Sexo femenino duplica al masculino en concurrencia a talleres sobre sexualidad

La mujeres quieren saber

«A veces se piensa que hablar de sexualidad es darle el visto bueno a muchas cosas, cuando no es así. La información y la formación hace que la gente sea más libre y puede tener más posibilidades de elegir», señala la psicóloga y sexóloga Gabriela Michoelsson, co-coordinadora del programa.

Lo que comenzó en 1992 como un plan piloto, se transformó en una experiencia inédita. La alta demanda y la buena receptividad por parte de la población hicieron posible que el convenio se extendiera durante 8 años consecutivos.

Durante 1999, se realizaron 316 actividades dictadas por profesionales de la SUS distribuidas en los los 18 centros comunales zonales, concurriendo 7.256 personas, desglosadas en 4.510 mujeres y 2.746 hombres: 847 niños, 2.296 niños-adolescentes, 1.102 adolescentes, 1.184 adolescentes-adultos, 1.620 adultos y 155 adultos mayores. Este año se estima que la cifra alcanzará las 10.000 personas.

Cada centro comunal zonal dispone de dos docentes-coordinadores, quienes reciben el pedido realizado por una institución, una escuela o un grupo de vecinos a través de un asistente social.

A partir de la demanda, se trazan los objetivos y se organizan los detalles de la actividad en forma de talleres o seminarios. Cada actividad tiene una duración promedio de dos horas.

«La idea es que, cualquiera sea la actividad, se realice en forma interactiva, vivencial y participativa. Es decir, que se pueda conversar a partir de la experiencia propia de cada participante», sostuvo Michoelsson.

Pese a que se mantiene un mayor número de concurrencia femenina, en los últimos años se ha registrado un incremento de hombres y de grupos integrados por personas de la tercera edad.

Se prioriza a las instituciones públicas, escuelas o clubes deportivos ubicados en zonas carenciadas. Las inquietudes de los padres apuntan, principalmente, al descubrimiento de la sexualidad en los más pequeños y a los cambios producidos durante la pubertad.

«Los padres piden información de cómo encarar estos temas con hijos adolescentes y de cómo manejarse frente a las manifestaciones de la sexualidad en los más pequeños. A partir de esta interacción, los padres descubren nuevas herramientas para trabajar su propia sexualidad. Hay que pensar que los adultos no han recibido educación sexual», afirmó Michoelsson.

Una de las experiencias más significativas está radicada en el Cerro, zona que por sus características –numerosa población adolescente y preadolescente y un marcado sentido de identificación con el barrio– se distingue de otras zonas de Montevideo.

Allí las educadoras sexuales Virginia Rial y Shirley Carreras, en coordinación con el CCZ 17, trabajaron con 322 alumnos procedentes de escuelas públicas y del Consejo de Educación Técnico Profesional (ex UTU).

Se trabajó en temas como sexualidad adolescente, infantil y adulta, derechos sexuales y reproductivos, masturbación, métodos anticonceptivos, menstruación, prostitución, embarazo, parto y abuso sexual. «Al comienzo de nuestras actividades», sostuvo Rial, «elaboramos formularios de encuesta que fueron distribuidos en los talleres. El objetivo era tener una visión general sobre la construcción de los roles masculino y femenino en el contexto de la zona.

Viviana Scópice, educadora sexual que trabaja en coordinación con el CCZ 1 en la Ciudad Vieja, sostuvo que a partir de las actividades abordadas con la población de esa zona, se desprende que la franja etaria más joven se encuentra expuesta a una «situación de vulnerabilidad» cuando, desde la propia sociedad, no se otorga respuestas adecuadas a la temática, se la reprime o se le ignora.

Durante 2000, se realizaron 18 actividades, distribuidas en la escuela Julio Castro Nº 279 , la Escuela-Taller para Discapacitados Intelectuales Nº 259, la guardería escolar Ibirapi-Tá, el Hogar Femenino Católico de la Aguada y la policlínica municipal Barrio Siur. Los talleres involucraron a 274 personas, divididas en las siguientes franjas etarias: 170 niños entre 7 y 13 años y 104 adultos de 25 años en adelante.

«La sociedad estimula la precocidad sexual», indicó Scópice, «pero no ofrece condiciones para elegir libremente con conocimiento y responsabilidad. No existe una labor educativa adecuada. Los tabúes y la doble moral juegan un papel perjudicial cuyas consecuencias son los problemas sociales y las disfunciones sexuales».

Según la docente, se percibe que las mujeres adolescentes tienen una percepción de desvalorización de su papel social.

«Los roles asumidos desde la familia conllevan a una depreciación de las posibilidades de aprendizaje. Esto se refleja en las posibilidades de trabajo y realización personal y también con respecto a sus futuras remuneraciones económicas que las coloca en un lugar de sometimiento y subordinación. El conflicto se genera cuando la joven lucha contra lo socialmente establecido y los nuevos parámetros que nos muestra la sociedad de consumo», acotó la docente.

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