de antaño llegamos, al decir de Borges, «a una región en que el Ayer pudiera ser el Hoy, el Aún y el Todavía». Fábulas e historias de un Montevideo mítico y muy real. De malevaje, y de muchachos que laburaban día a día y los fines de semana se encontraban en esos ambientes de «rompe y raja». Con el tango, milongas y con «las minas» que metían pa’delante.

Callejones, ranchos y musiqueros. Allá en La Cuchilla, donde las emociones y las sangres «pegaban» duro y parejo. Estamos junto a «los lectores cómplices» en esa región del Ayer que todavía palpita cuando entornamos los ojos. Y ya es nuestro presente, «el Hoy, el Aún y el Todavía».

Antes de arrancar, la muchacha se reunía en el Bar Ferrocarril, de Olivos y Uruguayana. Unas ginebras y ¡vamo’arriba!, a La Cuchilla y sus bravos «peringundines».

Había uno que era el más «tranqui». Se llamaba «Don Juan», como su gordo y dicharachero propietario. Quedaba por Agraciada y Carlos Ma. Ramírez. El patrón regenteaba la entrada y exigía el traje y la corbata como obligatorio requisito. Los «taquitos militares» de las botitas de los varones y las finísimas puntas «alfiler» de las damas, repiqueteaban en ese gran salón rodeado de mesitas con destartaladas sillas. El piso, en sus primeros tiempos, fue de hormigón. Ahí las parejas se trenzaban y era donde se notaba que estábamos en un «canyengue» de los buenos.

A las chicas más populares se les ofrecía una comisión en las copitas de anís o de menta con que sus ocasionales galanes las invitaban. Se trataba de un ambiente de damas de «buen carácter», como se les decía entonces. Mujeres que sin ser «las profesionales» de El Bajo, igual no «arrugaban» cuando los hombres se ponían pesados. Pero si sus galanes sabían hacer las cosas, «con carpeta», todo era posible.

Como en todos esos bailongos de La Cuchilla, la orquesta se integraba por tres o cuatro músicos que le daban «de punta» a tangos de moda como «El Esquinazo» o el popular «El Choclo». Lindos para lucirse en esas veladas de «apriete y afloje». Por los principios de los años 30, Don Juan puso en su pista unas tablitas de reluciente madera que le daban al salón un aire muy coqueto. Una noche, donde no cabía un alfiler, al retirarse las parejas de esa flamante pista, aparecieron unas «necesidades fisiológicas», al parecer de alguien muy apurado. La picaresca montevideana, desde esa infausta noche, bautizó al bailongo con un apodo relativo a ese bochornoso episodio.

Por la Plaza Lafone la cosa pintaba más aguerrida. Un rancho, gran portón al frente y en su techo de lata, un pequeño avioncito daba vueltas, haciendo ruido con su hélice en las noches de mucho viento. Lo llamaban «El Aeroplano», un «peringundín» que sin dudas les hubiera encantado a Borges y a Cortázar para ambientar sus cuentos de corte arrabalero. El piso era la mitad de hormigón, a la entrada, y cerca del pequeño escenario, fabricado con algunos tablones, estaba la otra mitad de negrísima tierra. Tres pintorescos personajes de la musa tanguera hacían bailar a todos. Un bandoneón, con «el tuerto Rasquín», el violín, con un serio señor llamado «el rengo» y un genial guitarrista, a quien con admiración llamaban «seis dedos». ¡Qué trío! y más cuando avanzaba la noche y «las virundelas» les hacían olvidar el cansancio y tocaban llenos de entusiasmo. Casi una hora, sin parar, apenas un pequeño descanso, para «prensar» un poco la polvorienta tierra y de nuevo sonaban «con tutti».

Tangos como «La Tablada», que tocaban dedicándolo a los troperos que siempre se arrimaban a ese baile. Días en que bajaban de los frigoríficos de El Cerro, el Swift, el Nacional o el Artigas. Lustraban sus botas, apenas si se sacaban las espuelas, y ya los veíamos atando sus caballos en los troncos que había cerca del portón de la entrada.

Otros tangos que ese trío siempre tocaba eran «El Africano», «La Trilla» o «La Payanca». Los compadritos abundaban y como muchas de aquellas «percantas» tenían «dueño», los líos resultaban algo habitual. Humo de tabaco, una caña quemante que vendían en un cuartucho que hacía de cantina y por el que se ingresaba por una puertita al costado. Todo eso y las mujeres que daban mucha «entrada» hacían del sitio algo que siempre estaba a punto de estallar. Y a nadie extrañaba ver a dos hombres salir, con paso firme y muy serios hacia la puerta. Cruzaban la calle y ya cuchillo en mano se dirigían hasta el descampado del Puente del Pantanoso. Los dos solos, «mano a mano», sin «laderos» ni nadie que se metiera. Cuánta crónica roja de los diarios de aquella época se nutrió en ese ambiente de «El Aeroplano».

A lo lejos, el trío seguía tocando. Aún ahora está tocando en nuestra memoria. Es que los recuerdos giran y «el tango crea un turbio pasado irreal que de algún modo es cierto, el recuerdo imposible de haber muerto peleando, en una esquina del suburbio», como poetizó Borges.

Y siguen bailando los recuerdos. En los bravos bailongos de La Cuchilla, allá por los ranchos de lata con los bailarines marcando fuerte el compás. En las pistas de tierra y hormigón. Un turbio pasado irreal que sin embargo fue muy cierto. Como ahora nos parecen irreales aquellos dos ranchos juntos, cerca de la vía del ferrocarril, en la calle Criollos. Dos «milicos de tropa» cuidando la entrada y controlando el porte de armas. La gente, antes de llegar, dejaba «las sevillanas» y «las piñas americanas», envueltas en pañuelos, escondidas entre los tejidos y los yuyos que rodeaban el lugar. Aunque siempre algún cuchillo se «colaba» y por eso el nombre de ese otro «canyengue», el popular «Tajos y Puñaladas». El asunto se caldeaba en esas pequeñas 4 piezas unidas entre sí. Mujeres «de ambiente», tipos que tenían fama de guapos y barras de muchachos del barrio que bailaban los sábados hasta que el sol estaba muy alto en la mañana siguiente.

Una guitarra y un bandoneón, apoyados sobre unos cajones a ras del piso, le daban duro al «dos por cuatro». Noches de tangazos como «Don Esteban», «El Tío Soltero» y «El Africano». Nada de cantores, solo un ritmo caliente para bailar con «cortes y quebradas». Nunca se detenían. Ni aun cuando sacaban a alguien, tirándolo de los pies, para la calle. En «curda» o herido, ¡vaya a saber! y mejor no acercarse a preguntar.

Los bravos bailongos de La Cuchilla. Perdidos en la noche de los viejos tiempos. Pero el veterano escribidor hoy los visitó nuevamente. Anduvo por «esa región en que el Ayer, pudiera ser el Hoy, el Aún y el Todavía», como le enseñó Borges hace un montón de años. Es que la memoria quiso salir de «garufa» y sentir emociones muy fuertes. Como las que se vivían en La Cuchilla y sus bravos «canyengues», en las noches en que el viejo siglo apenas estaba amaneciendo. Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos, en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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