Temperatura voladora
Juan Mendieta
Como los lectores saben, no solo el lenguaje escrito ofrece gazapos varios de los que se nutre esta columna. Oyendo el informativo radial de El Espectador, rescaté esta mañana un dato meteorológico que me llenó de asombro. Luego de anunciar pasajes de nubosidad, chaparrones aislados y otras cosas por el estilo, una agradable voz femenina nos informaba de la temperatura que habríamos de soportar. Fue entonces que se produjo mi desacomodo al oír el siguiente enunciado: «Treinta y dos grados centígrados es la temperatura que habrá sobre Montevideo en las próximas horas». Caramba, me dije, es este un boletín meteorológico destinado sin duda a globonautas, practicantes de aladelta o equilibristas en la cornisa del Palacio Salvo. Porque si no, Ãqué sentido tiene para un montevideano pedestre saber la temperatura que hará por encima de la ciudad y no en sus calcinantes calles? Yo quiero poder calcular los litros de agua que perderé en el trayecto de mi casa al diario y no los grados que registre un termómetro ubicado a varios pies por sobre la fortaleza del Cerro…
En fin, creo que esto puede ser responsabilidad de algunos cronistas deportivos (perdone don Heber) que inauguraron la moda de la preposición sobre en desmedro de contra, por ejemplo. No me diga que nunca oyó a un relator -radial o televisivo- decir, lo más campante, que Aguirregaray cometió falta sobre Sosa, con lo cual uno puede imaginar que el back saltó por los aires y cayó encima del entreala. («Si serás viejo, Mendieta, que usás los nombres de los puestos de hace cincuenta años», me dice Legnani, que tampoco se cuece del primer hervor).
Sin duda el uso de las preposiciones genera más disparates de lo previsible. Muchas veces nos encontramos -como es el caso que estamos viendo- del remplazo de una por otra que nada tiene que ver; otras veces, se abusa de ellas; y también está el caso inverso: se omiten.
Como ejemplo, tenemos el tan extendido dequeísmo, vicio muy arraigado consistente en introducir la preposición de antes de la conjunción que: Dijo de que no vendrá; Pienso de que no es así, etcétera.
Pero la reacción contra este barbarismo puede ocasionar la incorrecta omisión de de. Innumerables veces me veo obligado a corregir enunciados como el siguiente: No se dio cuenta que lo observaban, donde falta de pues siempre nos damos cuenta de algo. Y si ese algo es una subordinada que empieza por que, es menester mantener la preposición y decir No se dio cuenta de que lo observaban.
-Y usté no se dio cuenta de que tengo el vaso vacío. Mande la vuelta, que con esta canícula sobre el boliche, solo me puede salvar un buen tinto…
-¡Qué lo parió!
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