Punta del Este ciclotímica
Raúl Forlán Lamarque – Punta del Este
Pasado el torrente de turistas que inundó los distintos lugares de este centro balneario el último fin de semana, el aligeramiento es más que palpable. Si bien se mantiene un clima espectacular para que los veraneantes hagan de la rutina playera una fiesta matutina y vespertina, la polaroid o la instantánea en tanto paisaje es la de un lejano febrero a tope y no el que factiblemente se vendrá (según los operadores) con pocos eventos y una reducción importante del flujo de turistas.
Cualquiera que por las noches practique la rotación nocturna entre semana, percibirá aún más el rebaje del porcentaje residente de quienes vacacionan por aquí, ya que a excepción de boliches como El Viejo Jack o Moby Dick, que desde antes del arranque de temporada trabajan a full (abren todo el año y poseen un grato servicio), el resto de los boliches desciende considerablemente su clientela. La Plage/Gitana es otro de los casos para citar en positivo.
Pero si el rodaje es por La Brava, hay una sensación espectral que realmente conmociona: aquel vértigo incesante, aquella sensación de aglomeración aturdidora se ha perdido por completo. El restaurante Marhajá (a la entrada mismo de La Barra casi haciendo cruz con la disco La Morocha, que dicho sea de paso parece también haber pasado de moda, ya que todos se van a Peter Pan, situada en el Jagüel) ya cerró sus puertas y el boliche Aquabarra, según ha dicho su dueño, cerraría en pocos días si no se revierte este esquema de la alta intensidad de público durante los fines de semana. Con lo que evidentemente saltó el apunte irónico en una ronda de intercambio de colegas que cubren el verano puntaesteño: «A La Barra ahora le sobra un puente», dijo un colega, y por supuesto las risas coronaron tal mordacidad.
Se insistió tanto en que se debía construir un segundo puente debido a los nudos persistentes y permanentes de automóviles, y vaya si había razón, que hoy la imagen pálida de una alta fluidez del tránsito automotriz hace pensar que hay muy poca gente. Y, en rigor, ocurren dos cosas: entre semana el público no está dentro de los porcentajes que merecería Punta del Este como destino internacional (la falta de atractivos, la recesión económica, las ofertas más atractivas de otros destinos conspiran contra la oferta de este lugar que mantiene su belleza pero que no renueva sus contenidos para volverse competitiva).
Por otra parte, no se ha tomado conciencia a fondo de que la temporada ya se ha vuelto un calco de la anterior y que seguramente esta dinámica seguirá acentuándose, pese al diverso calendario de eventos. Si se continúa opinando que la casa está en orden, como han dicho los voceros oficiales, se está proponiendo un sistema discursivo de la verdad al que hay que necesariamente falsearlo por más que pueda leerse como algo ofensivo.
Y no. La lectura lineal, sin complejidades, es que suena naïf cuando desde tiendas oficiales se refiere a la desestacionalización, cuando la temporada estival no estaría dando los resultados esperados y todos, desde la hotelería al campo inmobiliario y la gastronomía, han tenido que descender sus tarifas que en algunos ya habían sufrido una primera rebaja de los precios de apuro para que no se vayan los turistas y al mismo tiempo para generar mayores captaciones de tales y potenciales clientes.
Verano seguro, desde luego, porque hay policías de todas clases por todas partes. Pero verano inseguro porque no se sabe a ciencia cierta cuál será el comportamiento turístico de aquí en más. Todos ya señalan que la temporada culminará el último día de enero, ya que febrero es una incógnita en las proyecciones que practican los operadores privados.
En esta oscilación ciclotímica, digamos, vela que te desvela Punta del Este. Ya se puede ir admitiendo que la temporada alta puntaesteña es magra en la primera quincena, y no aparecen en el firmamento vientos de cambio. Veremos.
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