Desde el asiento de los bobos

Un viaje

Por Horacio Buscaglia

«Sin embargo, las Memorias de este ser paradójico no terminan aquí. No pudo contenerse, y siguió emborronando. Pero parece que se les puede poner punto final en esta página.» Así terminaba el libro que estaba leyendo.

Lo cerré, lo puse sobre mis piernas y poco a poco fui tomando conciencia, nuevamente, de que estaba viajando en un ómnibus. Todavía faltaba mucho para llegar a mi destino, así que me atacó el famoso síndrome omnibusístico de: «¿Qué cara pongo? ¿Hacia dónde miro? ¿Qué hago con las manos?».

Entonces empecé a recurrir a los viejos trucos de entretenimiento mental.

Pensé palabras que rimen: palangana, hermana, escama, ventana y luego con ellas armé una estrofa, todo sin detenerme a meditar, con lo primero que se le venga a uno a la cabeza… lloraba la palangana / por la muerte de su hermana / una deprimida escama / que arrojóse por la ventana.

La palabra arrojóse me hizo gracia porque me recordó a un arroz que hace José. Al decir José me dio ganas de jugar a adivinar el nombre de las otras personas a partir de su cara u otras características.

Ese tipo se tiene que llamar Antonio, tiene pinta de ser muy tranquilo. Y esa mujer con esos senos desproporcionados seguramente se llama Gertrudis. La morocha que mira por la ventana si no estuviera frunciendo el ceño se llamaría Mercedes, pero así con el ceño fruncido no hay duda que es María. El marido de María que va al lado de ella no sé cómo se llama pero me está vichando como para reventarme, quizás la estuve mirando demasiado tiempo y no me di cuenta.

Vuelvo al libro, leo la tapa sin leerla y comienzo un nuevo entretenimiento, el de mirarle la nuca a alguien concentrándose fuertemente para hacerle dar vuelta la cabeza. Empiezo a hacerlo con un fulano que está cerca de mí, por el brillo de la pelada seguramente se llama Oscar. Me concentro: «date vuelta, date vuelta, date vuelta.» Digo para mis adentros y sigo pensando: «Bien, bien, el tipo movió la cabeza. Oscar, date vuelta, date vuelta… lo tengo, lo tengo, Oscar se rasca la nuca. Lo tengo… Date vuelta, Oscar, date vuelta, date vuelta…»

Di un cabezazo que casi me pego la frente con las rodillas. Oscar ya no estaba. Se ve que me concentré tanto que quedé dormido, con los pelados casi siempre me pasa eso. Claro, ahí me aparecieron los temores correspondientes al «apoliyus ommibuserus»: «¿Habré hablado en sueños, ronqué, estoy babeado?»

Disimuladamente paseé mi mirada por todos los que quedaban en el ómnibus y no vi nada que me incriminara, salvo el brillo en los ojos del marido de María que esquivé rápidamente. Se debe llamar Toto o Pocho.

No, no se llama así, no puedo descubrirle el nombre porque si lo miro mucho voy a tener lío, pero tiene que ser un nombre acentuado, algo así como Ramón.

Justo en ese momento subió un «obrero en conflicto de la empresa achuchufluflum y entonces compañeros estamos solicitando…»

Se bajó enseguida porque el falso «obrero» vio caras de pocos amigos en casi todos los pasajeros.

El estaba bajando por la puerta de atrás cuando por la de adelante subía un joven que inmediatamente se presentó como poeta y se largó a recitar algo que hablaba de una mujer que estaba buenísima y lo largó porque a él no le gusta trabajar. Claro que él lo dijo con otras palabras, recuerdo algunas como «céfiro», «exultante» y «bohemio de corazón».

Al poeta le fue mejor que al obrero.

Enseguida subió un cantor peruano que con acento chileno cantó un tango argentino. La cosa se complicó cuando tocó un carnavalito y pidió que lo acompañaran con palmas. El único que lo hizo fue el conductor.

En fin, y después quieren poner televisores para hacer más entretenidos los viajes.

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