Los jóvenes le ponen su impronta a la península

Noches desenfadadas

Raúl Forlán Lamarque – Punta del Este

Ya quedaron lejos aquellas aproximaciones reflexivas en que el enfoque crítico sobre la generación de jóvenes tenía que ver con la condición posmoderna, que habían estipulado sociológos franceses como Lyotard y Jean Baudrillard.

Alguna vez, incluso, pudo ser aplicable –signo de los tiempos– a esta tribu o rebaño que se pasea sin otra preocupación que multiplicar sus sistemas de placer como sea, acaso porque el vale todo formula una lógica y una dinámica social que mezcla el desenfreno y un descontrol en la mayoría (y paradójicamente) controlado.

Pero si hay una cultura joven puntaesteña que agita en multiespacios como Campo de Marte (el emprendimiento nocturno de El Jagüel a cargo de Gattás, el ex Space), sitios como La Plage o de un perfil más rocanrolero como Moby Dick y El Viejo Jack, pues se la amarra no precisamente desde módulos tal vez ya obsoletos.

Hay una idea moral, en esta marcha de jóvenes pudientes y de otros que no lo son tanto pero que siguen el rastro de la marcha noctámbula como pueden.

Se trata de individuos que, en general, están unos minutos o más tramos de tiempo adelantados en términos epocales. Es grato entonces encontrarse con un puñado de jóvenes escuchando Eminem o a los Red Hot Chili Peppers en las rockolas, o incluso bailando su música, con el mismo desenfado con que se bailó «pogo» hace veinte años con los Pistols, los Straglers y los Clash y más tarde se melancolizó furiosamente el asunto con Nirvana.

No son la mayoría, pero su comportamiento tiene el aire de desprejuicio que, si bien no dispara la imagen tradicional del rebelde sin meta o concretamente las figuras del desencanto tan manipuladas otrora por los sociólogos de turno, admite una caligrafía que está por fuera de toda convencionalidad.

Puede decirse que son efectistas, estridentes, incansables en sus rotaciones por las noches puntaesteñas, y no sé si habrá que ponerles un poco el freno, porque hace una década había otra forma de la estridencia joven y veinte años antes lo mismo. Cambian las formas, los modos, pero jamás el contenido.

Y habrá que decir que a eso precisamente llegaron a este centro balneario que se infla de actores particularmente los fines de semana: por el día calcinarse bajo el sol y a la noche lucir espléndidos para ese escenario donde hay narcisismo, chispa personal, y también torpezas, un uso reciclado del «argot» o «slang» rioplatense y una desinhibición que transcurre por el lenguaje a secas y por el lenguaje corporal y la indumentaria.

Lo que importa resaltar: es una generación seguramente sin proposiciones ideológicas firmes (y eso para muchos observadores debe ser tremendo), tal vez porque siguen siendo motivo de caza (es el grupo etario más controlado por la policía a cara limpia y encubierta) porque ricos o no tan ricos están agotados de escuchar los casos de corrupción –ese mensaje del poder que no cambia de sintonía y nunca se transparenta–, y que jamás se haga justicia, aunque cuando hay que opinar se juegan «Lo de Martín Palermo», refiriendo al incidente con un fotógrafo, su posterior encarcelamiento y liberación con fianza de miles de dólares incluida la obligación de un día de trabajos comunitarios.

Frente a datos que provienen del universo de las autoridades oficiales que siempre llegan tarde a todo (un ejemplo: la aprobación del topless en las playas a más de dos décadas que se viene practicando libremente en todo el mundo, es más que una evidencia de todo un obsoleto modus operandi), los chicos de esta Punta del Este del siglo que alumbra se lo toman muy ligeramente. Y hay transas sexuales y algo de descontrol y ciertamente tienen una sensación de descargar todo el potencial en un minuto de felicidad, como una bengala quemándose en la alta noche. Mañana será otro día, y que nos dejen en paz, que no nos digan si somos o seremos productivos o no, dejar vivir y andar a mil, mientras no se moleste, está recool.

Pasan de los vapores farandulescos, de todos los simulacros (salvo los interesados, pequeños figurettis ilustrados que hay en todas partes), de todo mensaje que huela a pastor o a sermón. Y está perfecto.

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