Desde el asiento de los bobos

El mundo real ¿es real?

Por Horacio Buscaglia

Ayer, por error, la frase final de esta columna quedó inconclusa, todo el mojo sobre los programas donde se ve «vivir» a otra gente culminaba así: «Muy pronto el Gran Programa será vernos a nosotros mismos. Me imagino sentado frente al televisor viéndome sentado frente al televisor viéndome sentado frente al televisor viéndome sentado frente al televisor…»

Y esta imagen no tiene nada de irreal, porque fíjese las cosas que se estan inventando para mejorar la vida del ser humano.

Cisco en Silicon Valley, ese lugar de los EEUU donde –según dicen– todos los días surgen decenas de nuevos millonarios gracias a la informática, ya tenía una casa inteligente y para no ser menos el pobre de Bill Gates hizo una de Microsoft. Pero no vaya a creer que es una casa cálida, acogedora, con el aroma del pan recién hecho por la abuela o cosas así. No señor, la inteligencia de estas casas tiene que ver con la inteligencia de esos millonarios de a montón. Paredes donde se proyectan imágenes (más de 210 canales de TV) o mensajes, aparatos de cocina conectados a la línea telefónica para acceder al correo electrónico, a páginas web y hasta a recetas de cocina. Honestamente, mi pequeño cerebro tercermundista no acaba de entender eso de recibir un e-mail adentro de una olla donde estamos haciendo un puchero, por ejemplo. Pero los yanquis sabrán, por algo son tan crá. Andá a saber, se escribirán sobre la grasita que flota o sobre el repollo.

Lo cierto es que Windows está en todos los lugares de la casa. Menos en el baño. Porque, escuche bien, la Casa Inteligente no tiene baño.

¿No le dije que eran unos crá? Los yanquis no hacen ni caca ni pichí, para no desperdiciar. Así cualquiera se hace millonario.

Eso sí, por estos lados hacen cualquier cacada, toda la que no hacen allá la dejan por acá. Bueno, pero eso es otra cosa. Que es la misma, pero la dejamos para otro día.

Más ventajas: usted desde la ventana de su oficina puede ver «en vivo» lo mismo que se ve desde una ventana de su casa.

Recuerdo unos comerciales japoneses que publicitaban los teléfonos con cámaras de video. Esos donde se ve la persona con la que se habla.

La forma de mostrar lo ventajoso de este sistema fue la siguiente: se veía a una madre que salía de trabajar y llamaba a su casa a preguntar por su pequeña hija, una bebita, antes que se durmiera. Le ponían el teléfono frente a la bebita y la madre le cantaba una canción de cuna. La bebita, mirando la pantalla, se dormía. El locutor nos hacía notar cómo podíamos cumplir con nuestro trabajo sin dejar de ser una madre sensible. El otro comercial era igual, pero el tema era un ejecutivo que por su trabajo se perdía el casamiento de su hija, «participaba» por teléfono. Y hasta casi lloraba de emoción. No lo hacía porque mientras tanto estaba firmando un importante contrato que se podía manchar con las lágrimas.

Los comerciales fueron premiados. Maravilloso, ¿verdad?

Si ya hasta el sexo se hace vía Internet y hasta los indúes podrán bañarse en un Ganges virtual, en cualquier momento nos pondrán paredes donde veremos un mundo sin desaparecidos, sin desempleo, sin hambre y lleno de felicidad. Y nosotros contentos, encerrados en nuestras casas inteligentísimas.

Solos.

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