Julio César Saettone se aleja del Iname luego de 50 años dedicado a apoyar a menores carenciados

Todo por ellos

Ana Laura De Brito

–¿Cómo nace su vinculación con Iname?

–Estoy vinculado al Iname desde hace muchos años. Fui funcionario, maestro, del antiguo Consejo del Niño, al que ingresé por un concurso de oposición. El concurso tenía una parte teórica y una práctica. Yo era el más joven, lo dimos en lo que antes se denominaban hogares tipo albergue en los que vivían adolescentes. El temario era distinto al de primaria y a mí me tocó «comentarios sobre refranes» a nivel de cuarto año de escuela. Entré a concursar con mi plancito de trabajo, como todo maestro joven, y me pusieron una cantidad de chicos para que les diera clase. Entonces, un chico al que apodaban «El Príncipe» me para antes de entrar y me dice que me quede tranquilo, que él me iba a ayudar: «Yo te voy a levantar la mano, dame la palabra».

Entré creído que este muchacho me quería ayudar. Empiezo a dar la clase comentando sobre algunos refranes y «El Príncipe», que estaba sentado al final, levantaba la mano desesperado. Yo miraba al tribunal y pensaba que si no lo dejaba intervenir me iban a bajar el puntaje en el concurso.Entonces le di la palabra. El me dijo: «Así que está comentando refranes. Yo voy a proponer uno: ‘De tal palo, tal astilla’. Fíjese que mi madre es prostituta y mi padre es ladrón, y yo estoy acá. ¿Tendrá algo que ver esto?».

Esa fue la ayuda de «El Príncipe». Yo tenía dos opciones: dejar que eso quedara flotando y no dar explicaciones, o meterme en ese tema, que fue lo que decidí hacer. Le expliqué que los refranes no se aplican textualmente, que él le había dado una interpretación de acuerdo a lo que era su realidad, pero no siempre los refranes se cumplen al pie de la letra. El tribunal evaluó muy bien el que no haya dejado pasar la apreciación del joven y, por el contrario, le diera una explicación sobre el refrán y la aplicación que él le dio, por lo que, sin querer «El Príncipe» me ayudó a entrar al Iname.

–¿Qué pasa después del golpe de Estado?

–Trabajé muy poco durante el gobierno militar, tuve problemas, que no vale la pena detallar y me tuve que ir de Iname.

–¿Qué hace entonces?

–Ahí comienza mi peregrinar. Yo quería trabajar en algo que tuviera que ver con mi formación y lo que a mí me encantaba era esto y tuve la oportunidad de que me ayudaran en Juventus, donde me desempeñé unos meses como jefe de sede. Luego hay un llamado en Aldeas Infantiles para cubrir el cargo de director de la aldea de Montevideo. Me contrataron y estuve 9 años en la dirección de la institución.

Al salir de Aldeas entré a trabajar en el Parlamento. Fui hasta suplente de diputado. En 1995, cuando se aprueban las venias para el Iname, ingreso al Directorio del organismo y asumo la presidencia durante 2000, cuando Alejandro Bonasso es nombrado director del Instituto Interamericano del Niño.

–¿Qué diferencias hay entre el Iname que encuentra en 1995 y aquel Consejo del Niño?

–Este Iname es totalmente distinto al Consejo del Niño en el que yo había trabajado. Apostaba a otras cosas, había evolucionado.

El problema era que acá no había criterios de selección de personal, quienes estaban en contacto con menores no tenían una formación, la educación a los educadores la implantó la doctora Adela Reta, quien pensaba que para mejorar la calidad de atención a los chicos había que capacitar a quienes los atendían.

Las líneas del Iname que asumimos tuvieron su acento en algunos aspectos, para mejorar la atención en lo que tiene que ver con los menores con problemas de conducta serios o graves. La gente solo visualizaba al Iname a través de los menores en conflicto con la ley y no tomaba contacto con todo el resto que tenía problemas de familia. Entonces se nos ocurió crear el Instituto Técnico de Rehabilitación Juvenil (Interj) y cerrar Miguelete.

–¿Por qué se cierra Miguelete?

–Miguelete no era un lugar propicio para trabajar. Simplemente era una cárcel que tenía un alto índice de seguridad en cuanto a las fugas pero con un límite estrechísimo en cuanto a capacidad para reformar a alguien, aun a mayores. Con celdas vetustas, viejas, caños y desagües que no funcionaban, mal estado de la sanitaria y la electricidad. Por eso nos pusimos a reformar la escuela Berro en Canelones.

–¿Fue cuestionado ese cambio?

–Sí, fue cuestionado. Además nos trajo a nosotros grandes inconvenientes en lo que refiere a la relación de los menores con sus familiares.

Estamos trabajando para mejorar la atención odontológica, porque los chicos que están en Interj tienen muy mala salud bucal, por lo que la enfermería contará con un servicio odontológico.

Estamos en un trabajo de crear un hogar para los chicos con buena conducta durante sus licencias, ya que pedagógicamente se está dando un paso atrás cuando ese chico vuelve a la misma celda.

También es importante destacar los grandes logros que se han tenido con el Plan Caif, donde se atiende a más de 15 mil niños. Estos centros se han modificado de forma tal que han dejado de ser merenderos o guarderías para pasar a ocupar un papel relevante como centros de planificación familiar

–¿Qué le deja Iname?

–Esto ha sido mi vida. Tuve la suerte de que los institutos que trabajaron conmigo me dieron una especialización que a pocas personas le dieron. Uno va tomando esto como parte de la vida misma. La única alegría que uno se lleva de Iname es tener amigos. A mí me saludan los hurgadores, las prostitutas e incluso me vienen a visitar. Eso es lo que a uno lo hace más feliz en la vida: el poder tener una relación con las personas a las que muy poca gente ayuda. Este cargo no te da rédito político, hay que enfocarlo en ayudar. Vale la pena pelear por los jóvenes. Uno siente una alegría enorme cuando un muchacho viene a pedir un consejo.

He sacrificado a mi familia con todo esto, pero gran parte de mi felicidad se la debo a estos jóvenes y a la institución.

–¿Qué hará de aquí en más?

–Yo no sé quedarme tranquilo y tengo ganas de escribir un libro contando lo que he vivido acá dentro. Tengo interés –no sé si el tiempo y la cabeza me darán– en enfocar el libro en las historias de los muchachos. Yo conversaba con los menores en la celda y tengo cuadernos con más de doscientas historias de vida, que cada tanto releo. Uno llega a entender que hay ciertos parámetros comunes en todas las historias y sería bueno que ellos los conocieran.

–¿Existe el estigma «niño de Iname»?

–Es claro que se estigmatiza y que existe el chico del Iname, pero estamos trabajando para que esas diferencias se acorten. Internet es buen medio para desestigmatizar a nuestros chicos, ya que allí no se ven caras sino corazones. Si no existe igualdad en las posibilidades de todos, no hay democracia auténtica.

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