OJO POR OJO – VOLUMEN POR VOLUMEN
Gran parte de la cultura que tengo se la debo a Cutcsa y Amdet.
En mi biblioteca la mayoría de los libros tienen un boleto marcando las páginas. Nunca conseguí, en otro lugar, el punto de concentración que me produce viajar mirando –sin ver– por la ventana del ómnibus.
Las mejores ideas para el teatro o las mejores estrofas de mis canciones, así como las más profundas reflexiones sobre mi vida, también las he alcanzado viajando en los lentos, sucios e incómodos trolleys y ómnibus de esta ciudad.
Ni que hablar de las cortas pero reparadoras siestas o los salvadores sueñitos de la vuelta de los sábados de noche.
Pero días pasados tomé un ómnibus y ya al entrar me golpeó la descontrolada e insoportable voz de uno de esos locutores que creen que para ser ingeniosos y divertidos hay que gritar, en vez de pensar y decir cosas ingeniosas y divertidas.
Luego continuó con el show de la humillación de los demás, aplaudido por casi todos. Una señora que iba con su hija escolar le pidió al guarda que bajara la radio ya que no quería que su hija escuchara las cosas que se decían y que se referían al sexo. (No entiendo a la gente que prefiere hablar o escuchar hablar de sexo, en vez de hacerlo)
El guarda le contestó de mala manera, yo traté de explicarle que la señora tenía todo el derecho de pedirle que apagara la radio pero como el guarda era más grande que yo (cosa que no es muy difícil) y observando la mirada de algunos pasajeros, opté por bajarme.
Me dicen que esto sucede a menudo y que, para peor, alguien pensó (¿) que la mejor forma de modernizar el transporte, ¡era poner un televisor!
Es decir, que uno paga por ser trasladado de un lugar a otro en forma rápida, cómoda y económica y ellos no cumplen con ninguno de estos tres atributos, por el contrario, allí lo «atrapan» a uno para hacerle escuchar lo que no quiere, dejándolo indefenso frente al mal gusto, la mediocridad y… la publicidad. Porque ¡ojo, señores! muy pronto nos van a vender como consumidores enjaulados para los diferentes productos que publiciten por esos televisores.
Y ni siquiera pierdo el tiempo en preguntar si lo que van a difundir es material audiovisual uruguayo.
Yo no sé lo que piensan de esto los encargados de la defensa del consumidor, pero propongo empezar a demandar a las compañías de ómnibus por atentar contra nuestra inteligencia y contra el buen gusto.
Se podría boicotear a esos ómnibus, caminar hace bien.
Y si no, lo que me parece más divertido, sería bueno que todos subiéramos a los ómnibus con radios y/o televisores portátiles sintonizados en los programas que nos gusten y a todo volumen.
Yo me pregunto cuántas ideas interesantes, poemas inconclusos, decisiones profundas para la vida de uno, se están perdiendo entre el ruido que produce la falta de imaginación.
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